Recordar la crisis

Lo que pasó y lo que nos intentaron vender.

Ilustración: Ombú.

En las últimas dos décadas, en Uruguay, la palabra “crisis” se complementaba, casi automáticamente, con “de 2002”. Hoy, la situación es muy distinta en casi todos los sentidos, pero la gravedad de la situación económica actual es comparable a la de la anterior. Recordar lo que ocurrió entonces quizás pueda ser útil para pensar hoy.

Algo no cierra con relación al relato sobre aquellos tiempos. Una y otra vez, se escucha que Jorge Batlle fue un gran gestor y un visionario, que la crisis vino de afuera, que la única que actuó mal, en ese momento, fue la izquierda porque, supuestamente, pidió el default. El imaginario colectivo de 2002 se centra en el sufrimiento, en la angustia por la falta de trabajo, en los viajes al aeropuerto a despedir a amigos y familiares, en la multiplicación de personas durmiendo en la calle, en la popularización de la pasta base y en la irrupción de una sensación general de violencia social. Dieciocho años es mucho tiempo.

ARCHIVO. Una forma de rememorar aquel 2002 es hojear el archivo de Brecha. Algunos trazos: “Batlle aprieta y ahorca” se titulaba una nota de Gabriel Papa del 1 de febrero sobre uno de los muchos ajustes fiscales. Ese año el gobierno aumentó el Iva, impuso un impuesto a los sueldos, redujo los salarios y recortó los servicios públicos. Después de dos años de recesión, el 2002 había comenzado conflictivo, con una marcha del Pit-Cnt hacia Punta del Este. En la edición del 15 de febrero, se empieza a hablar de corridas bancarias. El 14 de junio, Samuel Blixen informaba que varios dirigentes colorados (el senador Ruben Correa Freitas, los diputados Ronald Pais y Daniel García Pintos, y el economista Isaac Alfie, que luego sería ministro de Economía) habían retirado sus depósitos de los bancos, participando de la corrida. La cobertura de la crisis bancaria se centró en el vaciamiento de los bancos Montevideo y Comercial por parte de los Peirano y los Rohm, y en los copiosos vínculos de esas familias con la política. A partir del 24 de mayo se reportan cacerolazos. El 27 de setiembre, Martín Klein entrevistó a algunos integrantes de la Coordinadora de Ollas Populares, que crecía en un ambiente en el que se multiplicaban las huertas comunitarias, los clubes de trueque, las cooperativas de consumo, los comedores populares y los intentos de autogestión. El gobierno blanquicolorado avivaba el cuco de los agitadores y los saqueos, y aprovechaba la crisis para aprobar leyes de urgencia. En una entrevista de María Urruzola, en aquel lejano 2002, Hugo Manini –entonces dirigente arrocero, hoy director del semanario La Mañana (y hermano de Guido)– criticaba el “darwinismo” de las políticas de Batlle. El contexto habilitaba que el Pit-Cnt y los sectores empresariales confluyeran contra el ajuste. La interpretación política, en innumerables notas de Brecha, era la de una “crisis de modelo”. Finalmente, la debacle financiera se detuvo con un préstamo del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. En la conferencia en la que anunció el salvataje por parte del Tío Sam, Batlle festejó: “We are fantastic”. Pero el incendio estaba lejos de apagarse, y el costo humano de la crisis recién empezaba.

ROCK. “La luz está vencida, la plata se acabó/ Nos cortaron el agua y el arroz se terminó/ Y pensar que hasta hace poco tiempo no estábamos tan mal/ Los fines de semana comíamos en restorán.” Así abría El Cuarteto de Nos sus greatest hits de 2004. La única canción nueva del disco era un canto macabro a la supervivencia durante la crisis. El superhit de aquellos tiempos, “El viejo”, de La Vela Puerca, terminaba: “Viejo divino, ¿dónde vas?/ Yo sé muy bien que no podés mirar atrás/ Final amargo, sólo queda hoy un perro flaco/ y el fondo de un vino pa’ entibiar”. En “Aunque cueste ver el sol”, de 2004, No Te Va Gustar cantaba: “Ya se van/ Y les enferma la idea/ de no lograr/ robarnos lo que nos queda […] Va a terminar/ Llega el final/ Dentro de un rato será de nosotros, todo/ Llegó el momento de dejar de llorar/ porque no tienen tu voto/ Y si te dicen que todo va a mejorar/ ya no los mires/ Y nunca te olvides que/ fueron ellos, fueron ellos, fueron ellos, fueron ellos”. Todo el Uruguay sabía, en ese momento, quiénes eran ellos. El público llenó salas, estadios y el Pilsen Rock para cantar estas canciones, provocando una explosión del rock nacional, que se debió, en gran medida, a la forma como estas bandas dieron cuenta de la crisis, de la tristeza y la bronca de aquellos años. Volver a escuchar esos discos hoy da una buena imagen del clima emocional de entonces.

PROGRESISMO. No hay nada que un progresista disfrute más que una gráfica en la que la curva crece. ¿Respecto a qué progresaba el progresismo en Uruguay? Respecto a 2002. ¡Y cómo crecieron esas curvas! El Frente Amplio llegó al gobierno para sacar al país de la crisis, superar la emergencia social e intentar salir del modelo neoliberal, desindustrializador, centrado en la “plaza financiera” que se comenzó a construir en la dictadura y se desarrolló en los gobiernos de Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle (padre) y Jorge Batlle. En algunos sentidos lo hizo, en otros no. Pero lo cierto es que, si se toman los 15 años frenteamplistas en su conjunto, el salario creció, las inversiones en servicios públicos aumentaron y todo lo que ya sabemos. Pero la memoria frenteamplista no recuerda el 2002 como un momento de conflicto social, ni evoca la sensación de que los partidos tradicionales forman parte de una elite corrupta subordinada a Estados Unidos. Claro, en el medio pasaron 15 años de progresismo alérgico al conflicto social y de desesperación neodesarrollista por atraer inversión extranjera. Quince años en los que la oposición derechista levantó el tema de la inseguridad, cuyo aumento demostraba que la brecha social y la segregación, legados del 2002 y el modelo de los noventa, no habían sido superadas.

EL RELATO. En el debate entre presidenciables, televisado 11 días antes del balotaje de 2019, Lacalle, sin que nadie lo provocara, sacó el tema:

—Voy a leer algunas cosas para terminar con el relato del oficialismo: “La producción global de bienes y servicios mostró un fuerte crecimiento en 2004, de 12,3 por ciento, recuperando buena parte de la caída de la actividad registrada entre 1999 y 2002. La demanda externa fue uno de los motores del crecimiento en 2004, ya que el volumen exportado de bienes y servicios creció 22,7 por ciento. En particular, deben destacarse los fuertes aumentos registrados en los sectores de comercio, restaurantes y hoteles, la industria manufacturera y la actividad agropecuaria. La balanza de pagos presentó un superávit de 454 millones en el conjunto de 2004. Las exportaciones tuvieron un marcado aumento, de 32,5 por ciento. Por su parte, en los últimos meses de 2004 se revirtió la tendencia descendente del ingreso medio de los hogares, que en definitiva exhibió un crecimiento del 2 por ciento real ese año”. ¿Sabe, Daniel Martínez, quién dijo eso?

—Cuéntame.

—Tabaré Vázquez, Danilo Astori y los ministros del gobierno en la rendición de cuentas en junio de 2005. No lo dijo el gobierno saliente. Entonces, vamos a terminar con lo del país fundido. Es cierto, necesidades sociales, muchas; el tendal de los créditos, el tema del endeudamiento. Pero no se puede seguir con ese relato que no es cierto, a confesión de parte, relevo de prueba.

Daniel Martínez esperó que Lacalle terminara, ignoró ese comentario y habló de otras cosas, y dejó que la derecha atacara justo en ese tema, que supuestamente era el núcleo del capital político y la misión del Frente Amplio. Lacalle dio así una gran lección de retórica: al discurso del adversario hay que atacarlo no donde es débil, sino en el lugar más fuerte, en ese que, si cae, cae todo lo demás. La entrada de Wikipedia en español sobre la crisis comienza así: “La crisis bancaria de 2002 en Uruguay fue un proceso de insolvencia financiera que afectó a más de la mitad de la banca comercial y produjo la desaparición de algunas de las empresas financieras más emblemáticas y el virtual colapso del sistema económico del país. Se comenzó a gestar bajo el segundo mandato del expresidente Julio María Sanguinetti, al aprobar un presupuesto absolutamente deficitario, que conllevó a una burbuja imposible de sostener por el siguiente presidente, Jorge Batlle Ibáñez, quien, con absoluta eficacia, logró detener la explosión económica en tan sólo dos años, hecho recordado como la recuperación milagrosa del idealista”. No es un tono muy enciclopédico, pero es una muestra inmejorable del relato que la derecha uruguaya logró construir sobre lo ocurrido entonces.

El hecho de que la crisis llegó como consecuencia de las políticas anteriores fue barrido debajo de la alfombra. También fueron a parar ahí los Rohm y los Peirano, y el hecho de que se aplicaran crueles ajustes fiscales cuando más ayuda necesitaba la gente. Si se toma por bueno el relato de la derecha, parece inexplicable que, en las elecciones de 2005, el Partido Colorado, histórico protagonista de la política uruguaya, quedara desplazado al tercer lugar para nunca salir de allí. Pero también se puede usar a favor: Batlle era un incomprendido que sería reivindicado por la historia. Para que lo fuera, los cuadros intelectuales del neoliberalismo uruguayo (Alberto Bensión, Claudio Paolillo, Washington Abdala) trabajaron mucho: escribieron numerosos libros sobre Batlle y la crisis. Otra gran lección para la disputa política: los libros pueden desequilibrar.

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