Ronda nocturna

Ombú en el Mnav.

Los dibujos que se presentan en esta exposición1 fueron realizados por Fermín Hontou (Montevideo, 1956), más conocido con el seudónimo de Ombú, en el café La Ronda entre 2011 y 2015, con tinta china sobre papel, en hojas A4, aunque hay algunas excepciones en las técnicas y los formatos, que le dan otro color a la muestra. La Ronda es un agitado lugar de reunión en la noche montevideana, “frontera entre el Centro y la Ciudad Vieja”, apunta la curadora Inés Bortagaray ‒en una solapada alusión cinematográfica al Lejano Oeste‒, donde se reúnen buena parte del ambiente cultural citadino y otras faunas y ambientes no necesariamente cultos mas sí culturosos, como podrá adivinar, al observar estos dibujos, quien no haya ido nunca al bar.

Desde la perspectiva de un artista que desmenuza la realidad con ojos profesionales, el bar La Ronda no tiene desperdicio. Y Ombú es un gran dibujante. Trae consigo una ventaja genética, un don –eso es algo que se advierte al estudiar su trayectoria–, pero además trabaja incansablemente el oficio. La veta de periodista y caricaturista político –aunque excede con creces este último rubro– lo mueve a depositar textos junto a sus trazos firmes y sin vacilación, a veces como títulos o sugerencias, ya que abundan los puntos suspensivos, los paréntesis, la “señalética” de las referencias musicales y literarias. ¿Qué es lo que observa el artista? ¿Cuál es el impulso que lo lleva a realizar su propia ronda nocturna? Ombú es un observador social de las conductas y las expresiones vivaces de la gente. De modo que va construyendo algo así como una tipología espontánea de los comportamientos gregarios de esos grupos humanos que gustan de la noche. Vestimenta, gestualidad y locuciones le proporcionan los elementos centrales de ese repertorio de héroes por momentos un poco arrogantes, un poco freaks, un poco valientes y extrovertidos, ni tan juveniles ni tan añejos. Mucho dicen los brazos y las manos de sus figuras, largos y huesudos apéndices. Y, si bien pronuncia las facciones de los rostros, el dibujante no abusa del expediente caricaturesco de agigantar los rasgos con desmesura.

La batería de recursos formales es sorprendente: desde un fino achurado de las tintas hasta los tonos sombreados delicadamente a lápiz, pasando por el empleo de la mancha colorida y las acuarelas que impactan. La disposición de los elementos en la hoja no deja lugar a los vacíos insignificantes. Cada composición está armada con un orden riguroso, siguiendo una regla áurea, un molinete, un enlazado de líneas trabadas en distintos puntos y planos. Se puede atisbar la lección del maestro Guillermo Fernández cuando buscaba la musicalidad del contrapunto barroco. Porque, más allá de la mención directa de títulos de canciones y la presencia en vitrinas de casetes del Darno y The Pretenders, entre otras herramientas de trabajo, los dibujos de La Ronda respiran la épica de la música y el alcohol, que hace que todo vibre y sea por un momento más vívido, más real que la percepción ordinaria del día a día, de la que los personajes parecen querer escapar. No es La ronda nocturna, de Rembrandt, ciertamente, pero, al igual que en el cuadro del genio neerlandés, hay música deslizándose subrepticia como un personaje más de la escena.

1.   Noche de Ronda: ilustraciones y caricaturas de Ombú, MNAV. Curaduría de Inés Bortagaray.

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