Sin evasión no hay paraíso

“La riqueza escondida de las naciones”. Comparación osada con el libro de Adam Smith eligió este autor para mostrar un esfuerzo estadístico sin precedentes: estimar de manera global cuánto dinero se encuentra escondido en los paraísos fiscales.

Parafraseando a uno de los libros más importantes de la historia del pensamiento económico, escrito por Adam Smith en 1776, el economista francés Gabriel Zucman titula a su libro La riqueza escondida de las naciones. Comparación osada eligió el autor para mostrar un esfuerzo estadístico sin precedentes: estimar de manera global cuánto dinero se encuentra escondido en los paraísos fiscales.

Además del aporte cuantitativo, se destaca que es de lectura ágil y de fácil entendimiento, cosa no menor, ya que de manera sencilla muestra temas que los economistas hacen complejos. A su vez, deja claro quiénes son los que usan esta ingeniería financiera, que no sólo ha servido para evadir impuestos y garantizar más ganancias a los que el autor llama “ultra ricos”, sino que se ha utilizado para esconder grandes flujos y stocks de dinero para múltiples causas del presente, como el narcotráfico, y del pasado, como el nazismo.

En un primer capítulo nos muestra la historia de los paraísos fiscales. Luego de la Primera Guerra Mundial, el rol del Estado en la economía comenzó a cambiar, la necesidad de reconstrucción de Europa y el incentivo al fomento de la inversión fueron clave para comprender este viraje. Esta mayor presencia del Estado es financiada mayoritariamente por impuestos, en particular por impuestos a la renta, pasando de una tasa de 4 por ciento antes de la guerra a una tasa del 72 por ciento en 1924. Suiza siempre fue un Estado protegido por las grandes potencias europeas, condición que le permite salir intacto del período bélico y contar con sobradas condiciones para que los ultra ricos puedan llevar allí sus ganancias. Esto generó las condiciones financieras para evadir los impuestos que les cobraban en sus países de origen: un banco central garante, secreto bancario y la posibilidad de hacer negocios financieros sin identificar al propietario de los bienes.

Entre 1920 y 1928 el patrimonio financiero en Suiza se multiplicó por diez, pasando a controlar el 2,5 por ciento del total mundial. A partir de entonces el porcentaje de patrimonio financiero depositado en los paraísos fiscales ha ido en ascenso, con excepción del período de la Segunda Guerra Mundial.

El final de la guerra fue el único momento de la historia en que los paraísos fiscales estuvieron realmente comprometidos. Nuevamente Suiza salió intacta del período bélico, y Francia –uno de los países más perjudicados por estos mecanismos de evasión–, necesitada de recursos, presionó fuerte para desmantelar a la banca de Berna. En este caso contaba con el apoyo de Estado Unidos, basado en la convicción de que el secreto bancario suizo había sido de gran ayuda para Alemania. Pero esta presión terminó cuando Suiza levantó el secreto bancario y convenció a los yanquis de que esto no era así. Años más tarde, estudios rigurosos mostraron que los informes presentados habían sido falsificados por el mismo Banco Central suizo.

El autor estima que el patrimonio financiero de ciudadanos europeos en paraísos fiscales es de aproximadamente el 12 por ciento del total en el año 2013. La diferencia con el pasado es que Suiza no está sola, ya que desde la década del 80 aparecieron otros paraísos fiscales. Pero Zucman se encarga de mostrarnos cómo todos éstos son parte de la ingeniería suiza buscando nuevos mercados, y nuevas formas de evadir, escapando de presiones o normativas que otros países y organismos internacionales les imponen.

En un segundo capítulo el autor ofrece un panorama actual de los paraísos fiscales. Sostiene que la gran mayoría de los flujos que en ellos se mueven no están durmiendo allí, sino que, buscando rentabilidad, alimentan todos los sistemas financieros del mundo. Por tanto, utilizando las diferencias entre activos y pasivos de las cuentas nacionales de todos los países, el autor estima un monto de dinero que no le corresponde a ningún país. Monto que adjudica a los paraísos fiscales.

Utilizando esta metodología, deduce que unos 7,5 billones de dólares se encontraban en los paraísos fiscales en el año 2013, de los cuales 2,4 estaban en Suiza y 5,1 en otros paraísos fiscales –es una estimación de mínima, ya que no se tiene en cuenta el dinero del narcotráfico, el trabajo en negro, facturas falsas, entre otros–.

Otro de los datos que revela este libro es que 80 por ciento de los fondos que están en los paraísos fiscales son utilizados para comprar papeles de inversión, es decir, se destinan a comprar parte del capital mundial, obteniendo tasas de interés muy por encima del promedio que sí se encuentra declarado. De manera que, mientras las tasas de rentabilidad del capital declarado rondaron entre un 5 y un 8 por ciento, las de los ultra ricos superaron el 10 por ciento durante las últimas décadas.

Todo este dinero que no está al alcance de los estados, y que a su vez se reproduce a mayor velocidad que el dinero declarado, genera aun más pérdidas fiscales, ya que tampoco puede ser gravada la renta que produce. Para dimensionar esta pérdida, el autor hace el esfuerzo de estimar cuánto se están perdiendo los fiscos del mundo –toma una tasa promedio para los impuestos al capital y al patrimonio–, y sostiene que en particular a Francia le significó una pérdida del 1 por ciento de su Pbi en el año 2013, y su deuda sería del 70 por ciento en vez del 94 por ciento de su Pbi, en caso de haberse hecho de esos recursos.

El autor muestra cómo han accionado los países, y en particular los organismos internacionales, por lo general movidos por escándalos mundiales –como los Panama Papers– o por el trabajo de Ong que logran presionar y transparentar parte de la información oculta. Pero queda claro que existe poca voluntad a nivel de las grandes potencias para poner fin a este problema, ya que las soluciones siempre son parciales y apelan a la voluntad, haciendo posible que los ultra ricos siempre tengan la posibilidad de hacer sus negocios sin pagar impuestos.

Zucman termina su libro con un cuarto capítulo, donde plantea qué hacer para terminar con esta práctica. Por un lado, apuesta a usar la presión comercial para bloquear a los países sede de los paraísos fiscales. Éstos suelen ser muy pequeños –por ejemplo: Suiza, Luxemburgo, Panamá, Hong Kong– con relación al daño que les hacen a grandes potencias –como Francia e Inglaterra–, y por lo tanto tienen una gran desventaja comercial. En este caso propone ponerles un arancel a bienes importados desde el país que funciona como paraíso fiscal, a una tasa equivalente al daño ocasionado al país que se pierde de cobrar impuestos por el patrimonio depositado offshore. Por ejemplo, Francia debería cobrar un arancel del 35 por ciento a los bienes que provengan de Suiza; eso permitiría a Francia cobrarle a Suiza lo que pierde por los impuestos no cobrados. El autor sostiene que si las grandes potencias actúan en bloque con esta idea es posible presionar para terminar con los paraísos fiscales.

La segunda acción que propone es generar un registro mundial de propietarios de bienes de capital a escala mundial. Esto ya existe, pero está disperso y en manos privadas, por eso el autor plantea que lo debería llevar adelante un organismo de escala mundial como el Fmi, argumentando que tiene la escala técnica para crearlo y hacerlo funcionar. Esta nueva función del Fmi debería centrarse en cuatro acciones: sostener un registro mundial de títulos de circulación, incluir acciones y obligaciones de modo de cruzar la información, identificar los beneficiarios de los títulos, y garantizar a los estados el acceso al registro.

Sin duda en este libro Zucman aporta una buena aproximación estadística y un completo entendimiento del funcionamiento de los paraísos fiscales a escala mundial. Pero su análisis y sus propuestas tienen algunas limitaciones. Su trabajo no se condice con el título que eligió. Smith hizo un libro de economía política, era un teórico de una nueva clase ascendente –la burguesía–, y por tanto estaba preocupado por cómo se generaba y distribuía el valor entre las clases sociales del momento. Zucman tira por la borda el análisis de clases, y con una idea liberal de justicia está preo­cupado por extraer vía estados nacionales o supranacionales un poco de valor a los que él llama ultra ricos. Pero no está preocupado por entender quiénes son los ultra ricos, qué relación tienen con la acumulación de capital a escala global, qué relación de poder tienen en sus estados y en los organismos internacionales.

Su enfoque lo lleva a realizar una propuesta que es muy buena técnicamente, pero comete las mismas ingenuidades que él mismo nos hace notar en su libro: estos que él llama ultra ricos son los que ostentan el poder a escala nacional y mundial, por tanto resulta ingenuo pensar soluciones creyendo que un Estado o un organismo internacional es la solución en sí misma, separando la herramienta de quienes la ostentan. n

*    Integrante de la cooperativa Comuna.

  1. La riqueza escondida de las naciones, de Gabriel Zucman, Siglo XXI Editores. 168 páginas.

 

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