Debates en torno a Ucrania: Sobre la guerra europea - Brecha digital
Debates en torno a Ucrania

Sobre la guerra europea

En una situación de incertidumbre tan trágica, en constante evolución, hay que tomar una posición inequívoca. O, al menos, hay que intentarlo. El filósofo, al que a veces se le atribuye una visión especial, no es la persona más indicada para hacerlo. Por un lado, no tiene ningún privilegio: es un ciudadano entre otros, convocado, como ellos, para responder a la emergencia, buscando información para elegir su lado en las disputas políticas. Pensemos en el decreto de Solón (siglo V a. C.), por el que se destierra a todo aquel que pretenda permanecer neutral en los conflictos de la ciudad. Pero, por otro lado, su vocación incluye una especie de deber estatal; digamos, un deber de parrhesia, que consiste en discrepar o diferir dentro de su propio campo, para detectar los puntos ciegos. Y estos nunca faltan. Me atrevo, pues, a plantear algunas complicaciones (sin ser exhaustivo).

1 En primer lugar, diré que la guerra ucraniana contra la invasión rusa es una guerra justa, en el sentido más fuerte de la palabra. Soy muy consciente de que esta categoría es dudosa y de que su larga historia en Occidente (desde san Agustín hasta Michael Walzer) no está exenta de manipulación o hipocresía ni de ilusiones desastrosas, pero no se me ocurre ninguna otra que pueda encajar y la asumo con las siguientes aclaraciones: la guerra justa es una guerra para la que no basta con reconocer la legitimidad de quienes se defienden de la agresión (un criterio del derecho internacional), sino que es necesario comprometerse a su lado, y es una guerra en la que incluso aquellos (entre los que me encuentro) para los que cualquier guerra (o cualquier guerra hoy, en el estado del mundo) es inaceptable o desastrosa no tienen la opción de permanecer pasivos, porque la consecuencia sería aún peor. Así que no tengo ningún entusiasmo, pero elijo: contra Vladimir Putin.

2 Tal y como se está desarrollando ante nuestros ojos, la guerra en Ucrania (y, por tanto, en Europa: Ucrania y Rusia son naciones europeas) tiene dos caras, dos características. Es, localmente, una guerra total contra un pueblo al que el peligro de aniquilación ha movilizado en una unidad patriótica que borra sus divisiones tradicionales, una guerra de destrucción y terror dirigida por el Ejército de un país vecino más grande y poderoso, al que su gobierno quiere enrolar en una aventura imperialista sin posibilidad de retorno. Pero es también, más ampliamente, una guerra híbrida, en la que este mismo vecino, con unos pocos aliados dispersos por el mundo, con intereses y principios muy heterogéneos, se enfrenta al resto de Europa, que es también el destacamento avanzado de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, es decir, de una alianza militar también imperialista, sobreviviente de otra época, pero actualmente inevitable. Esta confrontación tiene lugar en el terreno del armamento, la movilización de tropas, la comunicación y la información, pero sobre todo en el de las presiones y las contrapresiones económicas, que están en el centro de la guerra moderna. Cuanto más dure, más inextricables parecen ser estos dos aspectos. Cada uno impondrá su propia lógica, logística y duración al otro.

3 Solo se puede ser aterradoramente pesimista sobre la evolución futura (yo lo soy), lo que significa que las posibilidades de evitar el desastre son infinitesimales, por al menos tres razones. La primera, porque es probable que se produzca una escalada, sobre todo si la resistencia a la invasión consigue prolongarse, y puede que no se detenga en las armas convencionales (la frontera entre estas y las armas de destrucción masiva se ha vuelto muy difusa). Por el lado de la guerra total, completará la destrucción de un país y una civilización ante nuestros ojos. Por el lado de la guerra híbrida, tendrá costes gigantescos en todo el mundo (por ejemplo, en cuanto a recursos alimentarios para las poblaciones del Norte y, sobre todo, del Sur). La segunda, porque si la guerra tiene un resultado, será desastroso en cualquier caso: tanto si Putin logra sus objetivos –obviamente, aplastando al pueblo ucraniano y fomentando otras empresas similares– como si se ve obligado a parar o retroceder –volviendo a la política de bloques en la que el mundo se congelará–. En ambos casos, por el estallido del nacionalismo y el odio en el que nos hundiremos durante mucho tiempo. La tercera y última, porque la guerra (y sus secuelas) retrasa la movilización del planeta contra la catástrofe climática e, incluso, contribuye a precipitarla, cuando ya se ha perdido demasiado tiempo.

4 La guerra crea una situación política completamente nueva en Europa y para Europa, es decir, para su constitución y construcción. El aspecto en el que más se insiste es el refuerzo de la cohesión estatista desde arriba, en particular, mediante la militarización de la Unión Europea (UE) y la reactivación del debate sobre su soberanía. Además, hay debates que están lejos de terminar sobre el interés de proceder inmediatamente a las ampliaciones en una situación de excepción: ¿es o no una garantía de seguridad?, ¿para quién?; ¿es una forma de escalada? Pero hay otro, igual de decisivo a largo plazo: la afluencia de refugiados ucranianos a la Unión Europea, sin precedentes desde el desplazamiento de personas tras la Segunda Guerra Mundial. Esto es lo que en 2015 (cuando la canciller alemana, Angela Merkel, tomó la decisión, sola y contra todo pronóstico, de acoger a los refugiados de Siria) llamé ampliación demográfica de la UE, ahora a una escala aún mayor. Como el territorio ucraniano (en particular, las ciudades arrasadas por la aviación) se vuelva inhabitable, estos millones de refugiados no volverán a casa en breve. Por lo tanto, también tendrán que estar en casa en la UE. Las actuales medidas de emergencia son un primer paso, pero tendrá que haber más. Dicho de otro modo: Ucrania ya ha entrado en Europa en la práctica, a través de una fracción de su población en el exilio. La frontera se ha desplazado hacia el oeste. Queda encontrar la fórmula institucional para esta integración…

5 Un peligro importante –quizás el principal, si tenemos en cuenta lo que Carl von Clausewitz llamaba factor moral de la guerra– reside en la tentación de movilizar a la opinión pública, que, con razón, simpatiza con los ucranianos, en forma de una rusofobia cuyos síntomas se pueden ver aquí y allá, alimentada por el conocimiento a medias de la historia rusa y soviética, y por la confusión, voluntaria o involuntaria, entre los sentimientos del pueblo ruso y la ideología del actual régimen oligárquico. Pedir la sanción o el boicot de artistas, instituciones culturales y académicas con vínculos probados con el régimen y sus dirigentes es un arma evidente (aunque hay que observar sin complacencia la gran distancia que se abre entre los llamamientos intransigentes a los boicots culturales y la realidad de los compromisos que se siguen haciendo en el ámbito de las sanciones económicas, sobre todo en lo que respecta a la compra de gas y su financiación). Pero estigmatizar la cultura rusa como tal es una aberración si es cierto que una de las pocas posibilidades de escapar del desastre está en la propia opinión rusa. Y pedir a los ciudadanos de una dictadura policial que se posicionen si quieren seguir siendo acogidos en nuestras democracias es una obscenidad.

6 Las complicaciones filosóficas que se quieran introducir (y habría otras), con una perspectiva de corto plazo o con una de largo plazo, no pueden, sin embargo, ocultar la urgencia. La urgencia, el imperativo inmediato, es que la resistencia ucraniana se mantenga firme y que eso sea y se sienta realmente apoyado por acciones y no solo por sentimientos. ¿Qué acciones? Aquí comienza el debate táctico, el cálculo de la eficacia y el riesgo, de la defensa y la ofensiva. Cualquier forma de participar en una guerra o influir en su curso no es una táctica inteligente (otra de las fórmulas de Von Clausewitz que nos vienen a la memoria: la dirección de la guerra es «la inteligencia del Estado personificada»). Abundan los ejemplos de tácticas que pueden precipitar la derrota. O peor. Pero la inteligencia no es dejar venir. Wait and see no es una opción.

(Texto publicado originalmente en Philosophie Magazine. Traducido del francés por Jean-Claude Bourdin, con la autorización del autor.)

*             Filósofo francés. Autor de obras como La filosofía de Marx, El ciudadano sujeto y Spinoza político; coautor, junto con Louis Althusser, de Para leer El Capital y, junto con Immanuel Wallerstein, de Raza, nación, clase. Las identidades ambiguas, entre otros libros. Actualmente es profesor del Centro para la Investigación en Filosofía Europea Moderna de la Universidad de Kingston.

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