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Potente suavidad

“Pocos cables”, de Pascual Márquez

“Pocos cables”, de Pascual Márquez

Además de componer e interpretar todos los temas de su primer disco solista,1 Pascual Márquez se encargó de la producción y fue su propio (muy competente) técnico de sonido. La ficha técnica especifica los músicos invitados –unas pocas personas que intervienen en tres de los diez surcos–. Asumo que las demás partes instrumentales, no acreditadas, habrán sido tocadas por el propio Pascual. Esencialmente, las bases son de guitarras, con agregados esporádicos de componentes de batería, percusión, un breve pasaje de flauta, otro de piano. La sonoridad es despojada, con espacios, esperas, sin prisa. Qué lindo escuchar música inmune al horror al vacío, que presupone un público silencioso, concentrado, conectado con el sentido más específico de “canción”, con sus componentes de lirismo, expresividad, atención al trabajo de detalle en la voz y la guitarra.

La música tiene conexiones con referentes uruguayos. Lo más inequívoco es la presencia de un bonito candombe con cuerda de tambores. El criterio de toma y mezcla traduce compenetración con esa tradición: los tambores suenan bien presentes y se valoriza el groove. La guitarra apoya y baila con ellos, pero les cede la prioridad.

Escucho mucho de Alberto Wolf en el canto, en la manera de blusear algunas notas, en la colocación nasal. La voz de Pascual es más aguda que la de Mandrake, y está menos cascada, pero él le agrega unos picantes interpretativos, apartado de la pureza drexleriana. La cercanía con Wolf va más allá de lo vocal: “Fútbol” podría ser una canción de Primitivo (1993) y “Dos con pereza” retoma la conexión entre samba pícaro y un personaje atorrante, como en “Cococho”. La canción incluye una cita de “Só danço samba”.

Hay similitudes, más vagas, también con el Príncipe y con Yair Flores. Y hay bastante de Mateo en la sonoridad de guitarra y cueros, y en unos elementos exóticos (bordón, aires “hindúes”) asociados con armonías oscuras y disonancias.

Las letras tienen muchas imágenes de la infancia, vinculadas, como en los textos de Andrés Bedó, con lo grotesco, lo surreal o lo extraño (“Dijo el niño/ Te has morido/ De trabajar/ Tenés los ojos feos/ Como un sapo/ Todo así: todo arrugado”).

Ese compendio de posibles influencias no da cuenta de la originalidad de estas composiciones, que son muy peculiares, llenas de aspectos inesperados. “Dijo el niño” empieza con una extensa introducción de minuto y medio en un estilo medio exótico y cambios de métrica. La tensión crece y desemboca en la entrada de un patrón de batería que es casi un toco. Uno piensa que el tema va a empezar a correr, pero en vez de eso esa tensión se escurre, se disipa, en forma finamente calculada (uno de los componentes de ese deshilache es un precioso y brevísimo pasaje de flauta). Más adelante, el patrón de batería va a surgir en forma intermitente, sin nunca realmente instalarse: no es “la base”, sino un lugar sonoro al que vamos y que luego abandonamos.

Sin tener nada de estrafalario, el disco tiene muchas sonoridades curiosas: la voz octavada de “Paragua y tierra”, la voz semihablada y el acompañamiento rítmico de estallidos de dedos en “El Pizarra”, un piano vertical subprofesional en “Dos con pereza”, un rock en que la única percusión es un ride (“Huye de tu casa”), superposiciones de distintos tipos de guitarras. Y varios toques compositivos también curiosos: esa especie de posludio sobre material nuevo en “Dijo el niño”, el final escueto, casi abrupto, de “Pa’l Jacinto”, y, en forma general, la tendencia a evitar configuraciones formales trilladas. Más allá de lo curioso, el disco contiene melodías preciosas (por ejemplo, “Juergulia”), sentimientos ambiguos, intensidad (dentro de la contención sonora), swing y estados indescriptibles.

La interpretación de Pascual es singularmente segura y firme (¡con qué onda y expresividad canta y toca la guitarra eléctrica en “#JC”!). Es una nueva voz en la música uruguaya que vale la pena seguir.

1.   Pocos cables, edición del intérprete, s. n., 2018.

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