Relaciones y dependencias – Brecha digital

Relaciones y dependencias

Los vínculos entre los ocupantes de un hogar estudiantil, el amor a contrapelo que parece surgir entre dos seres casi descartados por la sociedad, y los alumnos de un centro de enseñanza que, contra viento y marea, reclaman la ayuda de una docente, esgrimen sus coincidencias en la cartelera teatral de los últimos días.

Residir (Platea Sur), de Lucía Azcoitía, Lucía Ferrés y el grupo Texas, con dirección de la primera, echa una ojeada a la convivencia de ocho estudiantes en un residencial donde no siempre las diferencias entre sus ocupantes resultan tenidas en cuenta por la mayoría, en especial cuando las diferencias en cuestión reflejan las debilidades de quienes las sustentan. Es entonces que aquellos que impresionan como los más fuertes parecen tomar las riendas de ciertas situaciones a lo largo de las cuales, en definitiva, se abusa de los más débiles. Como decía una canción popular: lo más difícil en la vida es convivir. Tal lo que muestra el presente título que Azcoitía lleva adelante con nutrido elenco joven moviéndose en escena con la soltura que demanda un tema que, a pesar de no aprovecharse más a fondo, consigue interesar a la platea.

El mar azul profundo (Victoria, sala 2), del estadounidense John Patrick Shanley, dirigida por Silvana Vernazza y Fernando Parodi, propone el encuentro casual de una pareja de desencantados de la vida que, habida cuenta de las agresiones iniciales, parecen hallar alguna posibilidad de entendimiento que puede o no conducir a un vínculo más duradero. El autor, responsable del guión de las películas Hechizo de luna (Moonstruck, 1987) y ¡Viven! (Alive, 1993) que nos tocara de cerca, al tiempo que dibuja con convicción un par de caracteres difíciles que Sara de los Santos y Manuel Caraballo consiguen hacer creíbles, luce menos convincente en el armado del progreso de una relación que reclamaría los avances, los retrocesos y las pausas en que uno observa al otro con las dudas del caso, un proceso que Vernazza y Parodi, más allá de los hallazgos en lo que concierne al enfrentamiento de los protagonistas, tampoco se toman el tiempo para registrar.

Querida Elena (Querida profesora) (El Galpón, sala Atahualpa), de la rusa Liudmila Razumóvskaya, con dirección de Graciela Escuder, saca a relucir los altibajos de la visita que un cuarteto de alumnos preuniversitarios efectúa a una profesora de cuyos puntajes depende el inmediato futuro de algunos de ellos. Las amabilidades del principio ceden pronto lugar a reclamos que se van haciendo tan amenazantes como para llegar a un nivel que conviene no revelar. Razumóvskaya acierta en el diseño de la figura de la paciente enseñante que conoció tiempos peores y ahora hace todo lo que puede para lograr que el sistema funcione de la mejor manera, así como en la exploración de los contradictorios rasgos de los visitantes. Impresiona empero como menos feliz el planteo de una situación que crece sin otra convicción que la que trasmiten las palabras de los implicados, sin que a nadie se le ocurra que la docente en particular podría contar con la opción de cortar por lo sano y poner a cada uno de los recién llegados en el lugar que se merece. Escuder, de todos modos, conduce el asunto con la agilidad del caso, bien apoyada en el rendimiento de Claudia Trecu, en el papel de la dueña de casa, y Federico Guerra, Estefanía Acosta, Pablo Pippolo e Ignacio Duarte, como los huéspedes indeseables. El punto de partida daba, por cierto, para mucho más.

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