El tierno ganado de la web

Me gusta. No me gusta.

Dibujo: Ombú.

La escena fue anticipada: En 2012 el profesor de psicología Michal Kosinski descubrió en la Universidad de Cambridge que sólo con analizar 68 “Me gusta” de un usuario de Facebook podía deducir con muy bajo índice de error el color de la piel, su inteligencia, religión, adhesión política, orientación sexual, si consumía alcohol o tabaco. Desde entonces compañías de marketing y de comunicación estratégica han perfeccionado los modelos de análisis sobre los pasos de los usuarios en la web, y lo que comenzó como un espionaje comercial para usos publicitarios no demoró en convertirse en herramienta política.

El escándalo internacional por el robo de información de 50 millones de perfiles de Facebook para favorecer la campaña presidencial de Trump, día a día revela que son muchas las empresas y agencias que vienen operando sobre los llamados Big Data para manipular el comportamiento de clientes y votantes con mensajes personalizados, según los hábitos, conductas y carácter de cada individuo. Con las herramientas de la psicometría y perfiles bien definidos, contó un Ceo de Cambridge Analytica durante una conferencia en Berlín, en la última campaña presidencial de Estados Unidos crearon publicidad diferenciada para quienes se mostraban proclives a la portación de armas; a los responsables e inestables emocionales les enviaron mensajes centrados en el miedo a los robos; a los conservadores les mandaron fotos idílicas de un padre y un hijo con rifles de caza. Utilizaron sistemas similares para apoyar la campaña por el Brexit, la de Rajoy en las elecciones españolas, la de Peña Nieto en las mexicanas, se presume que en muchas otras. Naturalmente, nadie sabe con exactitud qué índices de eficacia tiene este nuevo modelo que comienza a volver anacrónicos los mensajes únicos y masivos, pero no cabe duda de que lo perfeccionarán, porque lo que todos hemos entrevisto en los últimos diez años, menos preocupados por sus consecuencias que fascinados con la sencillez y la velocidad de los nuevos servicios en la web, es que el camino de la información tiene dos direcciones, y si las computadoras y teléfonos nos conectan con el mundo también nos espían, obtienen los datos de la persona que mira, chatea, intercambia fotografías.

El escándalo por la invasión de la privacidad, los reclamos de la Comunidad Europea, las balbuceantes explicaciones de Mark Zuckerberg frente a los congresistas de Estados Unidos es la puesta en escena de una indignación operística. Las compañías que amenazan retirar la publicidad de Facebook ¿son los nuevos custodios de la privacidad de las personas?, ¿o dan una pelea entre lobos por ver quién saca más provecho del tierno ganado de la web? Porque por asombroso que resulte –el asombro y el estupor acá van de la mano– los usuarios ya hemos aceptado ser espiados en muchos de los órdenes que consideramos privados, y por mucho que se proteste nadie parece dispuesto a renunciar a los beneficios de hablar “gratis” con el otro extremo del planeta, operar una cuenta de banco a distancia o viajar con un cine portátil en el bolsillo.

“La vida privada ha desaparecido –declaró hace poco el profesor Kosinski en una entrevista–. Con toda la información que se va dejando en Internet y otros sistemas (bancarios, celulares, tarjetas de crédito, sistemas de clientes, gubernamentales, etcétera), intentar protegerla es una batalla perdida”. Nuestros mails son cartas que viajan expuestas al cartero, sin goma ni sobre que las cierre, nuestros foros son un semillero de confesiones jugosas, pero una serie de señales sencillas nos han inducido a creer que nos movemos en espacios lacrados. Es una ilusión poderosa, semejante a la naturalidad con que 500 años después de saber que la tierra gira sobre su eje, repetimos que el sol sale en las mañanas y se oculta en la noche. Es necesario tener una cabeza científica para comprender la facilidad con que nos engañan los sentidos y una mente menos ingenua para entender que el mundo se concentra a pasos acelerados sobre una segunda naturaleza, esta vez tecnológica, que define la realidad por la eficacia de los algoritmos, no sólo en obtener información, también en procesarla y extraer a los usuarios toda clase de productos y subproductos capaces de interesar en primer lugar a las compañías publicitarias, que son los principales clientes de las redes sociales, en segundo lugar al Estado, que siempre quiere mejorar su gestión y, en el registro más abierto y globalizado, a la rapiña universal.

La lógica más inocente dice: “Yo no tengo nada que ocultar. Pueden espiarme todo lo que quieran. Soy un miembro vulgar de la sociedad”. La lógica paranoica advierte: “van a averiguar mis secretos, van a cruzar todos los datos y se darán cuenta ¡hasta de las cosas que me oculto a mí mismo!”

El modelo orweliano, con sus ministerios, su gran hermano y su panóptico, fue concebido con relación al régimen de partido único del estalinismo comunista. Estamos lejos de repetir literalmente esa ficción, pero muy cerca de sus alegorías cuando el valor de la privacidad cede terreno al nuevo paradigma de la visibilidad. Ya no se trata de proteger lo propio, ahora se trata de que lo propio no quede oculto. Mientras las redes habilitan y promueven toda clase de exhibicionismos, lógicas más paranoicas acopian y perfeccionan sus lecturas de la caudalosa información, al extremo que dentro de poco no tener huellas en la web será de lo más sospechoso. Precisamente, las nuevas normas para conseguir la visa de entrada a Estados Unidos, en sesenta días exigirán direcciones de correo electrónico, teléfonos, la identidad y las claves utilizadas en 20 plataformas de las llamadas redes sociales a lo largo de los últimos cinco años. El supuesto es que no entregar esa información implica negarse a colaborar, así que los remisos ya pueden abrirse una página y dar algunos pasos en la web, por desinteresados o estúpidos que sean, para que el día de mañana un escuadrón de robocops no les allane el domicilio, acusados de ocultar información a la comunidad. Porque afuera del mundo electrónico sólo quedarán los inmundos, y los enemigos.

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