Tantas ideas

Sobre las financiaciones estatales a la cultura y el pensamiento crítico.

«Mi posición es que el Estado puede cumplir algunas funciones en el lado de la conservación, pero debería mantenerse estrictamente al margen de la dimensión de creación e innovación. Yo no creo que el Estado sea capaz de pensar como tal, salvo de un modo partidario, y, por lo tanto, me parece que debería abstenerse de todas esas funciones de estímulos, de financiación y de premios que cumple. Porque lo que hace ahí es usar fondos públicos para impulsar o bien agendas propias, del partido en el poder (sea el que sea), o bien la ideología hegemónica del momento –que a menudo se presenta como antihegemónica–. No hay que engañarse: el poder real nunca le va a dar plata a un artista si realmente lo que quiere es criticarlo en serio o tirarlo abajo.”Son palabras del profesor y escritor Aldo Mazzucchelli pronunciadas en la columna que Fernando Medina tiene en el programa Fácil desviarse.1

El contexto era de campaña electoral, y la columna de ese día indagaba en las propuestas culturales de los partidos e incluía algunas reflexiones de personas vinculadas a la cultura, entre ellas, Mazzucchelli, quien sobre el final de su intervención señalaba: “Ofrecerles cosas [a los creadores] es distorsionar la creación con sus gestiones, que en el fondo tienen una ideología u otra atrás, aunque esté cuidadosamente oculta. Por supuesto que hay creadores que agarran la plata y hacen lo que les parece. Pero lo que les parece, ¿no estará influenciado por lo que a la sociedad o al Estado le parece? Yo dudo”. En el fondo se trata de una idea extendida: quien financia manda, controla, y el pensamiento crítico es, por definición, el que se opone al control, a los mandatos… ¿también al financiamiento?

Recuerdo el bello anuncio de la revista Prohibido Pensar, en el que Sandino Núñez nos invitaba a suscribirnos para hacer posible un pensamiento radicalmente crítico: “Estamos por fuera de los circuitos tradicionales de circulación de la escritura y de las actividades culturales; por fuera de instituciones y empresas; por fuera del Estado y por fuera del mercado”. Se hacía referencia a “cierto espíritu crítico, o curiosidad indócil” y a que, ante esa condición,“no

[se]

puede estar sujeto a la lógica de la urgencia, de los compromisos previos, del beneficio, el mercado o el Estado”. Ello “implica un mínimo de libertad necesaria para poder pensarnos en el camino de la emancipación. Un mínimo de libertad que es un axioma innegociable, porque es la única brecha por la que procede el pensamiento, la escritura y la crítica”.

Quizás 2014 fue un año dorado para el pensamiento crítico reciente. En él coincidieron las revistas de ensayos Prohibido Pensar e Interruptor. Recuerdo que alguien las clasificó más o menos así: una la hacen los marxistas, la otra, los liberales (aunque, curiosamente, había ensayistas que transitaban ambas publicaciones). Sería bueno pensar por qué esas revistas dejaron de salir, qué publicaciones o espacios de reflexión las sustituyeron, y si su clausura fue mera coincidencia o se trató de un síntoma de algo mayor. El caso es que, en el prólogo al primer número impreso deInterruptor, Amir Hamed presentaba la revista como anacrónica e incorrecta: “Una publicación liberada de antemano de cualquier coartada identitaria, étnica, minoritaria, de género, de inclusividad o de estudios culturales: incluso de corrección política. Es decir, una publicación de cultura en su acepción vieja y dura, y en ese sentido, nunca progresista pero siempre libertaria”. Más adelante, ya en el apartado que presentaba las 16 primeras columnas que habían originado Interruptorque primero tuvo un formato digital, dos años antes de llegar al papel– se indicaba que “los columnistas, oficiantes de las Humanidades, se han sentido tan libres como necesitados de interrogar, cuestionar y objetar los clisés sostenidos por el maridaje entre media y aparatos políticos. En esta tanda inicial, el lector paseará por temas como esfera pública, la cultura de la pequeñez de los uruguayos, el fetichismo de la opinión y también ese usurpador de ciudadanía, surgido en las universidades de Estados Unidos, conocido como ‘corrección política’, fetiche sostenido por su correspondiente policía del lenguaje. También podrá percibir, entre otras cosas, las contradicciones y sinsentidos que campean en las agendas ‘progresistas’ de estímulo a las artes, la desilusión de la izquierda, el olvido de la primera tecnología del hombre, es decir, la escritura, el abuso de la interpretación, la necesidad de desconfiar de la desconfianza a fin de reinsertar en la vida política hechos que sean políticos y no, meramente, interpretaciones”.

Estos recuerdos vienen a cuento porque la versión de Interruptor en papel fue financiada mediante el Fondo Concursable para la Cultura del Ministerio de Educación y Cultura (Mec), y porque Aldo Mazzucchelli formaba parte del comité editorial y en el mismísimo primer número firmaba varias columnas.2 El escritor Carlos Rehermann, que también era parte de la revista, dedicaba algunas de sus columnas a criticar directamente a la misma Dirección Nacional de Cultura, que financió la publicación. A modo de ejemplo, sobre un Registro Nacional de Escritores habla de “abundancia de idiotez”, de que “sus creadores no tienen la menor idea de para qué sirve el Registro, la escritura o el lenguaje verbal humano”, y de que el caso muestra “la ausencia de un programa real y claro acerca de qué hacer con esta gente que escribe”. Sobre el cierre, aporta una pregunta: “Si el área de Letras del Ministerio de Educación y Cultura es incapaz de redactar 104 palabras en español estándar, y además ni siquiera cumple con lo que en apariencia anuncia ese discurso infame, ¿no sería yo un tonto si supusiera que es capaz de programar una política cultural?”.

Entonces, ¿puede el Estado financiar y promover obras que sean críticas con su gestión, con la ideología que cualquier grupo considere hegemónica y hasta con su mismísima existencia? Sí, puede, lo ha hecho. ¿Cómo? Separando la tarea política que promueve las políticas culturales de la tarea de los jurados, que seleccionan las obras en concreto. En los premios nacionales de literatura, cada categoría tiene tres jurados: uno designado por la Universidad de la República, otro por la Academia Nacional de Letras, y el tercero por el Mec. Esto no quiere decir que en el Estado no exista la censura, que efectivamente existe, porque no siempre se exterioriza la elección mediante contratación de jurados. Pero da cuenta de un procedimiento que garantiza cierta diversidad y desfasa al Estado del gobierno. En el fondo se trata de una idea liberal y progresista; el anterior director nacional de Cultura, Hugo Achugar, lo ponía en estas palabras: “Menos pornografía infantil, cualquier cosa”.

En los fallos que anunciaron el ganador de los premios nacionales de literatura de este año, en la modalidad ensayo de filosofía (obra édita), el ganador fue Sandino Núñez, con Psicoanálisis para máquinas neutras. Biopoder o la plenitud del capitalismo. Hace unos años, Sandino también resultó beneficiado con el Fondo de Estímulo a la Formación y Creación Artística en la categoría Letras, un premio de 300 mil pesos. En una entrevista que le realicé al filósofo y que no fue publicada, le consulté si había cambiado de opinión respecto a 2014, en los orígenes de Prohibido Pensar, y si el premio había condicionado su reflexión: “No. Digamos: mejor que pagarle al Estado es robarle al Estado. Y mejor que robarle al Estado es poder tener una vida al margen del Estado. El problema es que un suicida no deja de respirar. Por más que vos tengas una profunda vocación suicida y cada vez que estás en un balcón mires el piso con simpatía, eso no quiere decir que al despertar de mañana detengas la respiración. Eso tiene que ver con tu cuerpo funcionando. Y hay veces que la vida se complica al punto de que si vos no inventás algún procedimiento de obtención de energía que te permita seguir respirando, dejás de respirar. Preferiría, con todo, que el azar me diera el 5 de Oro, y entonces yo puedo distribuir ese dinero conforme mis necesidades y mi deseo de escribir, pero mientras eso no ocurra, y supongo que no va a ocurrir, no tengo más remedio que recurrir a eso, si hay un ministerio y son dineros públicos”.

Espero que el cambio de gobierno siga permitiendo que haya fondos públicos para financiar el pensamiento crítico, obras como la de Sandino y Aldo Mazzucchelli, ideas marxistas y liberales, e ideas de otros tipos.

1.   “¿Qué proponen los partidos políticos en cultura?”, 20-X-19. La columna de Medina se titula “El guardián de los libros”, y el programa se emite en Del Sol FM. Disponible en línea.

2.            “Perros y profesores. Educar en una sociedad cínica”; “Patrulleros del lenguaje. La víctima al final de la utopía”; “Votemos politólogos. Analizar sin analizar” y “La carta de la profesora. Los derechos y las sílabas”.

Artículos relacionados