Para que el mundo sea mejor

“Del pan y las rosas”, de Esteban Klísich.

Del pan y las rosas, Ayuí, A/E 438 CD, 2019.

Pasaron 12 años desde Kraj, el anterior disco de canciones nuevas de Esteban Klísich. Se extrañaba. Su nuevo disco1 trae 11 grabaciones nuevas. Hay una nueva versión de su obra maestra “3, 3 y 5”, ahora cantada por él. Originalmente (1989) la cantó Laura Canoura, con notable sutileza, entrega y soltura. Ahora Esteban la hace en un registro mucho más bajo, casi cavernoso, con el que expone el dejo cascado que adquirió su voz en este tiempo, acompañado por la sonoridad oscura de un guitarrón. Las demás canciones son todas, creo, previamente inéditas.

En toda su discografía, Klísich siempre dio mucho espacio a otros cantantes e incluso a otros guitarristas, aun siendo él excelente en ambos rubros. Asumo que esa actitud retraída es una mezcla de modestia (la idea de que otros lo pueden hacer mejor), generosidad (exposición, desde un lugar prestigioso, para intérpretes más jóvenes) y placer de trabajar en colectivo. Aquí, por momentos, su rol es más de anfitrión que de titular: la mitad de las músicas nuevas son coautorías, hay un par de surcos en los que no canta ni toca y en uno de estos ni siquiera el arreglo es suyo. Tiene mucho destaque la voz pura de Virginia Cabrera y hay un bloque central de “música típica”, con dos temas interpretados por el cantante de tango Ledo Urrutia, en los que Guzmán Mendaro saca a relucir su solvencia como guitarrero criollo “zitarrosiano”.

El disco arranca con una murga preciosa, “De acá nomás”, con una llevada introductoria inspirada en “Cometa de la farola”. Funciona como un manifiesto, porque habla de un nosotros (vale para cantores, murguistas, la barra, el pueblo) que deriva de elementos arraigados en Montevideo y definen una identidad. Por otro lado, establece el componente nostálgico (el afilador, el manicero, la rueda del café, el tablado –que adivinamos de barrio–), junto con otros marcadores paisajísticos (cuchilla, plátanos). Porque, claro, los aspectos en los que la ciudad se renueva suelen ser globalizantes, no específicos, y Klísich vindica, sobre todo, ese perfil local. La referencia a los rosales en el primer verso establece una conexión con el último surco, “Del pan y las rosas”, que es otro manifiesto. Está dedicada a Fernando Cortizo, pero se podría decir que habla al/del propio Klísich: pide que se mantenga fiel a sus propios ideales (guitarra “dulce y melodiosa”, cantar “bajito”), que no se acomode ni se conforme. Siguiendo una tradición que asocia la canción autoral, localista y acompañada de guitarra con las causas populares (el “canto popular”), el texto concluye (cerrando el disco): “Defienda al desamparado/ como si fuera su hermano/ y vayan mano con mano/ por el pan y por las rosas/ que sobre todas las cosas/ lo más profundo de ser humano/ es darlo todo por que el mundo sea mejor”.

Entremedio, canciones de amor, nostalgia, humor y misterio. La batea de la murga es la única percusión que se escucha en el disco. En los demás surcos predomina la guitarra o el guitarrón, condimentado, aquí y allá, por alguna flauta, un bandoneón o un violín. Hay sambinha, choro, milonga, alguna cosa indefinible. “Del pan y las rosas” podría pasar por litoraleña con algún gen de pericón. Klísich está entre los compositores uruguayos que mejor dominan los recursos de la tonalidad expandida (a lo Schubert), que generan constantemente tensiones, sorpresas y un incremento de la profundidad emotiva con sus recorridos armónicos. Además de ser un gran melodista, es un maestro urdiendo sus acompañamientos de guitarra. El disco trae como yapa cuatro surcos que son, aparentemente, las bases desnudas de guitarra de algunas de sus canciones (de este disco o los dos anteriores). Podemos apreciar así, en calidad de figuras, lo que originalmente fueron fondos, y vale la pena.

Hoy, viernes 4, Esteban Klísich presenta este trabajo valioso en la Sala Zitarrosa a las 21 horas, con buena parte de los músicos que participaron en la grabación y otros más.

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