Pensándolo un poco mejor

«El egoísmo se convierte
en altruismo; este es la forma superior de aquel»

Carlos Reyles1

El senador de Cabildo Abierto Guillermo Domenech, especialista en estos temas, dijo que no quieren «vestir un santo y desvestir otro».2 Incluso, eso lo digo yo, si ello favoreciera los proyectos ministeriales de la señora del jefe.

Al senador no le parece adecuado que los rubros que la ley asigna a Colonización se destinen al tema de los asentamientos. Guido Manini, por su parte, habló con un grupo de productores rurales, de esos que «no conocen descanso ni día libre», y se iluminó: se necesita «gente de campo, que no es lo mismo que gente con campo».3 Y hay que saber que Manini sabe del tema. En su caso, tal vez no sea un exabrupto considerarlo un saber casi genético.

La transformación de los pobres rurales en pobres urbanos fue uno de los mecanismos tradicionales para la conformación de asentamientos en el territorio nacional. Entre los años cincuenta y sesenta, en los inicios de una crisis que expulsó a mucha gente del campo, de la ciudad y del país, la periferia de la capital se fue transformando poco a poco en el emplazamiento privilegiado del cantegril, ese viejo precursor del asentamiento informal de nuestros días, que puso a la vista de todos los que quisieran ver «la presencia de un vergonzante cinturón insalubre de localización infrahumana».4 Sin embargo, en la perspectiva herrerista la propuesta presupuestal es virtuosa: consiste en desvestir a un santo que consideran trucho (ellos también saben mucho de religión) para simular que visten a otro.

En efecto, probablemente si los senadores cabildantes se asesoraran con entendidos en temas territoriales, descubrirían que se quedaron cortos: ¡con esos rubros, en el tema asentamientos, no se viste ni medio santo! Sin mencionar que con su profundo anclaje territorial, transformar dicha realidad implica, además de mucho más presupuesto, un conjunto de sólidas políticas integrales que promuevan construir viviendas adecuadas, con calles, plazas, escuelas y todo aquello que permite el desempeño del derecho a la ciudad. Y aun así tampoco será suficiente. En efecto, ¿cómo logramos que el conjunto de factores que hicieron del asentamiento el ámbito de vida natural para una buena parte de los uruguayos no lo haga más?

Hago referencia al trabajo, la educación, la salud, el deporte, el ocio, el arte… ¡Ay! ¿Se me habrá ido la moto, como dicen los chiques ahora? (en cualquier caso, seamos cautos, que con la mezcla de soberbia e ignorancia que campea en nuestros equipos de gobierno actuales algo así se puede interpretar como una provocación terrorista). En fin, trato de decir que aun si el gobierno pusiera a disposición los rubros necesarios para todo esto, no sería todavía suficiente. Tendríamos que asegurarle, a dicho proyecto social, eso que llaman sustentabilidad. Es decir, su perdurabilidad a lo largo del tiempo en las condiciones adecuadas. ¿Entonces?

Nuestro territorio, es bueno saberlo, no es más que la contracara material de nuestra construcción social. Montevideo, con sus Carrascos, sus Blanqueadas, Cerros Nortes y Nuevas Esperanzas, no es más que nuestra sociedad urbana hecha espacio. Entonces, ¿cómo aseguramos que la sociedad generadora de dichos espacios urbanos no vuelva a generarlos? Algunos ciudadanos preocupados quisiéramos conocer la respuesta a la siguiente pregunta: ¿cuál es el proyecto para lograrlo?

Hasta ahora, por lo poco que hemos sabido, parece claro que no hay ni un mínimo atisbo de política pública en la materia. Al menos en boca de la ministra. Es más, sospecho que no les preocupa tenerla. ¿Cuál es mi mejor prueba? La propuesta de utilizar los rubros del presupuesto destinados a «darles tierra a los que la quieren trabajar» para «darles casa a los que quieren habitar».

Porque en eso, hay que decirlo, Domenech no solo no se equivoca, sino que mete el dedo en la llaga: el desmantelamiento del Instituto Nacional de Colonización es una vieja aspiración de los dueños de la tierra en Uruguay, que siempre tuvieron su caja de resonancia en el herrerismo. Nuevamente en el gobierno, tienen la oportunidad de desmontar esa vieja y detestada política batllista. En ellos también es casi genético. Los viejos «liberales-conservadores», además de ser rencorosos, tienen buena memoria.

Su propiedad privada, en este generoso país, es uno de los institutos más inamovibles desde la dictadura de Lorenzo Latorre. Ese, tal vez, es el centro del problema. Porque los pobres no son propietarios, no tienen «solar conocido». Y en el reino del mundo libre, ese que nos permite arreglarnos como podamos y salvarnos cuanto podamos, la propiedad es una buena garantía para ello. No tenerla, en este sentido, es un gran problema. Aunque no nos confundamos: no es un problema social. El problema de los pobres es individual, de cada uno de ellos.

Por eso, pensándolo un poco más y tomando la perspectiva de los malla oro, esa que tanto gusta a nuestro presidente, uno se termina preguntando si no habría que borrar definitivamente dos incisos presupuestales. Porque después de todo, para decirlo francamente, como su abuelo, «bien definidos están los matices: una clase dirigente, valiosísima como no la hay mejor en este continente […], y la masa del pueblo, inferior, sofocante, integrada por indios mansos, ajenos en absoluto a la cultura cívica».5 Si prefieren vivir en sus tolderías, como dice mi amigo Cacho, ¡que sigan pedaleando!

1. Citado en Caetano, Gerardo, El liberalismo conservador, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, pág. 102.

2. La Diaria, 13 de setiembre de 2021.

3. Ídem.

4. Así la llamaron en 1970 Carlos Altezor y Hugo Baracchini. Ver Historia urbanística y edilicia de la ciudad de Montevideo, Junta Departamental de Montevideo, Montevideo, pág. 107.

5. Luis Alberto de Herrera, citado en Caetano, Gerardo, El liberalismo conservador, pág. 150.

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