Sobre la última columna de Álvaro Díaz Berenguer: el colegio médico y las corporaciones

Debate Abierto.

Médicos. Foto: Juanjo Castell.

Señora directora del semanario Brecha:

En la edición del día viernes pasado del semanario Brecha se publicó una nota del doctor Álvaro Díaz Berenguer titulada “Agarremos el toro por los cuernos” (subtitulada “El corporativismo y el Colegio Médico”).

Al escribir dicho artículo se incurre por su autor en lo que los integrantes de esta Mesa Ejecutiva del Sindicato Anestésico Quirúrgico del Uruguay (Saq) consideramos que son varios errores, unas importantes omisiones y algunos desafortunados juicios de valor. En razón de ello solicitamos a usted que se publiquen en próxima edición de vuestro semanario las consideraciones que se formulan a continuación.

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Al respecto corresponde, en primer lugar, señalar que en la publicación en cuestión el doctor Díaz Berenguer elude transcribir en su totalidad las públicas afirmaciones de los colegas Jorge Basso y Jorge Quian, quienes en sus dichos descalificantes fueron muchísimo más allá de lo que en significativa simplificación el citado les atribuye.

Por otra parte, no es correcto, hasta donde ha llegado a nuestro conocimiento, que los denunciantes de ambos colegas afirmen que han sido difamados con fines políticos (que no se sabría cuáles son). Conforme a lo que se nos dice y hemos podido ver, lo que alegaron los denunciantes es que los dichos públicos de los doctores Basso y Quian constituyeron una “ofensa grave” a su honor personal y al de los médicos todos, incluyendo en particular a los anestesistas y cirujanos; y que “el colectivo médico –y los denunciantes refirieron no solamente a los médicos anestesistas o cirujanos– está siendo vilmente difamado con fines –suponemos– políticos –porque no vemos otros posibles–”, agregando que “los dichos referidos ofenden a todo el colectivo médico y por ende personalmente a los firmantes, exponiéndonos al escarnio público con base en afirmaciones falsas y carentes de todo rigor probatorio”.

Por otra parte se omite por el autor del artículo señalar que, conforme ya resulta de público conocimiento, el Tribunal de Ética del Colegio Médico pronunció un muy extenso y fundado fallo condenatorio de los doctores Jorge Basso y Jorge Quian, por el cual se declaró que ambos incurrieron en una “falta ética”, y que dicho fallo no fue pronunciado por la mayoría, sino por la unanimidad de los cinco integrantes de dicho Tribunal de Ética.

Asimismo, si bien se dice que al apelarse por los sancionados esa sanción fue levantada por el Consejo Nacional del Colegio Médico, se omite por el articulista señalar que dicho Consejo Nacional en ningún momento expresó que no hubiera existido una falta ética de los denunciados, sino que (por cierto que contrariando en esto el informe que con su propia autorización se había solicitado al muy reconocido experto doctor Martín Risso), en forma totalmente breve, se limitó a decir que entiende que el Colegio Médico resultaría incompetente para sancionarlos porque “las opiniones emitidas por el señor ministro y el señor subsecretario de Salud Pública […] fueron opiniones vertidas en su calidad de políticos, titulares de cargos del Poder Ejecutivo”.

Emite asimismo el articulista, en forma por cierto que desaprensiva, juicios de valor que no encuentran respaldo cierto. Así dice –sin concretar a quién o a quiénes refiere al intentar descalificarlos– que una vez creado el Colegio Médico “algunos profesionales buscaron formar parte de su directiva, como una forma de trampolín político o de poder para la defensa de grupos corporativos”, y añade que “algunos de sus integrantes no son votados por su idoneidad moral y su prestigio, sino por representar los intereses de algunos grupos (por ejemplo, la Femi o sectores del Smu)”.

Agrega luego que las agrupaciones de profesionales de determinadas especialidades se han transformado en “movimientos gremiales fundamentalmente corporativos” (en la acepción que supuestamente quiere manejar el colega, “corporativismo” sería la postura de un sector dirigida a defender de forma importante los intereses de sus integrantes, lo cual es por demás absolutamente natural si se trata de un movimiento gremial).

Añade que “así ocurre con muchas de las sociedades científicas que agrupan a cirujanos y anestesistas”, y pone como ejemplo a la Sociedad Uruguaya de Urología, a la que con total liviandad atribuye preocuparse principalmente por un objetivo “secundario” como sería, a su juicio, la remuneración y las condiciones de trabajo de los médicos. Y aún agrega, también con ligereza, una valoración absolutamente personal y para nada compartible (que formula como una verdad indiscutible): “Estas agrupaciones consideran que, en función del tipo de especialidad, se puede tener distinta remuneración, independientemente de la edad, la capacidad y el perfeccionamiento técnico”, y ello a pesar de que es conocido –además de que los médicos “empresarios” son prácticamente ajenos a estas especialidades que menciona– que las más altas remuneraciones médicas corresponden a especialistas que no son ni anestesistas ni cirujanos, y que la formación de todo especialista médico requiere mucha mayor dedicación que la de quien no lo es.

Intenta luego el articulista, sin ningún éxito, ensayar una diferenciación entre “agrupación gremial” y “agrupacióncorporativa”, sin aportar absolutamente nada sobre cuáles serían esas diferencias.

Y aún añade, por su cuenta y en juicio no compartible, que “al crearse el Colegio se les quitó esa responsabilidad [a “regulación del relacionamiento entre los profesionales”] al Smu y laFemi [curiosamente el colega omite mencionar al Saq…] para evitar que las luchas por el salario y las condiciones de trabajo interfirieran con el respeto de los derechos de los usuarios”. O sea que a los tres sindicatos se les habría sacado la responsabilidad de regular el relacionamiento entre profesionales… ¡para evitar “que las luchas por el salario y las condiciones de trabajo [que en realidad nada tienen que ver con el relacionamiento entre profesionales…] interfieran con el respeto de los derechos de los usuarios”! En fin, a nuestro entender, un notable entrevero de ideas que nada tienen que ver entre sí.

Entre otras cosas expresa también el citado articulista que en 1993 “la comunidad médica de Uruguay se quebró por una diferencia fundamental en la forma de remunerar la profesión: las especialidades médico-quirúrgicas lograron que su salario dependiera fundamentalmente del pago por acto”. Al respecto no es cierto que la comunidad médica se haya “quebrado” por las reivindicaciones de unos especialistas con retribuciones sumergidas (que jamás pretendieron mejorar sus retribuciones a costillas de las de otros colegas). Y por supuesto que no es cierto que “el pago por acto, que se defiende con mucha fuerza como conquista salarial, no considera al 90 por ciento de los colegas ni, en especial, las necesidades de la comunidad entera”. Y no es cierto porque desde la década de 1960 a todos los médicos de Uruguay –y no sólo a anestesistas y cirujanos– se les paga una parte de su retribución de acuerdo a la productividad (es decir “por acto”) en el ámbito privado (que es al que refiere este colega).

Y no tiene el doctor Díaz Berenguer ningún prurito en afirmar –también él como antes los denunciados ante el Colegio Médico– que “el pago por acto sin control estimula las intervenciones innecesarias”, y que “es mucha la literatura que afirma que esa es la realidad”, naturalmente que sin siquiera indicar cuál sería esa “mucha literatura” (y, si fuera cierto, si toda ella o tan sólo alguna aporta algo en ese sentido).

Luego, también sin mostrar ni la más mínima prueba y sin señalar que la gran mayoría de las actuaciones vinculadas al Fondo Nacional de Recursos normalmente nada tienen que ver con la cirugía, refiere, como supuesto ejemplo, a que un control estricto habría hecho que en el Fnr descendiera la financiación de los procedimientos quirúrgicos hasta en un 20 por ciento.

Y para completar la defensa –pues todo apunta a que de eso se trata– de los denunciados doctores Basso y Quian, el autor del artículo dice –ahora también ofendiendo él directa y gratuitamente a la generalidad de los colegas médicos y exponiéndolos malamente a la opinión pública– que “es conocida la influencia de la industria farmacéutica en las prescripciones de los medicamentos que hacen los profesionales”…

Casi culminando, en algo que bien poco tiene que ver con la denuncia por faltas éticas formulada contra los doctores Basso y Quian, sin que ello guarde demasiada relación con lo anterior, aboga finalmente este colega por que el Colegio Médico se incline “a proteger al más débil, impulsando la solidaridad, en contra del corporativismo y los excesos del poder”. Y con una frase muy curiosa concluye que “el Colegio Médico no está al servicio de los médicos, sino al servicio de la sociedad”.

Finalmente, en una nueva afirmación groseramente difamatoria de los denunciantes de los doctores Basso y Quian, expresa este doctor Díaz Berenguer que “las denuncias presentadas por el grupo anestésico-quirúrgico [??] no son otra cosa que un intento de preservar sus conquistas salariales del pasado”.

Sin más saludan a usted cordialmente,

Doctores Daniel Montano y Neder Beyhaut

Mesa Ejecutiva del SAQ


Señora directora del semanario Brecha:

He leído el artículo del doctor Álvaro Díaz Berenguer en Brecha del 17 de enero de 2020. Aprecio su postura valiente de plantear claramente lo que piensa (con el apasionamiento que le caracteriza) e implícitamente aceptar correr el riesgo de recoger agresiones o incluso injurias por “meterse” a decir públicamente “aquello que hay que callar”. Él mete la mano en el avispero, lo sacude e invita y pone sobre la mesa algunos irritantes aspectos del complejo problema de las remuneraciones médicas, del corporativismo, la intervención del Estado en la organización o regulación de la remuneración de los trabajos (asunto tan mentado en los últimos meses), la equidad entre los médicos y a la vez, lateralmente, alude a las grandes organizaciones sindicales y colegiales que nos contienen a los médicos y que tienen funciones respectivamente de atender globalmente nuestros intereses laborales y normatizar y vigilar conductas éticas (es decir, nuestro comportamiento hacia la población y entre nosotros). Su artículo está enfocado en la medicina, pero subyacen conceptos de fondo que pueden proyectarse a toda la sociedad.

Me ha hecho reflexionar sobre algunas cosas y, sin introducirme en el complejo problema del funcionamiento, comportamiento, independencia o grados de dependencia entre todos los tipos de organizaciones médicas (públicas y privadas) y mecanismos de remuneración, creo que hay algunas bases fundamentales del buen convivir humano mostradas aquí (por su ausencia) que vale la pena visitar otra vez (nunca está de más).

PUNTOS de PARTIDA. I) La medicina no está hecha para que los pacientes sean un factor de ganancia y prestigio de los médicos, sino que los médicos fuimos hechos por la sociedad para asistir íntegramente a los enfermos (persona, cuerpo, afectividad, derechos) para, a cambio, recibir remuneración monetaria y aprecio, agradecimiento y otras prerrogativas sociales. Es similar a lo que ocurre con la educación, los niños y los docentes. La necesidad social reconocida por la comunidad siempre ha precedido a las funciones que luego son remuneradas, es decir, a los trabajos. El cumplimiento de cada trabajo puede hacerse vocacionalmente y estar agradecido de poder hacerlo; pero si no fuera así, igual se deben respetar las premisas expuestas, que son inamovibles, aunque muchas veces veladas por intereses particulares de personas o grupos. Cada vez que se violan esas premisas –que nos mantienen en equilibrio en la comunidad– se rompe con el contrato social implícito que existe entre la medicina y la sociedad, que establece que para recibir los privilegios de mi profesión debo cumplir primero cabalmente y siempre con atender integral, oportuna y humanamente al ser que padece enfermedad y tener esta consigna como primera en mi escala de valores éticos.

II) La remuneración económica que las personas recibimos de la sociedad (ya sea de empresas, gobierno, instituciones o personas particulares) por nuestro trabajo puede ser considerada poca o mucha, justa o injusta, adecuada o inadecuada, pero no depende solamente (o no debería depender) de lo que yo pretendo, sino que debe combinar obligatoriamente otros factores. Habría tres determinantes principales: 1) el derecho de la persona a recibir lo justo por su trabajo (objetivamente o según opine ella), 2) la forma en cómo cumple la misión social que tiene asignada y 3) la disponibilidad general de medios que tiene la comunidad para remunerar. Siempre habrá una tensión en la cuerda que une estos vértices, pues los tres compiten y tienen fuerza y fundamento. Pero el 2 es el prioritario, pues de él depende el funcionamiento de la comunidad, el 1 es el planteo y la defensa de la justa remuneración, y el 3 es determinante, porque si la disponibilidad de bienes comunitarios para remunerar es escasa y deben repartirse entre muchos rubros nunca se cumplirá –si se mantiene la equidad– con las aspiraciones mayores del que reclama la remuneración.

COMENTARIOS. Antes de lo que sigue es imprescindible decir que en toda actividad hay seres humanos dignos e indignos, dedicados y negligentes, corporativistas y universalistas; en cada uno de nosotros alienta el germen de una u otra cosa y debemos elegir cuál cultivar. Yo hago homenaje a todos los colegas –de cualquier especialidad– que cumplen honrosamente con su trabajo, para los cuales el bien del paciente está ante todo, quienes sienten a toda la comunidad del país como su comunidad principal y piensan en todos cuando plantean sus problemas y reclamos. Pero las reflexiones siguientes refieren a grupos, y no a las personas individuales.

I) Como es públicamente sabido, hay especialidades médicas que a tiempo de trabajo equivalente –o aproximado– reciben remuneraciones inmensamente superiores a lo que reciben otras (quizá hasta diez veces mayor). Algunos de sus integrantes (especialmente de la Sociedad Anestésico Quirúrgica) han manifestado que son médicos más especiales que otros (¿podría decirse “de calidad superior”?), que sus trabajos son más complejos y riesgosos, y que por eso deben recibir mayor cantidad de dinero, que lo que reciben es justo y sus derechos no deben tocarse. Hay otras especialidades que están en este rubro igualmente.

II) ¿Podría decirse que las acciones médicas de estos grupos son de calidad superior a otras o que son de más valor que las de otros médicos? Esto trae inmediatamente la necesidad de dar alguna definición de calidad, valor y precio. Reconozco totalmente la calidad técnica de muchos cirujanos y anestesistas, oftalmólogos, endoscopistas y otros especialistas, y he comprobado que son cuidadosos, actualizados y expertos. ¿Pero no es también de altísima calidad la labor de un médico experiente de atención primaria que esclarece al núcleo familiar de forma certera, cuidadosa y humana acerca de que el intento de autoeliminación de su hijo de 14 años es en gran parte consecuencia del lugar y el trato que le dan en ese núcleo, y que si no se corrige la disfunción y no se trata al chico, este morirá en el próximo intento o arrastrará 60 años de vida sombría y desgraciada?

Por otra parte, es notoria –y conocida– la diferencia entre valor y precio. El valor es la intensidad del significado interior que le asigna una persona (o personas) a un acto, objeto o virtud. Si la persona no le da valor, no tiene valor. Al respecto, lo que vale para un hombre de 60 años al que se le haya hecho un trasplante cardíaco con toda eficiencia, por el cual pasa del estado de moribundo a tener una buena calidad de vida por 15 años más, es infinito. Quizá es lo más “valioso” que le ha ocurrido y atesora. Por otra parte, lo que vale para la familia y el adolescente mencionado antes de que el médico esclarezca la situación, los escuche, dialogue, indique especialistas y cambios de dinámica adecuados para lograr que el chico mejore y viva con cierto bienestar 60 años más es también infinito. Es quizá lo más valioso que les ha ocurrido. Por tanto, un acto quirúrgico o la intervención adecuada de un médico de atención primaria puede tener enorme valor, del cual no dudo. Pero valor y precio son diferentes. El precio es lo que me pagan por mi trabajo o lo que yo quiero que me paguen. Los precios de las mercancías generalmente los regula el mercado. Pero… pero… el sufrimiento humano no es una mercancía y los recursos económicos disponibles son finitos en salud, y hay que repartirlos. Creo que muchos médicos de todas las especialidades deberíamos reflexionar sobre esto e integrarlo a los reclamos sindicales‑corporativos.

III) Creo que en las remuneraciones de los médicos por su labor asistencial, sea cual sea su especialidad, no debería haber diferencias sustanciales. Podría haber diferencias –como propondré luego–, pero nunca las que existen actualmente, que implican remunerar a los médicos de primer nivel, a los que atienden policlínicas y a los de familia en forma ínfima en comparación con los especialistas. Es imprescindible que multipliquemos por diez los médicos de atención inicial; es importante que estén muy bien formados, estimulados académicamente, asistidos por especialistas y con medios de trabajo adecuados.

IV) Creo que, si bien los médicos tenemos derecho desde la base sindical (y lo hemos hecho) a proponer horas de trabajo y remuneraciones dignas, que nos parezcan adecuadas, no podemos ser sólo nosotros quienes decidamos el resultado final apelando a cualquier medio. Al respecto, la negociación entre partes es lo esencial, pero nuestra presión no puede ser cualquier presión para obtener “mi” resultado. El material de presión son seres humanos enfermos. ¡¡Los enfermos no son rehenes!! Creo, asimismo, que la autoridad sanitaria nacional tiene que intervenir en esto. Tendría que opinar de todo derecho la comunidad, pero la voz de la comunidad está mediatizada y muy poco desarrollada por ahora.

IV) ¿Qué factor podría establecer que fuera justo diferenciar salarios de médicos que trabajan en un horario similar y son de diferente especialidad? Pienso que habría factores a valorar: cursos de perfeccionamiento pertinentes a su trabajo con pacientes y aplicables a ellos; riesgos de su trabajo de cualquier tipo; lugares de trabajo difíciles o de condiciones de vida difíciles y dedicación completa (ya existe algo de este tipo, como los cargos de alta dedicación). Esta diferencia, a mi juicio, nunca podría duplicar el salario común a todos (con un horario establecido) y quien decidiría si esas condiciones existen debería ser una comisión independiente, y no el grupo que ejerce la función. No se puede ser juez y parte.

He enviado una carta al doctor Álvaro Díaz, en la que le hacía llegar mis felicitaciones por su iniciativa, pues pone sobre la mesa temas del complejo mundo de la asistencia médica que debemos discutir en profundidad buscando humanización y equidad. Además, como él los mencionaba, le decía que considero a los doctores Jorge Basso y Jorge Quian personas honorables, con un trabajo muy difícil, y que su intención ha sido, a mi juicio, mejorar la asistencia médica en general buscando la equidad sin perseguir interés propio.

Profesor doctor Humberto Correa Rivero

Rocha, 22 de enero de 2020

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