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Lo nuevo de Paul Thomas Anderson: Licorice Pizza

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Paul Thomas Anderson (Boogie Nights, Magnolia, Pozos de ambición, El hilo fantasma) se ha consolidado como uno de los más importantes y consistentes directores estadounidenses en actividad. La mayoría de sus obras rozan la maestría y, según las revistas especializadas, rankean en los cánones de mejores películas de los últimos tiempos. Licorice Pizza, que se encuentra ahora en cartelera y cuenta con tres nominaciones a los premios Oscar, es un título a la altura de sus mejores momentos.

Fotograma de Licorice Pizza

El título parece carecer de sentido en español –la traducción exacta sería ‘pizza de regaliz’–, pero en el lunfardo estadounidense de la época fue una expresión acuñada para nombrar los discos de vinilo; en particular, los álbumes que se conocían como LP (sigla de long play, pero también de licorice pizza). El color del vinilo, negro como el regaliz, y la forma plana y redonda de los discos propiciaron la idea. En los años setenta varias tiendas de discos abrieron con ese nombre y, de hecho, Paul Thomas Anderson las visitaba de niño. Pero podríamos aventurar, además, que una pizza de regaliz ofrecería una mezcla extraña de sabores, un agridulce sumamente particular, que quizá solo unos pocos se animarían a probar. Esta película tiene algo de eso: es entre dulce y amarga, una explosión de sensaciones encontradas, de estímulos sorprendentes y novedosos. Los mismos protagonistas, en torno a los cuales orbita la historia, presentan esta característica: son únicos en su especie, capaces de suscitar rechazo, amor incondicional o, quizá, una mezcla adictiva de ambas.

Es imperativo comenzar, entonces, por los protagonistas, pero principalmente por sus intérpretes. Poco se puede decir de la carrera de Cooper Hoffman, ya que hasta hoy, con 17 años, venía esquivando el trabajo de actor, hasta que Anderson lo convenció de participar en la película. Es probable que aún hoy a Hoffman se lo siga nombrando como el hijo de Phillip Seymour Hoffman. Debe de ser duro vivir a la sombra de uno de los más brillantes actores de los últimos tiempos. Pero, a juzgar por su brutal desempeño en Licorice Pizza, seguramente el vínculo con su progenitor deje de pesarle en poco tiempo. El personaje de Hoffman, Gary, es puro carisma y convicción desvergonzada, y el intérprete parece haber heredado de su padre no solamente el talento, sino también un aire al mismo tiempo lunático y encantador. Alana Haim, su contrapartida protagónica, ya es una celebridad. Pianista, guitarrista y vocalista de la notable banda pop Haim –conformada por ella y sus dos hermanas, quienes también actúan en la película–, debuta también aquí en la actuación, aunque en varios videoclips de su banda –dirigidos por Anderson– ya se la veía como la más desenvuelta de las tres hermanas. Alana –así se llama también su personaje– es puro carácter, energía y autenticidad desbocada, una fuerza de la naturaleza capaz de intimidar a sus propios padres y a quien corra con la mala suerte de dar con ella en un mal momento.

Más que química, lo que se produce entre ambos personajes es una auténtica explosión de nitroglicerina, que impacta en cada rincón de la pantalla. Así levanta vuelo el talento de Anderson y su insuperable capacidad para dirigir actores –quizá solo Asghar Farhadi y Quentin Tarantino estén hoy a su nivel–. Sabe exprimir de sus criaturas interpretaciones antológicas, utilizando, como pocos, la cercanía de los primeros planos y los cambios inesperados de registro. Pero, además, la energía juvenil de ambos personajes está magistralmente volcada a un ritmo trepidante y volátil. Nótense las reiteradas escenas en las que corren en una u otra dirección, sobregirando el tempo con un espíritu cinético imparable. Lo más interesante es cómo esta vitalidad es utilizada en el libreto para esbozar perfiles psicológicos creíbles. Así, ese desborde contagioso deriva en un accionar muchas veces cuestionable y hasta subrayadamente antipático, pero, asimismo, inequívocamente humano, especialmente comprensible por tratarse de jóvenes algo ingenuos y necesitados de la validación de los demás. Tanto el individualismo emprendedor de Gary como la voracidad escaladora de Alana, sumados a su muy juvenil falta de escrúpulos, los llevan a lidiar constantemente con el peligro y la hecatombe, lo que causa tensión e incomodidad en un cúmulo de escenas soberbias.

Nunca antes Anderson había hecho una obra con semejante carga autobiográfica. Está ambientada en el Valle de San Fernando, California, y él –quien, además, escribió, produjo y fotografió esta película– reconstruye en detalle el universo urbano de su infancia y su primera adolescencia. En el verano de 1973, tenía 13 años, por lo que podría ser perfectamente el hermano menor del protagonista, ese muchacho que aparece apenas como un secundario taciturno y silencioso, que observa con atención todo lo que acontece a su alrededor. Asimismo, Gary, el protagonista, está inspirado en el amigo de Anderson Gary Goetzman, quien fue un niño actor, tuvo un negocio de camas de agua y otro de pinballs, más adelante fundó la compañía de cine y televisión Playtone junto con Tom Hanks y produjo El silencio de los inocentes, Philadelphia y Band of Brothers. Otro dato interesante es que en su temprana adolescencia Anderson se enamoró de su profesora de arte Donna Haim, madre de las hermanas Haim, quien también aparece en la película como madre de Alana y sus hermanas. Así, volcó en este filme una infinidad de elementos íntimamente ligados a su recorrido vital, insuflando autenticidad a un sinfín de subtramas, personajes reales y guiños a la lectura pop. Licorice Pizza es efusiva, vibrante y especialmente poderosa a la hora de revivir un momento específico con mucha nostalgia, aunque, al mismo tiempo, cierta distancia discordante.

Hay, además, importantes dosis de humor sarcástico. El perfil marcadamente machista de un par de secundarios ególatras retrotrae a una idiosincrasia imperante particularmente deleznable, y la descripción de la protagonista como un «pitbull inglés con sex appeal y una nariz muy judía» supone un momento hilarante que refiere a lo que se consideran auténticos valores para la industria. Y no dejan de ser curiosas las referencias a la guerra de Yom Kipur y al embargo petrolero de los países que apoyaron a Israel. Pareciera que el deseo del director tiene que ver con rememorar una medida particularmente audaz del mundo árabe, sin parangón en el mundo actual. Otro elemento profundamente loable y original es la manera en la que, al elegir a Haim y a Hoffman como protagonistas, se evitan deliberadamente los cánones de belleza hollywoodenses. En su aproximación, las cámaras captan especialmente el acné, los dientes desiguales, el sudor, el caminar imperfecto y carente de glamur de los personajes. Y esto, a diferencia de lo que cabría esperar, no supone un tema en el libreto: no hay una condena social, los personajes no se sienten disminuidos por su apariencia física y no se hace énfasis alguno en esta notoria disrupción de la estética dominante. De hecho, ambos atraen a otros personajes, y lo más notable es que, para variar, esta elección de individuos estéticamente «normales» produzca un mayor realismo y una cercanía más íntima.

Anderson ha señalado que sus dos principales películas de referencia fueron la brillante Dazed and Confused, de Richard Linklater, y la casi olvidada Fast Times at Ridgemont High, de Amy Heckerling. Quizá el mayor punto de contacto con ambas sea la frescura de los personajes y las anécdotas, lo cual despierta en los espectadores el deseo de querer pasar más tiempo con ellos. Suele decirse que la gran y fundamental diferencia entre el drama y la comedia es que el drama tiene un final trágico y la comedia un final feliz, lo que para ciertas películas es rotundamente cierto. Y quizá otro gran atributo de Licorice Pizza sea su carácter impredecible, por el cual el espectador, perdido y arrastrado por los vaivenes narrativos, ignora en todo momento en qué dirección y hacia qué desenlace se orienta la película, y hacia qué destino –agraciado o funesto– derivarán los personajes. Es algo que ocurre únicamente en el buen cine.

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