Nos vemos en la calle

Feminismos y elecciones.

Manifestación de alerta feminista en Montevideo / Foto: Manuel Mendoza

Ofelia Fernández, la legisladora electa más joven de América Latina, todavía no asumió sus funciones. Sin embargo, las grandes cadenas de medios de Argentina ya la están acusando de corrupta, vinculando a su mamá, que es una empleada en relación de dependencia, con causas vinculadas a la gestión kirchnerista anterior a 2015. La operación es clara: ensuciar su imagen para desestimular la sola idea de que una mujer, que además es joven, puede representar a cientos de miles de personas y dedicarse a hacer política.

Pero Ofelia, al menos, llegó a la legislatura porteña porque sus compañeras feministas la votaron. En cambio, al mirar las elecciones nacionales de Uruguay, vemos que las mujeres y los jóvenes fueron los dos grandes grupos derrotados. Basta ver la conformación del Parlamento en todos los sectores para confirmar que, a pesar de cualquier sensación térmica que haya hecho creer que los avances de los feminismos y de la diversidad sexual estaban instalados en la sociedad, quienes siguen siendo elegidos como representantes, en una enorme mayoría, son hombres blancos, heterosexuales, de más de sesenta años.

Aun aplicando una mirada crítica sobre una concepción biologicista de la representatividad, el hecho es que las mujeres no votaron a mujeres y que los jóvenes no votaron a jóvenes, y eso que la oferta electoral era variada. De las cuatro bancas que perdió el Frente Amplio en Senadores, dos pertenecían a Mónica Xavier y a Constanza Moreira, referentes de las políticas públicas con perspectiva de género. Así, como siempre y más que nunca, los votantes uruguayos se aseguraron de que el corporativismo ejercido en el poder siguiera siendo el de los hombres blancos, heterosexuales, de más de sesenta años. Ni Juan Manuel Blanes, que en su cuadro de los 33 orientales no pintó ni una sola mujer –ese mismo cuadro sigue adornando las aulas de las escuelas públicas– debe de haber soñado que 142 años después existiría tanta lealtad a su idea de nación.

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Un rápido recorrido histórico permite ver que fueron los feminismos los que hicieron que las mujeres entraran a la política, ejercieran cargos de poder y tuvieran mayor legitimidad. En cada mujer, del partido que sea, que tiene la posibilidad de levantar la voz desde un cargo institucional, pueden rastrearse las voces de miles de otras, silenciadas históricamente, que lucharon para cambiar el destino de opresión sistemática de su género y pagaron el costo con sus propias vidas. Sin embargo, muchas de las que llegan al poder no son capaces de respetar y honrar ese linaje. La idea de que por el solo hecho de ser mujeres serán capaces de romper el corporativismo de la masculinidad resulta, a todas luces, un pensamiento ingenuo. Ese olvido, esa traición de tantas que a pesar de beneficiarse de las luchas feministas se alían con los poderes patriarcales –sobre todo, a costa del sufrimiento de otras más pobres– resulta una paradoja muy dura para un movimiento cuya transversalidad y autonomía son, y deben ser, un sello irrenunciable.

Un ejemplo es Beatriz Argimón, que se llama a sí misma feminista y ha sido reivindicada muchas veces por su articulación, desde la política institucional, en causas populares vinculadas a la ampliación de derechos. De hecho, se trata de una de las creadoras de la Bancada Bicameral Femenina, que posibilitó la discusión de una serie de leyes que buscaban atender las desigualdades estructurales. Pero es la misma persona que, en su momento, votó contra la ley de interrupción voluntaria del embarazo y que ahora encabeza la fórmula que liderará la “coalición multicolor” de la que participa Cabildo Abierto, cuyos dirigentes acumulan votos pronunciándose abiertamente contra la llamada ideología de género, cuestionando a las mujeres que trabajan fuera de casa o despreciando a las familias homoparentales. ¿Puede considerarse feminista una mujer que acciona, directamente y desde el poder, en contra de los derechos de otras mujeres y de las disidencias? ¿Puede llamarse compañera una mujer que pone la cara y la voz para legitimar una alianza con el orden patriarcal militar, ese que, desde la fundación de la nación, fue funcional a la subordinación de género, encarnando violencias que incluyen atrocidades sistemáticas? ¿El hecho de haber llegado al poder erige automáticamente a una mujer como ícono feminista? Cuando se viralizaron audios denostando a Beatriz por sus supuestas conductas sexuales, fueron las feministas quienes salieron a reivindicar su derecho de hacer con su cuerpo lo que se le cante, y a gritar, despeinadas y mal vestidas, que cualquier alusión a su intimidad era un avasallamiento a su derecho de hacer política. Pero ese nosotras sororo que para algunas es lo más importante, para otras es un cartel que puede usarse en algún titular de diario para limpiar la imagen de las grandes familias patriarcales de siempre. Y es claro que los feminismos, desde sus formas abiertas y horizontales de organización que priorizan la adhesión voluntaria de todas las personas, no han podido articular discursos claros que resuelvan esa contradicción o la pongan, definitivamente, en evidencia.

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Los feminismos uruguayos no parecen tener la unidad suficiente para apoyar a las mujeres que hacen política partidaria, incluso a aquellas que sí se dedican a luchar por los derechos de otras mujeres. Las referentes que llegan a ser funcionarias tienen suerte si sobreviven más de una elección: a pesar de sus enormes trayectorias terminan siendo blanco directo de agresiones dentro y fuera de sus propios partidos, y a menudo les echan la culpa por las derrotas electorales. Las feministas autónomas también suelen tener pruritos para dar su apoyo a aquellas que eligen dar la disputa desde adentro, lo que dificulta el armado de un proyecto político que no sea sólo reactivo. Las diferencias internas y la dificultad de asumir el riesgo de perder convocatoria y masividad parecen impedir que existan formas de delimitación más concretas y articuladas, que puedan hacer frente con propuestas claras, consensuadas, a los procedimientos jerárquicos y personalistas que legitiman la desi-gualdad. Por otro lado, aquellas que insisten con que hay que estar dentro de las instituciones para cambiar las cosas, llaman a las mujeres organizadas a una carrera política que, a la corta o a la larga, las deja solas y expuestas, lo que demuestra que el Estado es cómplice de la violencia y que la propia lógica de la democracia liberal responde al patriarcado como orden último del poder. De todas maneras, e incluso haciendo frente a todos estos problemas, resulta claro que las estrategias del movimiento de mujeres –manifestándose adentro, afuera y en todos lados– lograron poner el dedo en la llaga del núcleo de opresión machista que atraviesa toda la sociedad; de otro modo no se explicaría la fuerza de la reacción en su contra.

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Hay un discurso dentro del propio Frente Amplio que acusa a los feminismos de ser responsables de una sensibilidad cosmopolita con la que no puede identificarse el Uruguay profundo, ese Uruguay caudillista frente al que hay que arrodillarse para juntar votos. Resulta interesante contestar esa afirmación con una pregunta: ¿qué es más profundo y popular, un peón de campo o una niña violada por ese mismo peón? ¿Qué hacemos con las mujeres violentadas, sistemáticamente, en sus pueblos, en sus pequeñas ciudades, en sus comunidades? ¿Las abandonamos y silenciamos como hemos hecho siempre, como hizo Blanes? Hay quienes creen que son los feminismos populares, dentro y fuera del Estado, los que son capaces de articular un proyecto político otro, capaz de cambiarlo todo. Con esas personas, nos vemos en las calles. Porque, mal que les pese, las calles son y seguirán siendo nuestras.

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