La irresponsable estrategia de la OTAN y los intereses económicos: Un belicismo sin límites - Semanario Brecha
La irresponsable estrategia de la OTAN y los intereses económicos

Un belicismo sin límites

Lanzamiento de un misil nuclear. AGENCIA CENTRAL DE NOTICIAS COREANA

Los gobiernos del Norte global, con el apoyo de los grandes medios, han logrado imponer y hasta banalizar la idea de la guerra con Rusia. Todo parece dirigido a prolongar un conflicto que, usando como carne de cañón a los ucranianos, intenta desangrar a Rusia con el fin de provocar un descalabro del régimen y poner su enorme economía a disposición del gran capital que domina en ese Norte. Resulta increíble que la Unión Europea (UE) sea presa nuevamente de un belicismo sin límites, incluso sabiendo que una guerra de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) con Rusia muy probablemente será nuclear. A ello debe agregarse la demencial estrategia anti-Palestina de Israel que generosamente alimentan Estados Unidos y Alemania.

Entre tanto, el peligro que enfrenta la humanidad pasa casi desapercibido en nuestras latitudes. Al contrario, alegremente los gobiernos nos embarcan en compromisos y alianzas militares con objetivos muy lejanos a nuestros intereses. En efecto, el gobierno uruguayo no pierde ocasión para estrechar lazos con el Pentágono y, al otro lado del Río de la Plata, el titular de la Casa Rosada pretende asociar Argentina a la OTAN.

Mientras, los países europeos corren sistemáticamente los límites de su involucramiento bélico directo en la guerra en Ucrania, y mandatarios como el presidente francés hacen anuncios insólitos de involucrar sus tropas en la guerra. La transferencia de armamento occidental cada vez más sofisticado a Ucrania incrementa la escalada bélica. Por su parte, Rusia ha desplegado uno de sus más modernos submarinos nucleares en el Caribe.

El noruego Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, en su visita a Estados Unidos hizo declaraciones de asombrosa frivolidad. En su conferencia en el Wilson Center de Washington, abogó por la intensificación de la guerra contra Rusia, sin privarse de alabar la política de Joe Biden, en plena campaña electoral.

Trazando un irresponsable paralelo entre la situación actual y las dos guerras mundiales del siglo pasado, recordó que Estados Unidos optó en primera instancia por el aislacionismo, pero en ambos casos corrigió su posición, involucrándose activamente en las guerras europeas. Aquella actitud fue correcta entonces y es aún más correcta hoy, afirmó.

Además, Stoltenberg remachó su bravata bélica señalando que en los últimos dos años más de dos tercios de las compras europeas de material militar –unos 140.000 millones de dólares– fueron para contratos con empresas estadounidenses. Y, por si no quedaba claro, agregó que en 2024 serán 20 los miembros de la OTAN que destinarán al menos el 2 por ciento de su PBI al gasto militar y concluyó que ello «es bueno para la OTAN, es bueno para la seguridad de Estados Unidos, es bueno para la industria de Estados Unidos y es bueno para el empleo en Estados Unidos».

Sin pelos en la lengua, Stoltenberg proclamó su beneplácito, pues, gracias a sus aliados de la OTAN, destinando solo «una pequeña fracción de su presupuesto de defensa» y «sin poner a ningún soldado estadounidense en riesgo», Estados Unidos ha destruido una parte significativa de las capacidades militares de Rusia.

Congratulándose por los 60.000 millones de dólares de ayuda militar a Ucrania votada por el Congreso de Estados Unidos en abril, Stoltenberg enfatizó que, desde la invasión rusa en febrero de 2022, Europa y Canadá financiaron la mitad del apoyo militar al gobierno de Ucrania. Si se suman sus contribuciones financiera y humanitaria, dijo el noruego, han destinado mucho más recursos que Estados Unidos para sostener la campaña ucraniana. En cuanto a los miles de muertos y heridos y a la destrucción que sufre Ucrania, nada de ello integra el balance de los burócratas de la OTAN y menos aún el del complejo industrial-militar estadounidense o europeo.

Pese a todo, el bloqueo y las sanciones económicas de la OTAN no logran la eficacia deseada y Rusia logra avances militares lentos pero sostenidos. Entonces, la atención de Estados Unidos y sus aliados se dirige contra China, Corea del Norte e Irán, a cuyos gobiernos responsabiliza de la resiliencia de Moscú. Por tanto, afirmó el secretario general, la guerra en Ucrania muestra que «nuestra seguridad no es regional, sino global».

La consecuencia es que Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda serán invitados a la cumbre de la OTAN de julio en Washington. La intención es clara: sumar a esa organización a los aliados de Estados Unidos en el Pacífico involucrándolos en la guerra contra Rusia. La perspectiva es que la alianza atlántica se extienda al Pacífico. Si ello ocurre, solo el Atlántico Sur quedaría al margen del belicismo global, protegido por el endeble paraguas de la Zopacas (Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur), creada por resolución de la ONU en 1986 y a la que Milei busca perforar integrándose a la OTAN.

Para completar este sombrío panorama y sugerir algunas otras pistas explicativas, conviene hacer referencia a la evolución reciente de dos fenómenos aparentemente inconexos: el complejo industrial-militar de Estados Unidos y el abastecimiento energético de la UE.

La industria militar de Estados Unidos ha tenido un vigoroso proceso de concentración. En 1990, había 51 grandes contratistas del Pentágono. En 2020, solo quedaban cinco. Además, el gasto anual en defensa de Estados Unidos, ajustado por inflación, es mayor actualmente al de cualquier año de la Guerra Fría, cuando rondaba el 10 por ciento del PBI. En 2025, el Pentágono destinará 310.000 millones de dólares a su programa de adquisiciones.

Hasta la invasión de Ucrania, el 40 por ciento del gas natural (GN) consumido en Europa llegaba por gasoductos desde Rusia, que además proveía a Europa con carbón, uranio y petróleo. El volumen de dichas importaciones de energéticos variaba según los países. Algunos, como Austria, llegaban a importar el 80 por ciento de su GN de Rusia, mientras Alemania concentraba un tercio del total de GN ruso importado por toda Europa, seguida por Italia y Holanda. Un tercio del petróleo, la mitad de las importaciones de carbón y el 50 por ciento del gas consumido por Alemania en 2021 eran rusos.

Pese a la guerra, casi el 15 por ciento del gas consumido por Europa en 2023 seguía siendo provisto por Rusia. Sin embargo, se registra un llamativo proceso de sustitución por gas natural licuado (GNL) principalmente de origen estadounidense. En el bienio 2022-2023, Europa importó GNL por 170.000 millones de euros, 42 por ciento proveniente de Estados Unidos. El mayor costo del GNL ha conducido a una caída sustantiva del consumo europeo de gas y es un factor significativo de inflación en la UE.

La crisis económica y la inflación que sufren los europeos, así como el crecimiento de la ultraderecha, no pueden desvincularse de la guerra en Ucrania. La locura belicista de los gobiernos, que ha llegado incluso a los tradicionalmente neutrales países nórdicos, nos ubica al borde de una guerra nuclear. Nunca, desde la célebre crisis de los misiles en Cuba de 1962, estuvimos tan cerca del holocausto atómico.

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