Sólo 13

“Sin nosotras no hay Carnaval”

Martina Cal, integrante de Falta y Resto * Foto: Agostina Vilardo

El jueves 24 de enero el desfile inaugural de Carnaval, realizado en la avenida principal de nuestra capital, dio comienzo a la fiesta popular por excelencia de nuestro país. Esto es así para la mayor parte de la población, que vive el Carnaval en febrero y como parte de un concurso propulsado y avalado por los Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay (Daecpu) y la Intendencia de Montevideo. Pero para algunas y algunos el Carnaval trasciende esa frontera, o debería trascenderla.

Entre purpurina y papelitos, un color se repitió en pañuelos colgados en instrumentos, brazos y cuellos de varias de las mujeres que desfilaban: un pañuelo con la consigna “Sin nosotras no hay Carnaval”. Este “pañuelazo”1 fue propuesto por el colectivo Encuentro de Murgas de Mujeres y Mujeres Murguistas (Emmymm), que invitó a todas aquellas mujeres que participan del concurso, ya sea arriba del escenario o como técnicas y utileras, y a quienes simplemente acompañan en roles invisibles pero fundamentales, a llevar su pañuelo y mostrarse en una fiesta que tiende a ignorarlas. La presencia femenina en el Carnaval es indispensable: para el armado de los espectáculos, para la representación de una voz que sin ellas está ausente; pero aun sin participar en escena: sin mujeres, ¿quién cuida a los niños y hace los quehaceres del hogar para que los varones suban al tablado? El “pañuelazo” se plantó en la plaza Independencia como un llamado a compartir roles, a percibir la voz de las mujeres y a que el Carnaval sea del pueblo, de todo el pueblo; parte de la consigna “sin nosotras no hay Carnaval” para visibilizar como deseable que en un futuro no haya escenarios sin su voz ni sin su presencia.

En medio de una creciente lucha popular por la igualdad de género y la reivindicación de la mujer, cabe preguntarse: ¿por qué, de 340 murguistas que suben al escenario en el Carnaval oficial, sólo 13 son mujeres? ¿Por qué sólo tres de esas mujeres no son sobreprimas? ¿Por qué es necesario aclarar cuando una murguista es mujer y no cuando es hombre? En un Carnaval de “varones” las mujeres deben abrirse camino, inventar espacios nuevos y luchar por un lugar para poder participar. Parece estar instalado en el imaginario colectivo que el Carnaval, y la murga en particular, evolucionan hacia una mayor inclusión de las mujeres, y esto tiene su cuota de veracidad cuando hablamos del Carnaval más allá del concurso oficial. En el Encuentro de Murga Joven, que se realiza en noviembre, la participación de las mujeres, tanto en la escena como en la creación de espectáculos, ha ido creciendo con el paso de los años, así como la aparición de murgas conformadas en su totalidad por mujeres (aunque la participación de la mujer aún representa apenas un 20 por ciento del total). También se creó a fines de 2017 el Emmymm, que, según sus protagonistas, busca reivindicar a la mujer artista, hacerla visible y darle voz en la murga. Pero si nos enfocamos en el concurso llevado a cabo en febrero, la cosa cambia.

Desde 2012 no hay ninguna murga integrada totalmente por mujeres que suba al Ramón Collazo. De las 13 murguistas femeninas en escena sólo hay una platillera y dos primas –el resto son sobreprimas–. Sólo dos de las murgas que participan tienen en su equipo de letristas a una mujer, y en ninguna de ellas hay participación femenina en la musicalidad y los arreglos corales. Se habla de una evolución discursiva, y si bien es cierto que las murgas incluyen el tema género en sus espectáculos hace ya algunos años, sería bueno preguntarse si eso representa a la mujer, ya que son palabras escritas y cantadas por varones.

Analizando la historia (una historia que, además, ha sido acallada en libros, relatos orales y un gran etcétera), se aprecia que el año pasado la participación femenina fue mayor, tanto en escena como en otros rubros de creación. En 2012 participaron dos murgas de mujeres en el concurso oficial (Cero Bola y La Bolilla que Faltaba); anteriormente, esta última ya había participado, en los noventa lo había hecho La Nueva Pincelada; en los ochenta Un Toque de Distinción y Las Ninfas de las Bóvedas,2 y en los cincuenta y sesenta Rumbo al Infierno. Se pone de manifiesto entonces que, históricamente, ha habido una expulsión de las mujeres del concurso oficial. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué sólo 13? Además del discurso de que “el coro femenino corre con una clara desventaja con respecto al coro de murga” –parte de la devolución que se le dio a Cero Bola al no sortear la prueba de admisión para el Carnaval 2015–, aparte de la exclusión y la falta de oportunidades que sufren por los conjuntos que sí participan del concurso, sumado al rol de cuidados y hogar al que se relega a la mujer, excluyéndola de la vida pública, es bueno recordar que, para poder participar, hay que pagar alrededor de cien UR para competir en una prueba de admisión. Teniendo en cuenta la brecha salarial de género presente en nuestra sociedad, tal vez ya sobren las pistas para entender cómo es que las mujeres no son bienvenidas en la fiesta de Momo.

 

  1. Método de reivindicación y lucha que comenzó en Argentina y ha tomado mucha relevancia también en nuestro país.
  2. A veces citada como murga y otras
    como humoristas.

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