Un deseo corre con la velocidad de la hiperconectividad y con la intensidad de una generación que parece habitar una nostalgia aguda. «¡Que vuelva la moda de 2016!», exclaman los posteos, que no demoran en viralizarse mientras apelan a la –ya no tan joven– memoria compartida de la generación Z.1 Ese regreso imaginado no se agota en la evocación de una estética reconocible –colores saturados, arcoíris y galaxias, un límite difuso entre la fantasía y lo real, pelos coloridos y gorros a juego–; señala, más bien, un modo de estar en internet, de crear y de vincularse, que hoy parece difícil de sostener.
Esta generación forjó su carácter y desarrolló sus aficiones entre dos mundos –uno físico y otro digital– que hasta 2016 se sentían paralelos, pero que con el tiempo desdibujaron sus fronteras hasta fundirse en una sola forma de entender la vida. En el espacio digital que ofrecía internet hacia 2016, se ensayaban identidades y se construían comunidades. Durante ese período –que hoy parece distante–, la presencia digital no estaba completamente atravesada por la lógica del rendimiento. No todo tenía que gustar, crecer o transformarse en valor.
Ese año funcionó, en retrospectiva, como un viejo mundo. Las pantallas se poblaron de bandas adolescentes, fotografías con aspiraciones artísticas pero no profesionales e historias publicadas sin auspiciantes en las que, casi siempre, la escritura, la edición y la ilustración convivían en una sola persona –multitasking temprano–, además de los fandoms más reconocidos, que se organizaban por país y convocaban encuentros en las plazas de las ciudades o en sus centros comerciales, donde los jóvenes vestían de manera deliberadamente exagerada en un gesto que nacía del impulso de crear, sin demasiados cálculos previos.
Con el paso del tiempo, sin embargo, las reglas sociales comenzaron a filtrarse a través de las huellas dactilares hasta volverse norma y, en muchos casos, terminaron siendo más exigentes que aquellas que regían el mundo de hormigón.
En 2016, la publicidad digital estaba presente –luego se conocería que ya operaban en la red compañías como Cambridge Analytica–, pero ocupaba un espacio mucho menor en la experiencia de los usuarios, los datos disponibles en redes sociales eran básicos y medir el retorno de la inversión (ROI, por su sigla en inglés) –una métrica que evalúa la eficiencia de las campañas digitales– resultaba complejo, con segmentación limitada y estrategias menos efectivas. Aún no se habían perfeccionado algoritmos capaces de rastrear cada interacción, por lo que los usuarios navegaban con relativa libertad y sin la presión constante de contenido dirigido.
Por el contrario, el viejo mundo permitía inventar universos propios, lúdicos y contradictorios, y compartirlos; la identidad se probaba y se desarmaba sin penalización inmediata. Para quienes aprendían a habitar el mundo –y la digitalidad–, ese espacio funcionó como un primer territorio relativamente seguro de jóvenes para jóvenes.
Estos espacios de socialización cultural gestados desde entonces en el seno de los entornos visuales digitales, como Instagram, tienen hoy un lugar central: según datos del Observatorio de Ciudades de la UTEC recolectados en 2025, esa red social es utilizada por el 86,4 por ciento de la población en la franja de 18 a 29 años en Uruguay, una proporción significativamente mayor en comparación con los grupos de 30 años o más.
¿QUÉ PASÓ EN 2016?
El año 2016 también marcó un quiebre político. La victoria de Donald Trump normalizó la violencia, el racismo y la misoginia como herramientas legítimas de gobierno y profundizó la desconfianza hacia los medios y las instituciones. En Uruguay, en cambio, el Frente Amplio llevaba más de diez años en el poder, sostenido por un relato de ampliación de derechos y estabilidad que funcionaba como un colchón frente al estruendo global, aunque sin lograr amortiguarlo por completo.
La generación Z todavía era muy joven, pero no lo suficiente como para no comprender un mundo que, hasta hacía poco, llegaba por la pantalla opaca de un televisor y que ahora se desplegaba en alta definición. En ese tránsito, aprendió a leer discursos y a reconocer que los adultos –cualesquiera fueran– no siempre podían ofrecer certezas ni sentido.
Pero también descubrió que existía un lugar donde era posible ensayar un presente propio: un espacio en el que podían navegar en busca de su propia tribu, al tiempo que se nutrían de otras, y donde la forma de habitar estaba regida por un código común que marcaba una orgullosa brecha con el mundo del que esos viajeros escapaban de forma momentánea.
Para 2026, en cambio, la presencia publicitaria se ha multiplicado y los sistemas de redes sociales analizan datos en tiempo real, optimizan automáticamente la segmentación y personalizan los contenidos, lo que permite a las marcas aumentar la precisión de sus campañas y el ROI, pero también transforma la experiencia del usuario, que se encuentra constantemente expuesto a mensajes diseñados para influir en su comportamiento y atención.

La identidad digital dejó de ser un juego y pasó a operar como un programa en ejecución permanente, reduciendo un diccionario de infinitas posibilidades a apenas tres palabras: visibilidad, métricas y optimización, en un entorno donde las plataformas monetizan cada gesto y atención del usuario.
Unesco advierte que estas dinámicas amplifican estereotipos de género y estándares corporales poco realistas, con efectos perjudiciales sobre la autoestima, la imagen corporal y el bienestar de adolescentes y especialmente de niñas, que pueden sentirse peor consigo mismas a causa del contenido algorítmico que ven en redes sociales. En ese desplazamiento, los vínculos que se tejen en las redes actualmente tienden a organizarse menos como comunidad y más como competencia, y las figuras de influencia dejan de percibirse como pares posibles para funcionar como avatares inalcanzables, cada vez más distantes de las experiencias ordinarias de las adolescencias, lo que intensifica la comparación social y la presión por ajustarse a modelos idealizados.
En estos diez años la generación Z fue creciendo en un mundo transmitido en vivo y en directo, en el que las crisis y las guerras irrumpieron en tiempo real, como señales sin interferencia ni refugio posible, y fue en ese visionado que esta generación aprendió a leer el presente desde la exposición permanente y a convivir con la certeza inquietante de que el futuro se volvía un territorio inestable y sin mapa.
En un escenario marcado por retrocesos, violencia e incertidumbre, no sorprende que esta generación busque espacios donde reapropiarse de su identidad, sin tener que rendir cuentas a un mundo que hace tiempo dejó de rendirlas, como evidencian los procesos políticos, sociales y ambientales en curso. Sin embargo, ese anhelo de resguardo choca con el funcionamiento actual de las redes sociales, que lejos de ofrecer un territorio de descanso o autonomía, se configuran como espacios intensamente vigilados, atravesados por lógicas de control, competencia y administración algorítmica de la atención, en los que cada gesto es observado, medido y optimizado con frialdad.
Tal vez por eso la pregunta no sea si puede volver el año 2016, sino qué formas nuevas de reapropiación –menos ingenuas pero igual de vitales– puede inventar una generación que aprendió demasiado pronto que el mundo no siempre ofrece sentido y que a veces hay que construirlo a mano.
Mediado por una fuerte desconfianza hacia el poder establecido en los medios digitales y a lo supuestamente aceptable, ¿será este el principio de algo más grande? O, teniendo en cuenta la larga historia de juventudes vencidas por el statu quo, ¿será un poco más de lo mismo?
- Aunque sus límites son materia de discusión, la generación Z abarca, a grandes rasgos, a los nacidos entre la segunda mitad de la década del 90 y la primera mitad de la década del 10 de este siglo. ↩︎




