Annie Namer (1930-2020)

Réquiem para una pintura sin mal

En diciembre falleció en Montevideo la artista uruguaya nacida en Hungría, quien puede considerarse una de las principales exponentes del arte ingenuo. Como la de otros artistas autodidactas, la pintura de Annie Namer aún espera un mayor reconocimiento institucional a nivel local.

La vida es una rueda, de Annie Namer. Óleo pastel sobre cartón, 60 × 62 centímetros. 2012 gentileza Néstor Pereira

Entrar a la sala principal del Museo de Arte de San Pablo Assis Chateaubriand es una experiencia impactante. No solo por el peculiar montaje ideado por la arquitecta Lina Bo Bardi, con esos caballetes de altos cristales que parecen suspender en el aire a cada pintura, sino, principalmente, por la excelencia de sus colecciones. Las obras están distribuidas de manera cronológica por la sala entera, de modo que, en las primeras filas de este ejército de vidrio, se pueden admirar pinturas del Bosco y de Rafael. Un poco más allá están el Greco, Rembrandt, Hals, Delacroix, Corot, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, y así se sigue avanzando por los siglos para discurrir entre las obras de brasileños como Alfredo Volpi, Candido Portinari, Di Cavalcanti, Agostinho Batista de Freitas, Maria Auxiliadora da Silva y José Antonio Antônio da Silva. Los tres últimos son artistas autodidactas y, aunque hoy esté mal visto el término, otrora fueron llamados naífs o ingenuos. De manera que uno puede ver, en un mismo espacio legitimador, una tela de Rembrandt y, a pocos pasos, otra de Heitor dos Prazeres. Aquí Modigliani y más allá Djanira.

Brasil no ha tenido reparos en incorporar el arte autodidacta a su canon museístico. El resultado es impactante y enriquecedor. La colección del Museo de Arte Moderno de Chile, por otra parte, ostenta pinturas de Fortunato de San Martín, Luis Herrera Guevara, Dorila Guevara y otros pintores autodidactas más conocidos a nivel internacional, como Violeta Parra. En Paraguay, el Museo del Barro fusiona el arte contemporáneo más «citadino» con obras de Carlos Federico Reyes y creaciones indígenas del presente. En Argentina, el Museo de Arte Popular José Hernández alberga creaciones autodidactas y populares, artesanales y no artesanales, anónimas o personales. En la región, solo Uruguay permanece indiferente a los creadores autodidactas y se resiste a dejarlos entrar a sus museos.1 Ha prevalecido aquella aseveración –problemática por donde se la mire– del crítico Fernando García Esteban: «Ni en la época de su formulación, ni en la de su auge, ni ahora, que ya constituyen especímenes de antología, se dieron en Uruguay el ingenuismo ni el superrealismo o el futurismo».2 Por regla general, las instituciones museísticas de arte se han venido aferrando a una noción que no deja casi resquicios para los signos marginales que fisuran el compacto rostro eurocéntrico y masculino –en su amplia mayoría– del arte moderno y su canon nacional.

EXPONENTE NAÍF

Annie Namer puede considerarse la más pura exponente uruguaya del arte ingenuo. Se dirá que estas categorías artísticas de ingenuidad y pureza son también una construcción europea: nacen con el aduanero Rousseau y los pintores del sacre-coeur reunidos por el coleccionista alemán Wilhelm Uhde a principios del siglo XX. Y es cierto en cuanto a la recepción oficial o al reconocimiento de estos creadores. Pero, por tratarse, precisamente, de autodidactas que comienzan a explorar su medio expresivo a una edad madura, ajenos a las corrientes en boga e impermeables a toda sugestión académica, sus obras son autónomas y libres de estilo y, por tanto, una expresión local en su singularidad. Los naífs auténticos –creaciones de cierto aire infantil concebidas por adultos autodidactas– pintan sin mirar a sus costados. Los temas de su pintura suelen surgir de la observación directa del entorno y no de estudiar a otros artistas; tienen un alto contenido de idealización. Si bien las características de estas expresiones varían en cada creador, es frecuente descubrir algunos de estos aspectos: «La supremacía del color, la necesidad de colmar toda la superficie de la obra, el alejamiento del naturalismo en pos de una figuración emotiva o fantástica, la tendencia a contar historias, el cuidado detallista y, sobre todo, una visión positiva y luminosa de la existencia».3 Pues bien, Namer completaba todos los requisitos en este formulario y pasaba con nota sobresaliente.

TRAYECTORIA SINGULAR

Namer nació en Budapest en 1930, pero el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial obligó a su familia a huir. Luego de radicarse en París, donde vivió tres años, emigró a Uruguay. El camino no le escatimó obstáculos ni penas, pero Namer evitaba hablar de su vida personal. Guardaba una gran fuerza interior y un sentido del humor a prueba de desastres. Ya era mayor cuando comenzó a dedicarse a la pintura. Al principio, tomó clases con Edgardo Ribeiro, pero el sistema de enseñanza la incomodaba. Debía encontrar su propio registro, su propia voz. «Todo se dio junto: el club, AUPI [Asociación Uruguaya de Protección a la Infancia], la pintura y mis tortas.»4 Cecilia Brugnini, artista y amiga, la alentó a que profundizara en su forma diáfana de pintar. Desde entonces, sus trabajos alimentaron colecciones privadas de Alemania, Argentina, Bélgica, Canadá, Colombia, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, Líbano, México, Nueva Zelanda, Perú, Portugal, Uruguay y Venezuela. El Musee d’Art Naïf Max Fourny, de París, posee cinco de sus obras. Llevó adelante una exposición individual en 2012 en la sala Figari del Ministerio de Relaciones Exteriores y, en setiembre de 2015, participó de la muestra Arte naíf en Uruguay, en la Fundación Unión, en Montevideo.

Los cuadros de Namer poseen una autenticidad fuera de discusión y una llamativa unidad compositiva. Tienen el encanto de una postal navideña cuando es recibida por un niño. Si le preguntaban por qué o para qué pintaba, respondía con la sinceridad de quien pretende un mundo mejor: «Lo disfruto, es una manera de decir sin palabras. La vida no solo son los horrores que muestran las noticias». Pintaba con óleo pastel motivos idílicos, escenas campestres, casamientos, parejas, niños jugando, paisajes de una paz radiante que se expande hacia los extremos del cuadro y lo colman: un mundo que desconoce la violencia, la destrucción, el dolor. Muchas personas extrañarán esta falta de conflictos en una obra de arte actual y les resultará «empalagosa». Pero, bien miradas, se podría decir lo mismo de la obra de Renoir y, algo mucho peor, de la de Rubens. Los grandes planos cromáticos erizados con formas florales y manchas encendidas poseen, en los pinceles de Namer, una robusta simplicidad. Especialmente sus nocturnos y atardeceres, paisajes de enamorados que, vistos por partes, parecen tender hacia una abstracción puntillista o hacia una disolución total.

«Mis cuadros son como bordados», decía Namer. Había algo verdaderamente innato en su forma de crear, espontánea y libre de culpa. Como una forma de la inocencia, lo cual no implica necesariamente falta de conocimientos. Una vez le pregunté cuánto tiempo le llevaba pintar un cuadro. Me respondió con un gesto de picardía citando a Braque: «El cuadro está completo cuando se acaba la idea».

1. Con honrosas excepciones, como la reciente incorporación de más de un centenar de obras de Javiel Raúl Cabrera al Museo Nacional de Artes Visuales (2019-2020) y las exposiciones en el Cabildo de Montevideo Habitantes del olvido, iconografía del anonimato (2016) y Tras las líneas bárbaras (2019), entre otras, que promueven nuevas historiografías locales.

2. Panorama de la pintura uruguaya contemporánea, Alfa, Montevideo, 1965.

3. Arte naíf en Uruguay, catálogo de la exposición homónima curada por Thiago Rocca en Fundación Unión, Montevideo, 2015.

4. Entrevista a Namer en su casa, 13-I-14.

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