No aprendemos más – Brecha digital

No aprendemos más

En el Cerro, las dificultades de aprendizaje, la repetición, la deserción, incluso la violencia, esconden detrás una terrible cifra: cinco de cada diez niños nacen pobres. Pobres en dinero y en cultura. Desde hace años que los médicos y técnicos de la zona denuncian esta “catástrofe cognitiva”, pero no tienen respuesta alguna. Esta vez probarán con un nuevo programa para estimular la lectura y el lenguaje.

Foto: J. Capurro.

“¿Quién se anima a resumirme el cuento que acabamos de leer?”, pregunta Selva desafiando la atención de los cuatro o cinco niños que la escuchan en el medio del bullicio de la sala de espera. Luego de terminar «La llama llamativa» se pasea por cada silla mostrando las ilustraciones del libro a los presentes.

Marcos espera su turno para el pediatra junto a su abuela, que cuenta orgullosa la hazaña de su nieto que ya está en segundo de liceo con 13 años. Ludmila, de 6, no habla nada y se chupa el dedo gordo mientras atiende el cuento. Su hermano Kevin, de 9, tiene una camiseta de Uruguay que conserva muy poco del celeste original y parece ser el escucha más atento de Selva. Se mueve por la sala pero contesta bajito y a tiempo absolutamente todas las preguntas que hace la voluntaria. Una capacidad de atención llamativa, como el cuento.

La vecina invitada para la jornada, de 80 años y ex profesora de idioma español, se acomoda los lentes para leer el siguiente librillo: «El perro Fedoro». En el medio del relato provoca a su alumno favorito: “Kevin, ¿querés ayudarme y leer esta parte de la historia?”, mientras que el niño más atento de la sala le contesta bajito, casi entre dientes: “Yo no sé leer”.

EL NUEVO PROGRAMA. “Mi Cerro no se detiene, juntos aprendemos a leer más” dice el afiche del nuevo Programa de Estimulación de Lectura inaugurado en la sala de espera de la pediatría del Cerro. El centro de salud de las calles Carlos María Ramírez y Grecia lanzó la propuesta este miércoles y se llenó de chiquilines y maestros de la escuela Tabárez, invitados para leer cuentos a los niños usuarios del hospital.

Un equipo de trabajo integrado por pediatras, enfermeros, psicólogos y asistentes sociales preocupados por las dificultades de aprendizaje de los niños de la zona decidió lanzarse con este programa –casi sin respaldo institucional–, y para ello han convocado a escritores, ex docentes y artistas. También esperan recibir la donación de libros1 para que luego de la consulta las familias puedan llevarlos a sus casas. La idea es que esa costumbre de leerle al otro se contagie en los hogares entre adultos y chicos.

MONITOREANDO LA CATÁSTROFE. La catarsis de las pediatras se repite como hace dos años; poco ha cambiado desde esa última visita de Brecha.2 Les sigue angustiando la “catástrofe cognitiva” frente a sus ojos, es decir, el desarrollo neurológico en la primera infancia de estos 1.400 niños que atienden por mes y que vienen de familias que se reproducen cada vez más en una zona marcada por la pobreza (véase recuadro).

En ese contexto, realizar una correcta evaluación y posterior tratamiento a niños del sector público con dificultades de aprendizaje o fracaso escolar resulta prácticamente imposible, dicen las pediatras. El policlínico no cuenta con especialistas propios –neuropediatra, fonoaudiólogo, psicopedagogo, etcétera– para tratar el tema, y ahí comienzan las eternas demoras en el engranaje, que se inicia con el niño que asiste a la consulta enviado con una carta de la maestra. “Para llegar al diagnóstico estamos demorando dos años, y para el tratamiento estamos demorando dos años más”, explica la pediatra Diana Sastre. Hay algunos dispositivos como los programas Uruguay Crece Contigo, los Equipos Territoriales de Atención Familiar o el equipo de psicólogos del programa de extensión universitaria Apex que funcionan bien, pero están superados y con largas listas de espera, igual que el Pereira Rossell, dicen las consultadas.

La dificultad de atención va más allá del déficit de aprendizaje, es estructural: el área de pediatría no da a basto y, todos los días, unos 100 niños quedan por fuera de la consulta y terminan en la puerta de la emergencia donde no hay pediatras. Los niños “afortunados” cuyos padres procuran algún trabajo en empresas de seguridad –los hombres– o empresas de limpieza –las mujeres– y acceden a alguna mutualista privada luego no tienen dinero para pagar los tiques. La mayoría de los niños usuarios del centro del Cerro provienen de familias excluidas del trabajo formal, por lo que tampoco pueden ser asistidos a través de los beneficios que provee la seguridad social, como las clínicas que trabajan para el Bps.

La pediatra Lilián D’Orsi se pregunta: “¿Estamos en un sistema integrado de salud y sigue habiendo medicina para pobres? Capaz que un niño tiene un índice intelectual bueno, pero no ve bien, entonces ¿es necesario que tenga que esperar dos años para que lo vea el oftalmólogo? O si el niño no oye bien, ¿tiene que esperar un año para operarse? ¿Por qué acá tengo que atender de una manera y cuando me voy a la mutualista tengo que atender de otra?”, inquiere la pediatra. Sastre coincide con esa idea de que, cruzando la calle, en la mutualista donde trabaja por la tarde, se logran cosas que en el hospital público son imposibles.

“Estos niños con problemas de aprendizaje finalmente quedan fuera del sistema escolar, expuestos en poco tiempo al riesgo de delinquir, desarrollar adicciones, embarazo adolescente, enfermedades psiquiátricas, etcétera”, decía la carta que los profesionales presentaron en estos días a la presidenta de Asse, Susana Muniz. La carta también fue entregada en mano, en el período pasado, a la senadora Lucía Topolansky y al presidente José Mujica, y en este período al vicepresidente, Raúl Sendic, y a Cristina Lustemerg, subsecretaria del Ministerio de Salud Pública (y ex coordinadora del programa para la primera infancia Uruguay Crece Contigo). Los médicos del Cerro no obtuvieron respuesta ni apoyo alguno.

“La pobreza es estrés crónico, es destructiva para el cerebro. ¿Vamos a seguir monitoreando la catástrofe sin hacer nada?”, resume a su tiempo la pediatra Ana Fraga.

EL PODER DEL LENGUAJE. Durante la última década la prioridad sanitaria en América Latina para la primera infancia ha sido evitar la desnutrición. Pero hoy el salto es otro: “Es la nutrición de las palabras, el desarrollo del lenguaje, eso es lo que hace que despeguemos y que tengamos ciudadanos críticos, que puedan ser capaces de modificar su realidad y expresar su sentimientos sin recurrir a la violencia”, resume Sastre.

Se estima que las familias pobres utilizan en promedio 180 palabras para comunicarse, mientras que las de sectores más cultos usan entre 2 mil y 3 mil. “Las palabras son las herramientas que estructuran nuestro pensamiento, si faltan, te van quedando agujeros, y los niños que atendemos acá tienen agujeros en esa trama simbólica. Y por ahí se cuela la impulsividad y la violencia. La lectura para enriquecer el vocabulario es como una vacuna contra eso”, explicó a Brecha Roxana Chiriazis, la única psicóloga del centro de salud del Cerro.

Chiriazis relató el proceso: un niño que comienza teniendo dificultades de aprendizaje repite el año en la escuela, luego se encuentra en un grupo en el que está desfasado de edad, se molesta con la maestra porque no entiende, va generando bronca y finalmente termina con problemas de conducta. Así, “un niño que tiene el control del impulso pobre, por el solo hecho de ser niño, porque no le da el desarrollo para el autocontrol, termina descargando la frustración de forma agresiva”, dijo la psicóloga, y el círculo se retroalimenta hasta que el niño termina híper medicado o desertando del sistema educativo.

La psicóloga –que tiene que hacer piruetas para diagnosticar a los niños en un lugar donde ni siquiera cuenta con el básico Test CI para medir el coeficiente intelectual porque Asse aún no se lo ha proporcionado– explicó al semanario que muchos de esos chiquilines presentan dificultades en la adquisición de conocimientos, es decir, para poder rendir lo que la escuela pide de ellos, pero lo que ocurre la mayoría de las veces es un déficit cultural de las familias:“Ese niño transportado a otra familia es otro niño”. De hecho, una de las variables que más se utiliza para medir el rendimiento escolar del alumno es el nivel educativo alcanzado por la madre, y en esa zona el nivel es primaria incompleta. “Acá vemos que las madres prácticamente no les hablan a los niños”, relata. Una madre que le anticipa las acciones a su bebé –cuando lo va a bañar o cambiar– es diferente a la que no media palabra con su hijo, explica, porque ahí el niño tiene que ir armando la conceptualización del mundo solo y como puede. Ahí es donde interviene el capital cultural de la madre y el lenguaje como herramienta. “Tenemos casos de padres que vienen drogados a la consulta con sus recién nacidos bajo el brazo. Madres de 20 años con buena ropa y un buen celular, y cuando les preguntás si tienen agua potable no saben qué es”, relataban hace dos años las doctoras del Cerro, y nada ha cambiado. “La madre no puede trasmitir lo que no tiene; ellas también necesitan ayuda”, concluyen hoy las técnicas.

“Los niños tienen un potencial humano a desarrollar como futuros ciudadanos uruguayos, y lo estamos poniendo en riesgo, es un costo humano muy grande porque esa reproducción intergeneracional de la pobreza económica y cultural nos va dejando absolutamente rengos como país”, dice la doctora Diana Sastre. Las alternativas que les quedan a estas médicas es darse por vencidas o seguir golpeando las puertas de las instituciones hasta que se entienda (y atienda) la gravedad del problema, llamando la atención de las autoridades de la educación y la salud a riesgo de ser tachadas de radicales, apocalípticas o porfiadas. Y esperan que para la próxima visita de Brecha la historia y los indicadores negativos se hayan revertido al menos un poco.

1.     Los voluntarios lectores pueden acercarse al centro coordinador del Cerro, de lunes a viernes, de 8 a 17 hs. Las donaciones de libros se reciben en el hospital, en la sede del Sindicato Médico del Uruguay (Smu) y en la biblioteca de la Sociedad Uruguaya de Pediatría (Sup).
2.     Véase “Medicina pobre para pobres”, de Raúl Zibechi y Tania Ferreira, en Brecha, 12-VII-13.

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Cinco de cada diez nacen pobres

Según los datos del censo de 2011, la población del Municipio A es de 207.933 personas, de las cuales 32.070 son niños y niñas de 0 a 9 años. En ese municipio nace el 23 por ciento de los niños de Montevideo. El 57,2 por ciento de los niños del Cerro de 0 a 14 años son pobres, y 50,6 por ciento de los menores de 5 años nacieron bajo la línea de pobreza. Además, estas zonas tienen los índices más altos de deserción y repetición escolar (superiores a departamentos como Cerro Largo y Artigas).
El centro coordinador del Cerro es el hospital de referencia para 240 mil habitantes de la zona oeste de Montevideo, que ocupa una cuarta parte de la ciudad, incluyendo barrios como Casabó, Cerro Norte, Paso Molino, Barra Santa Lucía, Pajas Blancas, Paso de la Arena, Santa Catalina, Nuevo París, Santiago Vázquez, La Teja, Pueblo Victoria, Capurro y zonas suburbanas y rurales.
La Organización de Usuarios de Salud del Zonal 17 y del Municipio A hace años que denuncia la situación de los vecinos que desbordan las puertas de ese centro de salud. Jorge Bentancur, representante de la organización, ha escrito en estos días una carta pública (“Primera infancia: vergüenza nacional”) que denuncia la situación con la misma angustia de los médicos. “En el Cerro y Municipio A nacen 4.000 niños por año, somos la cuna del país. El 57,2 por ciento nace en hogares pobres, es decir que 2.300 niños por año de nuestro barrio están en riesgo de tener un retraso mental”, calcula Bentancur en el comunicado. Y agrega: “La clase política, los que toman las decisiones y los que las ejecutan deberían entender que invertir en los niños no nos da dinero, pero nos dará en el futuro un país de primera”.

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La dificultad de aprender

El término “dificultades de aprendizaje” refiere a “un grupo heterogéneo de trastornos que se manifiestan por dificultades significativas en la adquisición y uso de la escucha, el habla, la lectura, la escritura, el razonamiento o las habilidades matemáticas”.1 Pueden ser consecuencia de una alteración de orden familiar, socioeconómico y cultural, o pedagógico-institucional (a veces es la estrategia de los docentes la que falla), también de trastornos psicológicos y psiquiátricos, o de problemas pediátricos como trastornos neurológicos, problemas motores o trastornos del lenguaje.
La clasificación de los trastornos del desarrollo que hace el DSM-IV. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (1994, American Psychiatric Association) distingue los del aprendizaje –trastorno de la lectura, del cálculo, de la expresión escrita– y los de la comunicación –del lenguaje expresivo, el trastorno mixto del lenguaje receptivo-expresivo, el fonológico y el tartamudeo–. Algunos de los ejemplos de los trastornos del aprendizaje más conocidos son la dislexia (el área deficitaria es la adquisición de la lectura), la disgrafía (aprendizaje de la escritura), disfasia (aprendizaje del lenguaje oral) o la discalculia (operaciones matemáticas).

1.      Dificultades de aprendizaje: enfoque psicopedagógico, licenciada Gabriela Garibaldi, curso de capacitación, 2011.

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