Tapalo con fútbol

Afp, Carl de Souza

«El hombre debe, puede y necesita jugar. El fútbol lo ha olvidado.»

DANTE PANZERI

El primer título relevante de la selección brasileña –la más vistosa y victoriosa del mundo– coincide con una pandemia. En 1918, durante los últimos meses de la Primera Guerra Mundial, la llegada a Brasil de la «gripe española», que asolaba gran parte del mundo, aplazó el Campeonato Sudamericano de Football –la actual Copa América–, organizado por la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol). La victoria sobre Uruguay que le valió el título ocurrió al año siguiente en Rio de Janeiro, porque, como publicó O Estado de São Paulo el 18 de diciembre de 1918: «Vino la epidemia de gripe y casi todo cesó. El football quedó estacionario». En 2021, más de 100 años después, Brasil será la sede del torneo continental en medio de la peor crisis sanitaria de su historia, con cerca de 2 mil muertes diarias, que totalizan más de 480 mil fallecidos desde el inicio de la pandemia, y una profunda crisis social y económica.

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Todo normal. El presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, justificó la decisión diciendo que Brasil «vive un momento de estabilidad de la pandemia». Jair Bolsonaro argumentó que se están jugando los campeonatos locales, la Libertadores y la Sudamericana, y que Brasil no se podía negar a tan tradicional torneo. Lo cierto es que, tras la caída de Colombia y Argentina como sedes, el tiempo se agotaba y la Conmebol precisaba un fantoche que le sacara las papas del fuego, así que fue a buscar al más notorio del continente.

Según los datos de la Comisión Parlamentaria de Investigación de la Pandemia, durante 2020 el gobierno de Bolsonaro ignoró 53 emails de la farmacéutica Pfizer que ofrecían vacunas contra la covid-19, pero bastó una llamada del ahora expresidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) Rogerio Caboclo para obtener el aval de Planalto para la realización de la copa. Prioridades. Como siempre, los motivos reales para aceptar la invitación son económicos y políticos. Se juntaron el hambre y las ganas de comer. El hambre: para la Conmebol, cancelar el evento implicaría violar contratos ya firmados y perder dinero ya gastado en una competición que ya tendrá lucros menores, por la falta de público. Las ganas de comer: desgastado, con la llegada de la Copa América, Bolsonaro desvía, una vez más, el foco de atención y trata de fortalecerse políticamente.

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La Conmebol viene tratando de lavar su imagen después de haber atravesado el mayor escándalo de corrupción de la historia del fútbol. El llamado Fifagate, revelado en 2015, tuvo a la organización continental en un rol central, con notorios estafadores y activos participantes, como Nicolás Leoz y Eugenio Figueredo. La CBF intenta lo mismo, pero le va peor. Dirigida durante 22 años por Ricardo Teixeira, otro condenado del Fifagate, luego de su obligada renuncia en 2012, la mayoría de sus presidentes han sido cesados por corrupción. El último no fue la excepción: en medio de las negociaciones para la disputa de la Copa América, acaba de ser apartado del cargo por 30 días debido a una acusación de acoso sexual y moral contra una funcionaria.

Los intentos de lavado de imagen y aproximación entre ambas federaciones no tienen en la Copa América un gran aliado. El evento ha causado resistencias y ha sido criticado de forma casi unánime por la prensa, y dos de sus principales patrocinadores –Mastercard y Ambev– han desistido de mostrar sus marcas, alejando su imagen del torneo paria. Gobernadores de varios estados se negaron a recibir partidos, y al gobierno no le quedaron muchas opciones. Las sedes serán el Distrito Federal, Rio de Janeiro, Goiás y Mato Grosso: los tres primeros tienen gobiernos notoriamente alineados al bolsonarismo y el cuarto es una de las cunas del agronegocio nacional, donde el presidente tiene un apoyo robusto. El mapa de la copa es una radiografía del mapa bolsonarista. Salvo Rio y Goiás, son estados con una tradición futbolística escasa, pero con estructuras que cumplen las normas FIFA, construidas para el ciclo de megaeventos realizados en el país a partir de 2013 con la Copa de las Confederaciones, que incluyen la Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Varios de estos estadios pasan gran parte del año vacíos, como el Arena Pantanal, de Mato Grosso, y el Mané Garrincha, de Brasilia, y otros sufrieron reformas bastante aberrantes, como el Maracaná, destrozado en nombre de la modernidad y las normas FIFA, y ahora reservado a las clases más acomodadas, lo que contraría su historia y su concepción. Estadio sin pueblo. Pueblo sin estadio. Deriva inexorable de la nueva marca del fútbol moderno: negocio antes que todo. Este síntoma de los tiempos le calza justito a esta Copa América y, salvo honrosas excepciones, a esta generación de jugadores, productos perfectos del fútbol producto.

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En 1969, en plena dictadura militar, un inusitado pero erudito técnico llegó al comando de la selección brasileña: João Saldanha. Periodista de profesión, comunista por convicción, fue el arquitecto del mítico equipo liderado por Pelé que ganaría el Mundial del setenta en México. Pero no lo dirigió. El asesinato de su amigo, el guerrillero Carlos Marighella, lo encorajó a profundizar las críticas –que nunca escondió– al régimen, que estaba en su auge represivo bajo el mando de Emílio Garrastazu Médici. Saldanha elaboró un dossier de denuncias sobre presos políticos, muertos y torturados, y lo distribuyó a autoridades internacionales durante el sorteo del Mundial. Meses antes del comienzo de la competición, semanas después de haber afirmado en una entrevista: «Cuando Médici formó los ministerios, no me pidió opinión. Por eso no quiero la opinión de él a la hora de formar mi equipo», y después de enormes presiones de la dictadura, fue despedido. Entró en la historia como «João sin miedo».

En junio de 2021, los rumores sobre el malestar de los jugadores de la selección brasileña con la Copa América y la entrevista al capitán Casemiro en la que dijo que la posición del plantel era «unánime» despertaron la esperanza de boicot, y el ejemplo de Saldanha volvió a algunos titulares. Los más optimistas, por no decir ilusos, llegaron a afirmar que los jugadores «estaban del lado del pueblo». Pero la esperanza de que la bastardeada camiseta verdeamarela –ícono del bolsonarismo– se pusiera al servicio de alguna noble causa duró lo que duran las esperanzas en el Brasil de hoy: casi nada. Los jugadores decidieron jugar la Copa América y emitieron un comunicado acorde a lo que se podía esperar de ellos: apenas esbozaron cierto descontento con la Conmebol, sin explicar sus motivos. Ni una palabra sobre la pandemia. Ni una palabra sobre los 480 mil muertos. Ni una mísera condolencia a las familias de las víctimas. Ni una palabra sobre la CBF, ni sobre Bolsonaro, ni sobre Caboclo. Simplemente: «Somos contrarios a la organización de la Copa América, pero nunca diremos no a la selección brasileña. […] En ningún momento quisimos convertir esto en una discusión política». Como si el silencio ante el horror no fuera una posición política. Como si ellos mismos no fueran los principales ilusionistas en la función del bolsonarismo, que pretende que durante un mes las luces del continente y el mundo apunten a lo que ocurre dentro de sus estadios vacíos, y no afuera, donde lo que está vacío son las heladeras y las ollas, y lo que está lleno son los hospitales y los cementerios.

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