Con el escritor argentino Sergio Bizzio

«No necesito ir a ninguna parte»

Acaba de publicar Tres marcianos y se reeditó su novela En esa época. Dos libros en los que, detrás de la coartada alienígena, el autor parece entregarse a sus verdaderas fantasías.

b style="font-variant: small-caps;">Alejandra López

La relación de la literatura argentina con los extraterrestres no es nueva. Como acredita el periodista Alejandro Agostinelli en su libro Invasores (Sudamericana), su hito más importante es la traducción del Martín Fierro al varkulets: la lengua que, como todo el mundo sabe, es la más hablada de Marte. La ciencia ficción tampoco es una novedad en la obra de Sergio Bizzio. Es el horizonte de algunos cuentos y, sobre todo, de dos de sus novelas: Planet y En esa época, ganadora del Premio Emecé de 2001 y reeditada este mismo año por Mansalva. Allí, una cuadrilla de milicos del siglo XIX tropieza con una nave enterrada mientras cava la Zanja de Alsina: una fosa de 600 quilómetros de largo que fue realmente planificada por el ministro de Guerra y Marina del presidente Nicolás Avellaneda para mantener a raya a los pueblos originarios. ¿Y ahora?, parece preguntarse Bizzio: ¿qué es más extraño?

Hace unas semanas, el escritor de Ramallo publicó Tres marcianos (Interzona): un volumen en el que, detrás de la coartada alienígena, se entrega a sus verdaderas fantasías. El amor, por ejemplo. Basado en «Il ritorno» de Giovani Papini, el último cuento de la serie es la historia de un astronauta que vuelve a la Tierra y descubre que su mujer es una persona diferente. «La vida que soñaba llevar con Andrea, los planes que habían hecho juntos, el nombre de mujer y el de varón elegidos para el primer hijo o hija no se habían esfumado, seguían ahí, pero eran igual de incomprensibles que todo lo demás.»

Por decir fútbol

La vida no tiene guion. Bizzio, que ha trabajado precisamente como guionista, aplica esa política de tolerancia cero a su literatura: ninguno de sus libros parece ofrecer el confort del sentido. Entonces, el humor, como la violencia, irrumpe sin víspera. Es un accidente, un chispazo del lenguaje, un giro, una ráfaga del pensamiento. «Yo sospecho que el humor en algunos de mis relatos es más que nada un efecto del absurdo, que siempre nos descoloca –apunta–. Vallejo decía: “Absurdo, sólo tú eres puro”. Nos reímos de los nervios.»

—Se acaba de publicar Tres marcianos. No es la primera vez que trabajás con asuntos de la vida alienígena. ¿De dónde viene esa afición?

—Es difícil saber de dónde. Si uno supiera de dónde vienen las cosas, iría a buscarlas directamente ahí. Pero la verdad es que yo no trabajo con «asuntos de la vida alienígena». Mis marcianos son terrestres. Están basados en la gente del pueblo donde nací, a los que doy algunos poderes y algunas particularidades. Por ejemplo, la nave diminuta que aparece en «La mancha», con marcianos de 1 milímetro de altura. Lo mismo con los que hacen contacto, como en «La propiedad», donde un matrimonio le cobra entrada a la gente para ver a un marciano que encontraron malherido en el campo y que tienen encerrado en una habitación. Acá sí podría decirte de dónde viene. Viene del propósito de escribir una versión de «La casa de las bellas durmientes», el terrible y perverso relato de Kawabata sobre una casa a la que van ancianos para dormir con jóvenes narcotizadas, a las que no pueden tocar, sólo dormir con ellas. Bueno, ya ves la poca utilidad que tiene saber de dónde viene algo. Basta con que uno escriba la primera línea para que se transforme en otra cosa.

—Al margen de tus lecturas de ciencia ficción, ¿tuviste alguna experiencia de ese orden? ¿Te hubiera gustado tenerla?

—Los teclados de computadora deberían tener un emoticón de sonrisa. No, no sé si me hubiera gustado tener una experiencia de ese orden, pero todavía vivo y estoy a tiempo. Si ocurre, espero que sea un encuentro verdadero, no una visión de la locura.

—Últimamente venís publicando más cuentos que novelas. Un tipo de cuento más o menos largo, tirando a nouvelle. Más allá de la extensión, ¿cómo distinguís una cosa de la otra?

—Esa distinción no tiene ninguna importancia. Uno escribe, y nada más. Yo no escribo «cuentos» o «novelas». Nunca me dije: «Voy a escribir un cuento» o «Esta idea es para una novela». Me dejo llevar. Si resulta un cuento o una novela, es algo que se sabe al final.

—El año pasado sacaste cuatro libros en cuatro sellos distintos: La conquista, Iris y Construcción (Random), Último día a la vista (Indie Libros), La escultura (Iván Rosado) y La pirámide (Blatt & Ríos). ¿Es un plan?

—No. ¿Por qué tendría que haber un plan? Mi único plan tiene tres pasos: levantarme temprano, preparar el mate y sentarme a escribir. Muchas veces consigo nada más que levantarme temprano y preparar el mate.

—¿Alguna vez te preguntaste por el quilombo que les vas a dejar a tus herederos a la hora de organizar tus obras completas?

—Mientras no les deje deudas…

—Supongo que ya te lo preguntaron mil veces, así que espero ser el último. ¿Viste finalmente Parasite?

—Sí, la vi.

—¿Es todo lo parecida a tu novela Rabia que decían que era?

—Unos días después del estreno de la película me empezó a llamar un montón de gente, me mandaban mensajes por mail y por Facebook, salieron notas en los diarios, en las radios, así que no soy el único que notó el parecido entre Parasite y Rabia. Pero ¿qué podía hacer? Y, además, ¿por qué hacer algo? No le veo mucho sentido. ¡Excepto cuando me entero de que Parasite, apenas un par de meses antes de la pandemia, recaudó unos 300 millones de dólares! Ahí ya tendría un sentido. Pero esa es una batalla perdida de antemano. Prefiero quedarme con el gusto de que Rabia pueda haber inspirado una película como Parasite, que es muy buena (¡pero la novela es mejor!).

—Durante esta cuarentena, ¿viste alguna película que te gustaría recomendar?

—Dos miniseries. Una es La jauría, de Lucía Puenzo, filmada en Chile en 2019. Pero Lucía Puenzo es mi mujer y no me parece elegante extenderme en su elogio. Véanla. La otra es Le petit Quinquin, una miniserie de cuatro capítulos dirigida por Bruno Dumont en 2014. Es absolutamente genial. Se filmó en un pueblito al norte de Francia, no con actores profesionales, sino con los habitantes de la zona, que están extraordinarios. Es asombrosa la fluidez con la que pasa por el thriller absurdo, el drama rural, el surrealismo, la comedia, lo siniestro, todo sin el más mínimo alarde y sin caer ni por un instante en lo convencional. Ojalá todo fuera así.

—¿Cómo sobrellevaste (hablo en pasado por cábala, nada más) la cuarentena?

—Leyendo, escribiendo, pintando. En ese refugio, digamos. En Argentina la cuarentena se estableció rápido, por suerte, porque el macrismo había pulverizado el sistema de salud pública y hubo que recomponerlo. Estamos padeciendo los efectos de dos males consecutivos: el neoliberalismo y el covid.

—¿Descubriste, o recuperaste, o perdiste algo de vos que ignorabas?

—No soy de hacer introspecciones de esa naturaleza, pero puedo ensayar una respuesta. Descubrí que no necesito ir a ninguna parte. Recuperé la libertad de quedarme encerrado. Y el gusto por la improductividad también. Puedo no hacer nada y estar tranquilo, sin ninguna angustia. En cuanto a lo que perdí, bueno, sí, algo debo haber perdido, pero no sé qué.

Por decir fútbol

Artículos relacionados