Nosotros estamos vivos

Me resulta un poco difícil continuar con el amable intercambio que estamos teniendo con Diego Hernández a través de estas páginas, porque su última columna aborda muchos temas, pero no se detiene ni se concentra especialmente en ninguno, con el resultado de que hay demasiadas cosas puestas sobre la mesa que merecerían un comentario y no hay un centro hacia el que la conversación tienda en forma natural. Trataré simplemente de aclarar los aspectos de mi punto de vista que –pienso– no han quedado claros, y con eso me daré por satisfecho.

El tema es sin dudas la irrupción impetuosa del partido Cabildo Abierto (CA) en la política nacional y la forma correcta en que la izquierda debe interpretar el éxito electoral de este partido en octubre. Hernández sostuvo que el Frente Amplio (FA) había subestimado y desatendido lo popular en favor de un cosmopolitismo universalista y modernizador. CA habría tenido, en cambio, la capacidad que el FA habría perdido de interpelar a los sectores populares (Brecha, 1-XI-19). Yo repliqué que no habría que dar por buenos tan rápidamente diagnósticos que tienen, a mi juicio, una base conservadora (Brecha, 8-XI-19). Hernández replicó que hay en la izquierda una confusión entre lo popular y lo conservador que se explica por la adhesión de muchos de sus intelectuales a las ideas cosmopolitas (Brecha, 15-XI-19).

Vamos al punto. El conservadurismo insiste sobre todo en la importancia de las formas prepolíticas de identidad de los grupos culturales, que convierte en el aspecto fundamental de la acción política: la recuperación de algo que siempre estuvo allí, olvidado o semiolvidado, acechado, agredido, contaminado, degradado o despreciado, pero que –en cualquier caso– siempre estuvo allí. Aunque encare nuevos desafíos, el conservador lo hará siempre desde la recuperación de una identidad, de una tradición, de una fuente originaria de sentido, que dota de significado a las cosas, a las acciones, a las vidas de las personas y a los proyectos colectivos. Esas fuentes de sentido son esencialmente cuatro: la sangre, la tierra, la lengua y la religión.

El pensamiento de izquierda, en cambio, ha tenido con la tradición en general, y con esas cuatro fuentes de sentido en particular, una relación conflictiva. Muchas veces ha apelado a ellas en forma instrumental, pero no puede decirse que haya desarrollado una relación auténtica con ellas: abreva de esas fuentes con gran reticencia. No es el lugar para desarrollar el punto, pero yo creo que la reticencia a la hora de abrevar de esas fuentes define a la izquierda, la caracteriza como tal: ser de izquierda es, puedo estar equivocado –desde luego–, desconfiar de esas aguas, beber de ellas con recelo.

A aquellos que tienen algún tipo de sensibilidad o de instinto conservador más o menos desarrollado no se les escapa este recelo esencial de la izquierda a abrevar de las fuentes tradicionales ni el carácter puramente instrumental de su eventual apelación a ellas. “El marxismo (hace) un uso puramente táctico, insincero, de la idea nacional con fines de poder”, decía Carlos Real de Azúa. Y agregaba: “El nacionalismo revolucionario marginal cree en la nación porque cree en las ‘comunidades’ y desea reconstruirlas, y porque la ‘nación’ es la forma jurídico-política que ha restado de las comunidades históricamente existentes pero en proceso de descomposición”. Es solamente un ejemplo; sin dificultad podría encontrar varios más, de distintos autores, de distintos lugares y de distintas épocas.

La izquierda establece una relación puramente instrumental con cosas que para los conservadores son de absoluta, fundamental e intrínseca importancia. Es natural que sean los primeros en advertirlo.

No es un asunto de desplegar tácticas, o discursos, o retóricas: se trata de tomarse en serio, sí o no, las cosas que los conservadores se toman en serio. Son las dos opciones que hay: tomárselas en serio o no tomárselas en serio. No hay más. La presunta opción intermedia de desplegar una serie de discursos instrumentales, esencialmente insinceros, para tratar de fingir que se es lo que no se es, intelectualmente no tiene valor y políticamente, en general, produce resultados nefastos, desastrosos. Ahí anda el presente griego llamado CA que nos dejaron Eleuterio Fernández Huidobro, José Mujica y Tabaré Vázquez cuando se pusieron a jugar al aprendiz de brujo y a la geopolítica de juego de mesa con los Tenientes de Artigas.

Pero es que el juego no es nuevo, y los resultados, tampoco. Real de Azúa, en Tercera posición, nacionalismo revolucionario y Tercer Mundo, el libro de donde tomé la cita anterior, ya recomendaba como táctica política para la izquierda nacional-revolucionaria jugar al aprendiz de brujo con los militares latinoamericanos porque ellos velarían realmente por los altos intereses de la patria y todas esas cosas que ya leímos y que ya escuchamos mil veces. En beneficio de Real de Azúa hay que decir que está muerto hace más de cuarenta años y que no sabemos lo que habría dicho o hecho en estas circunstancias actuales ni qué opinión tendría sobre las cosas que escribió en ese libro. Pero nosotros estamos vimos. Y conocemos la historia, o deberíamos conocerla. Nosotros no tenemos la excusa de estar muertos. Tengo la impresión de que esta conversación, en las páginas de Brecha al menos, terminará por acá; quizás siga de otras maneras. No me gustaría despedirme sin haber aclarado dos o tres cosas. Mi caracterización de ciertos autores como conservadores no supone de ninguna manera una descalificación de su pensamiento. Tampoco implica que su lectura no sea iluminadora de nuestras circunstancias presentes. Si las obras de Rodó, o de Real de Azúa o de Methol Ferré ayudan a entender mejor algo, cualquier cosa que sea, bienvenida entonces su lectura. Lo único que digo es que ciertas críticas a la izquierda por desarraigada, por cosmopolita, por presuntamente eurocéntrica, y demás, tienen unos supuestos que no convendría comprar de manera impulsiva. En la retórica de algunos autores, “lo popular” muchas veces no es más que otro nombre para su concepción conservadora del mundo. Tampoco habría que entregarles el monopolio de ese término así nomás.

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