Todo siempre pasa en primavera – Brecha digital
Nueva música popular uruguaya

Todo siempre pasa en primavera

Setiembre empieza con una gran efervescencia musical, pues hoy Caramelos de la Nada presenta su debut homónimo, y el sábado 3 comienza el ciclo del sello Feel de Agua en la Sala Lazaroff. Así, en el mes de la diversidad podrán verse y escucharse en vivo un montón  de interesantísimos exponentes de la nueva generación.

Caramelos de la Nada. DIFUSIÓN

Cuando se escucha decir que en Uruguay tenemos un invierno insufrible, que la humedad esto y aquello, que la lluvia no sé qué, que el frío tal cosa, es como si a todo eso se le sumara entre paréntesis un tiempo de invierno en las actividades culturales. Pero de la misma manera que la esperada primavera saca a la gente a la calle y a los parques, también la lleva a conciertos. La energía acumulada hace que todo salga de una tirada, y así en setiembre toca todo el mundo. Este año, por suerte, no será diferente.

NUEVOS ENVOLTORIOS PARA QUERIDAS GOLOSINAS

Tanto Analía Ruiz como Diego Cotelo, las dos caras de Caramelos de la Nada, tienen una trayectoria musical muy interesante y activa. En este momento, ambos son parte de conjuntos sumamente eclécticos y con búsquedas muy propias. Analía está tocando en Cucú Rapé desde hace ya tiempo, y es ahora una pieza clave, sobre todo desde el último disco. Diego Cotelo lidera la banda Bolsa de Nylon en la Rama de un Árbol y es, además, el reciente compañero de ruta de Fernando Cabrera. Con todo esto, no es raro esperar que este proyecto, más íntimo y pequeño, esté muy influido por sus historias personales, y que encontremos un poco de esto y de aquello en cada canción.

Esto último es importante: se trata de canciones. Detrás de los varios arreglos y vueltas de tuerca que ambos músicos proponen, la forma canción es el tronco de su trabajo compartido. De hecho, salvo por un tema de los ocho que conforman su disco homónimo lanzado en noviembre de 2021, se trata de reinterpretaciones de canciones uruguayas compuestas por Jorge Galemire, Fernando Cabrera, Andrés Lazaroff, Jorge Bonaldi y Luciana Possamay, Alfredo Zitarrosa y Edgardo Cardozo, Las Áñez.

Durante todo el transcurso del disco nos encontramos con un gran despliegue de timbres. Ahí están la guitarra eléctrica procesada de Diego, los teclados de Analía, cajas de ritmos, posproducción, y un enfoque que juega entre la raíz uruguaya y gestos progresivos que se encuentran cerca del denominado math rock. Pero el tronco es la canción en su sentido más clásico, al menos como la entendemos en Uruguay. Esto hace que se trate de una música de una gran accesibilidad, que fácilmente logra atravesar cualquier tipo de hermetismo.

Es que, a la hora de abordar ciertas búsquedas, el timón sigue siendo dirigido por la canción, no solo como una forma en el sentido estructural, sino como una manera de hacer música: hay que poder cantar. Las melodías, armonías e incluso ritmos cuando parecen estar más distantes tienen algo gentil y bello, claro, nítido. Es música uruguaya, pero no pretende despertar ese sentimiento gris montevideano que es, quizás, el más usual en la música capitalina.

Claro está que la elección de los temas a reinterpretar va de por sí por ese lado, pero esa elección se explica por las personalidades musicales de ambos. Analía tiene una forma de cantar y tocar teclados que proyecta una energía bastante positiva, lúdica y muy contagiosa, algo que también es notorio es su puesta en escena, en la que el movimiento corporal es vital. Diego es heredero, directa o indirectamente, de una línea que podemos asociar a Bill Frisell, es decir, con un fuerte pie en el jazz –en su manera de lidiar con la armonía, la melodía y el fraseo– y otro en aportar claridad a lo que sucede, transformándolo en algo cantable y accesible, incluso en el manejo de efectos en la guitarra. La única duda al escuchar un disco con tantas capas musicales llevadas a cabo prácticamente por tan solo dos personas –pues en un par de temas hay algún invitado– es cómo será interpretado en vivo. Y ahí está lo bueno: algunas preguntas se pueden responder rápidamente. Alcanza con ir a buscarlas hoy a la Sala Hugo Balzo.

SENTIMIENTOS ACUOSOS

Feel de Agua es, desde hace ya varios años, un sello discográfico independiente, aunque de un tiempo a esta parte también es un colectivo artístico que nos viene trayendo varias propuestas interesantes y diversas. Ninguna de sus producciones cae en la obviedad, y ese destacado compromiso corre por varios lados. Para empezar, supone la unión de varios artistas trabajando colaborativamente. A su vez, cada artista/conjunto hace todo lo posible por ofrecer una mirada diferente, un abordaje artístico original. También sucede –y no es nada menor– que todos los discos editados son subidos a la web del sello para su descarga libre. Finalmente, cuando los integrantes pueden –porque no olvidemos que querer no es poder, menos para el arte en Uruguay–, unen fuerzas y organizan algún ciclo o concierto que porta la voz del colectivo.

Es así que con la vuelta de la primavera vuelve también el ciclo de conciertos de Feel de Agua, todos los sábados de setiembre. Es posible que se trate del más potente hasta ahora. Para esta ocasión, sin duda va a haber una predominancia de bandas de rock alternativo, como es el caso de Excelentes Nadadores, Mux, Lucas Meyer e Isla de Flores, pero también habrá lugar para cosas más experimentales como el ya conocido conjunto Portillo que, al parecer, presentará un repertorio nuevo. Como es habitual, el ciclo también contará con propuestas novedosas, como el grupo Barro o el cuarteto femenino Deforma.

Niña Tormenta. DIFUSIÓN

Sin embargo, lo más llamativo de esta edición será la presencia de Niña Tormenta, el proyecto solista de la cantautora chilena Tiare Galaz, que abrirá el ciclo junto con Portillo. Allá por comienzos de 2020 estaba planeada su visita para un presunto ciclo que nunca se realizó por la pandemia; ahora, finalmente, con el cielo despejado, su venida se hizo posible.

Hace unas pocas semanas Niña Tormenta lanzó en varias plataformas un pequeño EP en vivo como parte de la serie Sesiones 050, un proyecto de Arturo Zegers en el que graba a artistas chilenos en formato acústico con una grabadora de cinta de los ochenta. En este lanzamiento, que cuenta solamente con Tiare en voz y ukelele y con su hermana Macarena Galaz en bombo, ukelele y voz, nos encontramos con cinco temas muy íntimos, algo logrado no solo por la música en sí, sino también por la grabación y mezcla. Algunas de esas canciones ya habían sido lanzadas como singles y serán parte de un próximo trabajo, así que esta visita nos trae tanto un material recién salido del horno como una previa de lo que se vendrá en la carrera de esta interesante artista.

Tiare cuenta acerca de sus últimas composiciones: «Podría llamarlas canciones de refugio. Son canciones que hice para cobijar alguna emoción, como en “Una calma” y “Pequeñas esperanzas”, o para lidiar con la angustia existencial, como en “Flor de lavanda”. También para recordarme el ritmo propio, como en “Voy a hacer las cosas lento”. Hay una canción de amor, más abierta y expansiva, que es “La primera letra”, que compuse como jarana, pero me salió como una especie de bolero, una exploración medio jugada con lo cursi, que me divierte cantar».

La música de Niña Tormenta se para en una delgada línea que une el folclore chileno con la herencia de Violeta Parra y algo del indie acústico de los noventa en adelante, siempre en un formato minimalista, tanto por el abanico instrumental como por las propias composiciones. Las letras tienen algo muy particular: a primera vista parecen ser bastante mundanas y de un cotidiano en el que no pasa nada, pero, sin embargo, siempre esconden algún mensaje lejano, como si se trataran de objetos que pasan desapercibidos, pero en los que, cuando uno se detiene a mirar, es posible descubrir una magia oculta. Se trata de esa delgada línea en la que logra esconderse el potencial necesario para lograr algo diferente, porque lo que asombra fácil y se torna espectacular a primera vista niega el placer del descubrimiento. Niña Tormenta no intenta llamar la atención ni pretende una invitación a la acción, sino que se para al costado y espera, que no es lo mismo que no hacer nada. Quizás sea por eso que podemos pensar en su música como en un ritual de contemplación o una excusa para alejarse. ¿De qué? De lo que sea que lo haga a uno correr en busca de otra forma de vivir la vida.

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