Saltar

Remontando el Río Uruguay.

Río por Ombú.

En mi recuerdo siempre aparece primero la sensación de bienestar, aunque ésta haya durado sólo un instante y no tenga, al fin de cuentas, casi nada que ver con la historia. Fue una sensación casi ilusoria, por fugaz, pero física y placentera. Yo estaba inquieto desde el momento en que noté que el arroyo estaba más bajo que lo habitual (“playo”, decíamos nosotros). Luego, una vez arriba del puente, al mirar el agua quieta como una trampa, la inquietud se volvió alarma. Pero antes que el miedo se apoderara de toda mi flacura adolescente, sentí un bienestar repentino provocado por la brisa en la cara y en el torso desnudo. En el calor implacable de aquel verano, esa brisa traía un poco de sosiego. Un alivio que tanto deseaba en aquel momento en que no me lo podía permitir. Hubiera querido estar solo, quedarme allí sentado en la baranda de piedra del puente, los pies colgando al vacío, los ojos cerrados, sin pensar en nada, sintiendo el canto de los pájaros y la brisa en el cuerpo.

Pero no estaba solo. Escuché los gritos de mis amigos, apostados abajo, junto a las dos canoas con las que habíamos remontado el río Uruguay hasta adentrarnos en un arroyo mucho menos caudaloso.

—¡Dale, tirate!

—¡No seas cagón!

Sentí también, justo detrás de mí, el comentario mordaz que el Sapo le deslizó al Tití, lo suficientemente fuerte como para que yo también lo escuchara:

—Tiene miedo… vas a ver que no salta.

Afectivamente hablando, el Sapo era una piedra en el zapato. Más valía tenerlo de amigo que de enemigo, pero él no sabía ser amigo de nadie. Allí, en la situación en la que nos encontrábamos, en que yo debía saltar y me demoraba, su voz a mi espalda sonaba particularmente odiosa. Lo adivinaba disfrutando mi momento dubitativo, paladeando los modos en que propagaría por todo el liceo mi cobardía.

Habíamos sorteado el orden en que saltaríamos desde el puente, una vieja construcción de piedra y cemento ubicada en un camino vecinal ya en desuso por las frecuentes inundaciones. La zona de barrancas en que estaba ubicado le daba al puente una considerable altura, y a nosotros la posibilidad de una aventura con que mitigar el tedio eterno del verano. El azar dictaminó que yo saltaría primero. Luego el Tití, después el Sapo. El Topo, el Jiman y el Chelo presenciarían nuestros desplomes desde la orilla, y a su turno subirían y saltarían también. Todo esto lo habíamos resuelto mientras remábamos por el río. Al llegar al arroyo y adentrarnos en él enseguida notamos que estaba demasiado bajo. Hasta podíamos tocar el fondo con los remos. El Chelo lo puso en palabras: “bo, me parece que hoy no da para saltar”. Yo, primer saltador designado, de inmediato quise respaldar su argumento, pero la poderosa voz grupal que divide el mundo entre corajudos y cagones me cerró todos los caminos. Y allí estaba ahora, sentado en la baranda del puente, temblando de miedo, odiando al Sapo y a mi suerte, el mentón contra el pecho, calculando la extrema delgadez del agua, adivinando las piedras en el fondo, desesperado.

De inmediato comprendí lo que ya sabía: no tenía posibilidad de volver atrás. Lo único que podía hacer era saltar. Resignado, mientras lentamente cambiaba de posición y con la parsimonia de los condenados me paraba en la baranda del puente, me concentré en elegir la postura más adecuada para el momento de reventarme contra el agua. Naturalmente, no podía tirarme un clavado, como hacía cuando saltábamos desde las Cuevas al río. Hubiera sido suicida. O más suicida de lo que ya era saltar con el arroyo tan bajo. La decisión estaba entre tirarme “bomba” o “palito”, es decir, hecho una pelota abrazándome las rodillas, o como un soldado, firme y vertical. Elegí caer en posición “bomba”, que además de darme más seguridades en aquella circunstancia extrema, era considerada una posición, por desfachatada, también más digna que el salto “palito”, propio de principiantes. Parado sobre la baranda, el arroyo a mis pies se veía aún más lejano, y más chiquitos mis amigos que, al verme así, erguido y dispuesto como un mártir, ya no gritaban.

En esos segundos de silencio tomé otras dos decisiones: al caer, si sobrevivía, me demoraría todo el tiempo posible debajo del agua para asustar a mis compañeros, a quienes en ese momento sentía mis verdugos. Y también decidí que saltaría gritando “Sapo japonés”, lo cual, no obstante su puerilidad, era el insulto más hiriente que podía propinarle, dado que así le llamábamos para burlarnos de su parecido físico con las personas con síndrome de Down. Ya desde chicos nos tienta la venganza cuando tenemos que elegir nuestro último acto en esta vida.

Años después recordaría esta escena al leer una sabia definición del subcomandante Marcos: “un valiente es un cobarde que corre hacia adelante”. Saltar es correr sin tierra firme. Lo curioso es que aún hoy, al evocar aquel salto al vacío, recuerdo el miedo, desde luego. Pero sobre todo puedo sentir nuevamente esa paz que no podía permitirme y sin embargo, por un instante, experimenté. Un bienestar puro y total. El tiempo detenido, el paisaje revelado ante mis sentidos por la súbita concatenación de sus partes en un instante, como en un caleidoscopio de composiciones simultáneas: los espinillos amarillos sobre la barranca del arroyo, los destellos de luz en el agua plateada bajo mis piernas colgantes, el canto del Benteveo, el chapuzón del Martín Pescador provocando la huida de las mojarras, el calor del sol en mis hombros, el cielo azul, la brisa en la cara. El verano entero convertido en una caricia que trajo alivio a mi cuerpo agobiado. Lo vuelvo a sentir como un sosiego imposible. Como una promesa de paz que sólo me pedía a cambio el valor de no saltar.

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