Oír y crecer

Naumay, Domus, 7153-2, 2018 (con el apoyo del Fonam).

Naumay, Domus, 7153-2, 2018 (con el apoyo del Fonam).

Hay algo de máquina del tiempo en este disco. Es un trabajo uruguayo y salió ahora. Pero si me hubieran arrimado un vinilo de jazz del sello Blue Note de inicios de los años sesenta y contuviera esta música, me parecería verosímil. Bueno, casi. Los músicos del Juan Ibarra Quinteto son excelentes, pero no descomunales como los jazzistas de aquella época. El vinilo no podría contener los 74 minutos de música de este CD.1 Sobre todo, no hubiera podido contener una composición de Fernando Cabrera, ni tener algún vínculo eventual con el candombe, y el pianista no tendría rasgos de la influencia de Hugo Fattoruso. De todos modos, recuerdo pocos discos uruguayos que parezcan nacer en forma tan plena del espíritu del jazz. Es decir, a estos tipos no se les ocurre esa gracia medio tonta de hacer un breve pasaje en estilo bebop, porque, justamente, parecen estar empapados de eso, saben que no es por ahí que van a aportar algo, y tienen muchas más ganas de volar hacia otros lados, probar, experimentar, inventar. Ni idea de qué quiere decir el título, Naumay, pero me pega como “Naima”, de Coltrane, con “u” y “ay” de Uruguay.

Juan Ibarra, principal compositor y líder del proyecto, es baterista. El grupo tiene la formación que asocio con Wes Montgomery: base de piano (Ignacio Labrada), contrabajo (Antonino Restuccia) y batería (Juan Ibarra), un saxo (Gonzalo Levin) como el instrumento más plenamente melódico, y una guitarra eléctrica (Martín Ibarra) de sonido limpio que, en términos futbolísticos, juega en todas las posiciones. La batería está tocada y tomada sin ningún énfasis en el bombo, y cuidando más bien el color de las múltiples formas de percutir en los distintos cuerpos. Es una batería que anima, colorea, comenta, estimula, contra-canta, y no una que impone el ritmo o que pretende impresionar con el punch. Qué alegría escuchar un batero que sabe valerse sin depender de los condimentos del sistema electrónico para “sonar”. Esa opción de integrarse en el todo, singularmente desapegada de parte de quien es el dueño de la pelota, deja el espacio sonoro para que cada uno de los demás instrumentos vibre con su propio sabor tímbrico. Saboreamos el ronquidito del saxo, los dedazos del contrabajista, los distintos matices del touché del pianista. Con filosofía bien jazzística, cada uno de los músicos tiene varios momentos de destaque y de expresión personal en solos o por ocupar un lugar destacado en el arreglo. Pero lo más importante es la escucha mutua, el equilibrio que alcanzan. La cohesión sobresaliente de este grupo es aun más excepcional porque, con un criterio –otra vez– jazzístico, el énfasis no está puesto en la exactitud. Hay una considerable autonomía de cada uno con respecto al lugar exacto donde caer, pero sin embargo van todos hacia un mismo lugar expresivo muy determinado y coherente, calibran los crescendos hacia los picos de intensidad y emoción, y achican todos juntos para generar los vacíos. En la versión de “Te abracé en la noche”, incluso, como que ejercen el arte (muy difícil, en realidad) de no coincidir nunca, generando una textura muy especial, como desflecada.

Las composiciones son buenísimas. Como toda “música de baterista”, muestra un gusto especial por las construcciones rítmicas poco comunes, a veces difíciles de descifrar. Pero siempre suenan orgánicas con respecto al material melódico-armónico. Y no se quedan ahí: el disco está lleno de ideas de climas y texturas arreglísticas. Y lo más importante son las formas: cada composición está realmente craneada en la manera de proponerse y de evolucionar. Y tienen el interés suficiente como para justificar la inversión de tanta musicalidad de parte de los instrumentistas. Con qué calor, con qué ganas construyen los crecimientos y luego se explayan por los clímax. El de “Rem”, en especial –con su sustrato sutilmente candombeado–, es un jolgorio. Realmente, un tremendo disco de música instrumental.

Este trabajo va a ser presentado en vivo el lunes 13 a las 20.30 en la Zavala Muniz, en el contexto del Jazz Tour.

Artículos relacionados

Las políticas culturales en la ley de presupuesto

Quién sabe

Suena la Orquesta de las Mil Melodías1

Un, dos, tres, ¡va!

Relojes: álbum digital de Marco Tortarolo1

Un disco que transcurre

Cultura Suscriptores
Ennio Morricone (1928-2020).

Mentiras honestas y brillantes