El canto de los dioses, documental uruguayo

Perseguir la música para conocer el mundo

El canto de los dioses Difusión

El canto de los dioses es una road movie documental que profundiza en las expresiones musicales y religiosas del África subsahariana. La película fue estrenada en la Sala B del SODRE y este domingo podrá verse proyectada en la pantalla de TV Ciudad.

Los documentales de viaje han sido un género bastante visitado por el cine uruguayo reciente. El trabajo de Emiliano Mazza de Luca, por ejemplo, se ha caracterizado en gran medida por el descubrimiento de las prácticas humanas en lugares exóticos, ya se trate de una aldea flotante en Colombia (Nueva Venecia, 2016) o de un barco portacontenedores que recorre los ríos Paraná y Uruguay (Vida a bordo, 2018). En películas como La fundición del tiempo (Juan Álvarez Neme, 2019) o El hombre congelado (Carolina Campo Lupo, 2014), la dimensión de la espectacularidad se construye, en gran medida, estableciendo una mirada sobre un otro en términos geográficos; se trata de paisajes y personas que, en principio, resultan interesantes porque se encuentran, literalmente, del otro lado del mundo.

El motivo del viaje abre a los realizadores un montón de posibilidades de abordaje visual, y las decisiones estéticas que toman respecto a los dispositivos escénicos con los que registran lugares y cuerpos desconocidos, pertenecientes a otras culturas, son motivo de largos y profundos debates dentro del seno del cine documental. En la tradición de las filmografías europeas y latinoamericanas, varios materiales han dado cuenta, desde la dimensión formal de sus películas, de las contradicciones éticas que supone tener a disposición esa «herramienta de poder» que es la cámara: imposible no pensar en Jean Rouch o Chantal Akerman, pero también en el trabajo de Martín Rejtman (Copacabana, 2006) o en el de Ulises Rosell (El etnógrafo, 2012) en Argentina, por poner solamente algunos ejemplos.

En El canto de los dioses, la motivación del viaje tiene cierta condición hippie: su director, Pablo di Leva, presenta la película como si simplemente hubiera seguido el impulso aventurero de ir a buscar música al África subsahariana. Esa frescura inicial se mantiene como un mantra a lo largo de la película, que sostiene un tono carente de toda solemnidad y se permite ir saltando de espacio en espacio y de personaje en personaje sin la dureza de un guion diseñado a priori.

Pasando por Mauritania y Mali, el filme documenta la vida de dogones, griots, músicos y fabricantes de instrumentos que explican por qué la música juega un papel fundamental en la organización socioreligiosa de sus pueblos. La película culmina su búsqueda con la representación de la danza tradicional de máscaras Dogon, en Begnematou, una pequeña aldea perdida en el desierto.

Esa especie de «andar para encontrar» que se percibe desde el primer plano funciona como una estructura narrativa simple y efectiva, que se acompaña de animaciones para ir mostrando los distintos poblados y ciudades. Son sólo dos personas filmando (Di Leva va acompañado de Pablo Magariños, y ambos hacen el trabajo técnico de rodaje prácticamente solos), pero el nivel de creatividad y riesgo es tan grande que, a pesar de las imposibilidades inherentes a ser un equipo tan chico, en el registro apasionado de los paisajes logran imágenes de gran belleza. La austeridad se vuelve un elemento a favor, porque es muy lindo que la cámara sea tan humana como para que nos deje experimentar en el cuerpo la soledad de la camioneta en el desierto, la fragilidad de saberse en medio de la nada, la sencilla curiosidad que siente un realizador cuando encuadra detalles del cielo y la tierra.

Pero hay algo mucho más importante que el paisaje: la música. Di Leva tiene un largometraje anterior que sólo se estrenó en Youtube, sobre el candombe uruguayo, que se llama Negro1 y que aborda su temática con una profundidad inusual, demostrando que el realizador tiene una gran capacidad para empatizar con sus personajes. Es como si la música fuera el canal por el que Pablo se adentra en el mundo para, a partir de esa fascinación inicial, comprender a las personas, poder mirarlas, escucharlas y pensarlas. En El canto de los dioses, las escenas musicales son impactantes porque no hay en ellas ningún prurito ni pudor occidentales señalando qué es lo que debemos entender como bello o valioso, y tampoco hay una actitud purista que busque demostrar algo, que se sienta obligada a interpretar o establecer una tesis cerrada. La película se dedica a observar con alegría, dedicación y entusiasmo aquello que retrata, y logra poner en evidencia las diversas funciones del arte popular y sus significaciones en otras culturas sin romantizar las comunidades a las que esas manifestaciones pertenecen. En ese sentido, resultan ilustrativas las preguntas que Di Leva realiza con respecto a las desigualdades de género, porque las respuestas demuestran que allí las mujeres sufren restricciones en el acceso a varias herramientas y expresiones exclusivas para varones. El ordenamiento patriarcal es un tejido invisible que la película logra revelar en varias oportunidades, y eso funciona como un recordatorio continuo de que, más allá de las impresionantes diferencias en las que vivimos, tenemos problemáticas comunes en relación con el sostenimiento de la vida en este planeta y en este sistema. Lo mismo sucede con la violencia policial y militar, especie de sombra siempre al acecho.

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