EL oficialismo extrema su discurso

Ultrarradicalismos

Ilustración: Ombú

Las advertencias que la oposición lanzó en el Senado durante la interpelación al ministro Luis Alberto Heber sobre las consecuencias de entregar el puerto a la transnacional belga Katoen Natie se materializaron mucho antes de lo estimado: como consecuencia de una actitud «colonial» de desprecio a los «nativos», por los reclamos salariales, la actividad portuaria se paralizó durante tres días. La reacción del gobierno y los principales sindicatos empresariales fue furibunda. Katoen Natie prefirió, en cambio, gastar en una campaña publicitaria masiva los salarios que niega a sus trabajadores («Somos sueños y proyectos que estamos convirtiendo en realidad»).

El cuadro apocalíptico por el paro no tuvo un antecedente similar –ni en el oficialismo ni en los exportadores/importadores– cuando las navieras decidieron reducir las escalas en los puertos. Los contenedores que «sufrieron» el paro son los mismos que quedaron, quedan y quedarán varados hasta que los transportistas recuperen los beneficios que obtenían antes de la pandemia y se dignen atracar en todos los puertos. Pero el paro sindical y otros acontecimientos, como la denuncia judicial por las inconstitucionalidades y las ilegalidades del monopolio concedido a Terminal Cuenca del Plata, instalaron el habitual discurso reaccionario en un nivel superior y sin disfraces. El rumbo del tono in crescendo de los últimos meses fue correctamente advertido por el Congreso del Frente Amplio: «En nuestro país vivimos bajo un gobierno de derecha, de orientación neoliberal, restaurador y regresivo, […] una embestida contra el Estado para llevarlo a su mínima expresión, una negación hacia la principal fuerza política y una intolerancia hacia los movimientos sociales, […] un manejo poco transparente de la cosa pública y una entrega de la soberanía […] que corre el riesgo de erosionar la calidad democrática».

En Salto, donde el presidente de la república, Luis Lacalle, fue sumamente locuaz, las preferencias y las alianzas de clase quedaron diáfanamente claras: «El gobierno debe cuidar al que se levanta todos los días a trabajar», con lo que excluye a quienes reclaman por sus derechos. Y como te digo una cosa te digo la otra: «Hay que comprender los reclamos, pero no se puede trancar el país». Llegó a ser muy transparente: «Mucha gente va a ser defendida por el gobierno». ¿Quiénes? «La que quiere trabajar y no hacer huelga o paro.» Alzando la voz por encima de quienes protestaban lanzando consignas, aclaró: «Este gobierno no escucha a los que más gritan, sino a los que tienen razón», de modo que la sordera es consecuencia de una selección a priori. Pero, en plan hincha de Boston River, aclaró como acotación al margen: «Cuando termine, hablamos. Miren que yo no me borro».

Las referencias al paro en el puerto y a la denuncia penal por el megamonopolio dejaron de ser advertencias para transformarse en presiones. «Por más esfuerzo que se haga en Salto, si los barcos no pueden salir con cítricos, no vale la pena para el que está acá, agachando el lomo», dijo Lacalle como preludio a un mensaje explícito: «Estoy dispuesto a comparecer ante la fiscalía. […] El 1 de marzo de 2020 lo último que dije fue que si alguien consideraba que había un error, que no mirara para el costado, que yo era el último responsable». De ese modo, antes de que los magistrados emitan su opinión, se adelanta a interferir en el juicio sugiriendo: a ver si se animan a meterse conmigo. «Estoy muy tranquilo con la intención, estoy muy tranquilo con lo que se hizo», dijo al dar su respaldo personal a los jerarcas que negociaron, en secreto, el acuerdo con Katoen Natie, precisamente a quienes el fiscal y el juez deben investigar.

Para algunos, el paro sindical de tres días en el puerto fue una exageración. Otros lo calificaron como un acto inadmisible. A medida que se sumaban las reacciones, el discurso se volvía más virulento y alcanzaba inesperados tonos amenazantes. El aporte descollante correspondió al senador blanco Jorge Gandini, que no ahorró ninguna advertencia y ascendió en la escala del terrorismo verbal con una coherencia y una lógica que descartaban cualquier exceso impremeditado explicable por la vehemencia de un arrebato. «Es un grado de enfrentamiento al gobierno coordinado, ajustado en los tiempos, en un operativo político sindical, funcional uno con el otro, para instalar la idea de cuando peor, mejor», dijo en una entrevista concedida a En perspectiva. Su discurso ensambló con eficiencia una serie de conceptos –situación difícil, operativos coordinados, crispación, descontrol, ultrarradicalismo, conflictividad, desestabilización– que inducían en el oyente conclusiones muy por encima de la estrechez individual de cada palabra.

Para instalar la imagen de un gobierno en peligro, Gandini hilvanó estas frases: «¿Hasta dónde tiramos de la cuerda en un momento delicado que está pasando el país? El asunto está puesto en la convivencia ciudadana, en la manija a la gente para que reaccione movilizándose y poniendo al gobierno como foco». Inevitablemente, la advertencia: «Esas cosas, cuando empiezan, nadie sabe dónde paran, porque la manija no se controla y la gente actúa más allá de lo que querían los dirigentes». Los dirigentes son unos irresponsables, pero el verdadero peligro es la masa desbocada: «La crispación agrega un estado de ánimo que se puede descontrolar, ¡y qué terreno fértil para los más radicales, que son más radicales que los radicales del Frente Amplio!». Instalado en el tablado el verdadero enemigo, ese que siempre está presente en las sombras, al acecho, el desenlace es previsible: «Y cuando estos toman el liderazgo, nadie sabe dónde paran. Esto lo vivimos durante la pandemia. Hubo intentos de desestabilizar las acciones que el gobierno llevaba adelante. Estamos en una época muy difícil». Gandini se abstiene de decir cómo enfrentar ese peligro. Pero finalmente revela la razón de su desvelo: «Empezamos a caminar por una línea fronteriza muy peligrosa: la conflictividad, el paro, el enfrentamiento, la movilización callejera y el objetivo de ganar una elección, que tiene que ser un plebiscito».

Como contraparte de este discurso desencajado y tremendista –que, al parecer, el hombre de la calle no vivió con esa intensidad de inestabilidad institucional– aparecen la frustración, la incomprensión, el dolor de la puñalada trapera. Hicimos todos los deberes y nos comportamos como discípulos aplicados y sumisos del neoliberalismo, y la Unión Europea nos pone en la lista gris de los que fomentan la evasión impositiva y nos expone como cómplices de los delincuentes de cuello blanco, esos que aparecen en los Pandora Papers. Los ultrarradicales se han infiltrado en la Comunidad Europea, no le quepa duda.

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