Todo junto, todo encontrado, todo arde

Argentina.

Manifestación en Buenos Aires el pasado 4 de setiembre reclamando que se declare emergencia alimentaria / Foto: Afp, Noticias Argentinas, Mariano Sánchez

¡Se van, se van estos hijos de puta, se van! Mi amiga mira a la cámara y lo que debería ser un festejo es, en realidad, una catarsis dolorosa. Le saltan las lágrimas y en ese grito están acumulados tres años y medio de despidos en masa, amigos en problemas, gente multiplicada viviendo en la calle, Macri bailando, el periodismo operando, Macri hablando, la doctrina Bullrich, Santiago Maldonado, todo cerrado, Christine Lagarde, el hambre, vínculos desgastados, las ventajas de vivir en un monoambiente, el ventilador como tendencia, los beneficios de no desayunar, la elegancia de Juliana Awada, la palabra sinceramiento, la palabra herencia, la palabra alegría, la palabra transparencia, la palabra ñoqui, la palabra tormenta, la palabra atravesar, la palabra creer, la palabra verdad.

Estoy filmando con mi celular el momento exacto en que nuestro búnker personal para las elecciones Paso se entera de que la fórmula Fernández‑Fernández le sacó, al menos, diez puntos de ventaja a Cambiemos. Hasta ese momento no se sabía nada, y son las 11 de la noche; la tele dice que el sistema de conteo se cayó y Macri, que esta vez no baila porque está perdiendo, nos manda a dormir. Nosotros ya estamos borrachos y miramos TN, porque es el canal oficialista y no queremos ser optimistas –o negadores–, como en 2015. Además, nos gusta odiar a los gritos a los periodistas. Y en ese momento, en que ya parecen ser más de diez puntos, el living de mis amigos se transforma en estadio, todos nos abrazamos, algunos se sacuden como si estuvieran en una clase de expresión corporal, un amigo del dueño de casa está a los alaridos y mi amiga, la que mira a la cámara mientras filmo la escena, llora.

Yo no sé muy bien qué siento en ese momento. Es una emoción intensa, pero que oscila. Hace siete años que vibro en Argentina y su pasión social no sólo no me shockea más, sino que se corresponde con mi carácter general, entonces ahí voy con ella. Algo entre el alivio y la ansiedad por tener motivos reales de festejo. No son tiempos de razón: las alegrías políticas son efímeras y adictivas; el subidón genera una esperanza que trasciende lo propio y de repente hay un futuro posible, razones para seguir viviendo, no todo está perdido, la gente al final no es tan jodida y se da cuenta, y demás pensamientos, todos juntos, todos encontrados, en un momento en que el mundo arde.

Ese domingo algunos nos vamos a dormir y otros salen a las calles a abrazarse con desconocidos. Antes de acostarme, hablo por teléfono con quien viví estos últimos años y reconozco un tono de voz que no escuchaba desde hacía tiempo. Demasiado tiempo.

No sabemos muy bien qué pasará, pero necesitábamos esto.

Han sido tres años y medio de destrucción en tiempo récord en medio de discursos cargados de una psicopatía de manual. Después de los millones de nuevos pobres y la profundización de la miseria, eso es lo más desesperante. La mezcla entre cinismo y mediocridad. Fórmulas llenas de metáforas berretas que generaban ficciones e intentaban marearnos con viajes en el tiempo y espejismos en nuestra subjetividad: “Les hicieron creer que estaban bien”. Escribo en pasado, porque quiero que ya sea el futuro, pero Cambiemos sigue gobernando, a pesar de haberse desentendido de su fracaso. Como el que pierde el juego y rompe la pelota, el macrismo decidió romper del todo al país y echarle la culpa al gobierno venidero –que todavía no ganó las elecciones– por haber puesto nerviosos a “los mercados”. Lo escribo y me río, por lo absurdo, pero también por la brutalidad. Cada gesto y movimiento de este gobierno tiene esa modalidad trágica.

BANCARSE LA PELUSA. Pasaron sólo 26 días desde ese domingo en que tantos festejamos la protoderrota de Cambiemos. Después de un discurso de Macri que quedará en la historia por su nivel de maltrato, amenaza y culpabilización del electorado, todo se precipitó hasta este caos. En tres semanas el dólar pasó de 46 a 62 pesos y los precios se dispararon mucho más rápido de lo normal. Más pobres. Después de que el riesgo país llegara a niveles récord en los últimos 14 años, el gobierno reemplazó a su ministro de Hacienda y decidió entrar en default –le llamó “reperfilamiento” de su deuda externa– e implementar un cepo para controlar el precio del dólar: le llamó “control de divisas”. En medio de esta vorágine muy 2001, causada por “los mercados” aparentemente enojados por una posible victoria de Alberto Fernández, las personas que nos alegramos ese domingo por las Paso estamos en una montaña rusa cotidiana en la que las emociones nadan todas juntas, todas encontradas, mientras todo arde. Manifestaciones masivas por la emergencia alimentaria conviven con nuevos decretos presidenciales para importar basura peligrosa –porque es el fin de la metáfora– desde el primer mundo. Una movilización lastimosa de apoyo al presidente, con personas que sostenían carteles que decían: “Yo te banco, machirulo” (un giro bizarro en eso de transformar la injuria en orgullo), convive con una performance festiva en la ciudad de Buenos Aires, donde cientos de personas hicieron un flashmob en la avenida Corrientes al canto de “Macri ya fue, Vidal ya fue, si vos querés, Larreta también” y recuperaron una alegría callejera nada usual en estos años.

Hay pocas expresiones tan culpógenas y catoliconas como la del durazno y la pelusa, y es la que parece dominar en estas últimas semanas. Mientras seguimos bancando cosas, mientras recibimos las plagas de los dioses mercantiles, mientras cada vez más personas tienen hambre y guardias de seguridad de un supermercado pueden matar a un jubilado por un pedazo de queso, una parte nuestra sigue aliviada y esperanzada. Hay algo infantil que nos permite mezclarlo todo. Porque si ni siquiera sabemos qué puede pasar la semana que viene –de verdad, no lo sabemos–, menos sabemos cómo será un futuro posible en este país ardido.

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