Que se repita

“La noche que no se repite”

“La noche que no se repite”

Esto había que verlo: sus propios realizadores definieron esta película como “punk retro rural”, y como la primera perteneciente al género “canarioxploitation”, por lo que, ya desde el vamos, supo difundirse como algo sin precedentes en el cine uruguayo.

El término exploitation refiere a un cine clase B (o Z), que basa su atractivo en el regodeo en esas temáticas que comúnmente suelen resultar escandalosas: sexo, drogas, violencia, excesos, criminalidad, etcétera. Estas películas, sin mayores pretensiones que las de hacer pasar un buen rato a su audiencia, tuvieron sus momentos de auge y expansión, dando a luz muchísimos subgéneros. Entre otros tantos, la carsploitation, el cine catástrofe, la gaysploitaition, la nazi exploitation, el spaghetti western, el giallo, el gore, etcétera. Pero sin dudas uno de los más memorables fue la blaxploitation, aquel cine estadounidense de gran popularidad en los años sesenta y setenta en el que se utilizaban personajes negros con altos peinados afro, y que sirvió para divulgar ciertas modas y aspectos de la cultura negra, como los ritmos soul, funk y disco, así como difundir, mediante sus principales íconos, una imagen de orgullo racial.

Aquí corresponde aclarar que el término “canario” no refiere a aquellos uruguayos que viven en el departamento de Canelones, sino que se echa mano al término con el que, desde Montevideo, suele referirse indistintamente a cualquier persona del Interior. Esta película1 está ambientada y filmada en San José; normalmente se designa a los oriundos de allí como “maragatos”, pero sin dudas “canarioxploitation” sonaba mucho mejor. Los realizadores maragatos Aparicio García y Manuel Berriel utilizaron para su ópera prima algunas locaciones sumamente reconocibles por los locales (como El Amarillo, mítico bar pegado a la Plaza de los 33 Orientales) y su elenco es casi íntegramente del departamento.

Caracterizar al filme de “canarioxploitation” es sin dudas interesante, ya que no sólo lo entronca en toda una tradición sino que, en un mismo golpe, designa su primer exponente nacional. Hay en esta película mucho de autoparodia, pero también de exaltación de ciertas características zonales que son, de algún modo, identitarias: el lunfardo callejero, la música under, las corruptelas íntimas y la cercanía entre los diferentes personajes –en una ciudad pequeña todos se conocen, y esto es algo que también tiene su gracia–. La falta de pretensiones por parte de los realizadores es una baza a favor, y es así que esta pequeña historia, en la que varios adolescentes, hombres, veteranos, niños y hasta una travesti son azarosamente implicados en un enredo criminal, tiene sus semejanzas con las mejores películas de Guy Ritchie (especialmente Juegos, trampas y dos armas humeantes y Snatch: cerdos y diamantes), donde el humor negro también era notablemente combinado con la acción desaforada.

Si bien el humor constante es, entonces, un acierto, hay un chiste insólito y grandioso al comienzo, que ocurre cuando un pintoresco personaje, cuyo lunfardo se torna especialmente incomprensible, conversa con sus interlocutores. No conviene entrar en detalles para no arruinar la sorpresa, pero cierto es que nunca se había visto algo similar, y es simplemente genial.

Basada en la novela homónima de Pedro Peña, la historia aquí presentada no parecería levantar demasiado vuelo ni tener demasiada profundidad, pero vale decir que tampoco parecen las intenciones de sus realizadores. Como película de explotación, La noche que no se repite está muy bien lograda: actuaciones convincentes, un montaje que impone ritmo y una puesta en escena eficaz redondean una bienvenida sorpresa dentro del cine nacional, y una película que vale la pena ir a ver.

 

  1. La noche que no se repite. Aparicio García, Manuel Berriel, 2018.

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