Primera novela de Yanina Vidal - No todos los unicornios quieren ser blancos - Semanario Brecha
Libros. Primera novela de Yanina Vidal

No todos los unicornios quieren ser blancos

Niñas vírgenes, de Yanina Vidal. Estuario, Montevideo, 2024. 163 págs.

En el primer capítulo de Niñas vírgenes, primera novela de Yanina Vidal (Montevideo, 1987), galardonada en los premios nacionales de 2023, la protagonista decide confesarse pues no soporta más el dolor y la humillación que le provocó su compañero de banco en el colegio católico al llamarla «negra». El conflicto desencadena los sucesos en la vida de la narradora adolescente, quien volverá sobre el relato de su condición y sus orígenes en el entorno de un Uruguay que aún se autopercibe como un país blanco, producto de inmigración europea, negando el proceso de mestizaje que, en los hechos, constituyó la nación. De la abuela, figura referente de su formación socioafectiva, cuenta que, a pesar de no haber terminado la primaria, leía y escribía con pericia y era aficionada a la historia nacional. Y, sin embargo, «en esas historias no había indígenas, tampoco negros. Aprendí que la patria se funda con Dios y con el hombre blanco».

En este umbral de la vida –la edad que articula el pasaje de la niñez a la juventud– las experiencias son iniciáticas, modeladoras de la personalidad adulta; no obstante, la protagonista comprenderá que el legado ancestral de su genealogía no es menos determinante que las vivencias constitutivas de la niñez en el colegio católico al que asiste. La trama se remonta a cuatro generaciones en la línea materna y atraviesa una geografía histórica arquetípica de la Banda Oriental: desde la estancia de sus bisabuelos en el departamento fronterizo de Cerro Largo hasta un presente urbano y capitalino en el que madre e hija habitan como mujeres modernas de un medio burgués que oscila entre la asimilación y el rechazo. En este sentido, recuperar el origen mediante el relato es reparar un futuro en el que la identidad necesita ser completada mediante la conciencia de la continuidad que unifica el presente al pasado inmediato y ancestral. Su bisabuela había obtenido la ciudadanía a través del matrimonio, «antes, no había estado registrada porque pertenecía a una raza sin registro». Además, conocía el arte de curar mediante plantas nativas y cantos charrúas. Cuando la bisnieta se cae del poni que sus primos creían un unicornio blanco, la anciana será capaz de sanar las heridas por medio de antiguas melodías perdidas en el drapeado de un tiempo cuyo lenguaje ya es irreconocible.

Y si bien la narradora nuclea el relato a partir de su voz en primera persona, la experiencia que encarna el argumento de la novela es también protagonizada por las y los pares de generación que la constituyen como ser social. Así, los rituales de pasaje como las fiestas de 15 años, en las que las chiquilinas de antaño alcanzaban el estado de casaderas, son vividos con un sentimiento de extrañamiento e inadecuación que empujan a los personajes al enojo y la rebelión. Esta se efectúa, al principio, contra la institución eclesiástica y sus mandatos anacrónicos, trasladándose hacia la violencia y la hipocresía ejercidas y ocultadas por el tejido social. En su cumpleaños, Leticia, amiga íntima de la protagonista, lleva la medallita de la Virgen Niña, adorno distintivo que ella y sus compañeras habían recibido en la primera comunión. El título de la novela, invirtiendo esta denominación, da cuenta de la imposibilidad de la identificación de las jóvenes con los modelos católicos debido a que la iniciación social y sexoamorosa ocurre como una experiencia llena de la intensidad del descubrimiento, la alegría y el dolor, muy lejos de los relatos ilustrados por los personajes del santoral. Así, la joven descubre que hay otros cultos abiertos en su entorno familiar, como el afroamericano o el evangelista, que difieren en la calidad de los rituales y propician una participación mucho más interpelante que la de la institución eclesial, cuyo inveterado disciplinamiento se efectúa a base de la mortificación, la sumisión del cuerpo y la represión del placer. Y si bien hay un momento en el que la trama se vuelve episódica de las diversas modalidades religiosas de la uruguayidad, no pierde por eso la tensión, que se consagra en un estilo sensual y preciso, femenino en la constatación del detalle y la relevancia de la belleza estética y verbal. Niñas vírgenes ya forma parte de una genealogía de literatura de excelentes novelas como La balada de Johnny Sosa, de Mario Delgado Aparaín, Las aventuras de la negra Lola, de Roberto Echavarren, o Rompe la quietud, de Lalo Barrubia, que rescatan la riqueza, el dolor y el aporte de la historia de la diáspora afro y del mestizaje etnocultural en nuestro territorio.

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