Un cambio de época – Brecha digital
La pandemia como posible catalizador

Un cambio de época

AFP, JULIO CÉSAR AGUILAR

La idea de que las dos guerras mundiales fueron en realidad parte de una larga guerra civil europea que empezó en 1914 y terminó en 1945 ha sido manejada por historiadores tanto conservadores (es el caso del alemán Ernst Nolte, un discípulo del filósofo Martin Heidegger) como socialistas (es el caso del marxista italiano Enzo Traverso).

Aunque a esas conflagraciones siguió una sorda, y a veces no tan sorda, disputa entre los dos grandes bloques emergentes –el mundo comunista, liderado por la Unión Soviética, y el mundo capitalista, con Estados Unidos a la cabeza–, se pudo evitar con éxito una tercera guerra abierta de las características que habían tenido las dos anteriores.

A ello habrán contribuido seguramente varias líneas causales; los arsenales atómicos de las grandes potencias y su muy convincente capacidad de disuasión habrán sido, sin duda, un factor no menor de apaciguamiento.

Pero hubo algo más: una especie de compromiso histórico entre el capital y el trabajo, en los países del capitalismo central, que proporcionó las bases para la constitución de los Estados de bienestar modernos. Distintas circunstancias explican el hecho de que esos Estados de bie-nestar no hayan sido todos iguales entre sí. Según una clasificación bien conocida, que debemos al sociólogo danés Gøsta Esping-Andersen, en los países del capitalismo central llegó a haber tres grandes tipos de Estados de bienestar: uno liberal, uno corporativo o conservador y uno socialdemócrata.

La tipología de Esping-Andersen pone el énfasis, especialmente, en dos cosas: primero, el grado en que los individuos y las familias pueden acceder a un nivel de vida aceptable con mayor o menor independencia del grupo de estatus al que pertenecen; segundo, el grado en que pueden acceder a un nivel de vida aceptable con mayor o menor independencia de su capacidad contributiva.

El Estado liberal de bienestar tiende a promover el mercado como proveedor de bienestar y atiende, como opción de última instancia, solamente a los individuos y a las familias que no disponen de los medios económicos para comprar esos bienes en el mercado. El Estado conservador de bienestar tiende a beneficiar a los distintos grupos de estatus (militares, profesionales universitarios, burócratas y trabajadores de cuello blanco) de manera diferenciada. El Estado socialdemócrata de bienestar tiende a dar preeminencia a los servicios nacionales únicos y a las prestaciones estrictamente universales, independientemente de los niveles de ingreso y de la pertenencia a grupos de estatus de los individuos y las familias.

EL MARGEN IZQUIERDO DEL SISTEMA

Este panorama, pintado en trazos muy gruesos, describe los límites de lo que podríamos llamar la discrepancia o la disidencia «aceptada» o «legítima» en los países del capitalismo central de posguerra. Las fuerzas políticas que actuaban dentro del sistema, tanto las de izquierda como las de derecha, tironeaban para desligar más o menos los niveles de bienestar de la capacidad contributiva o de la pertenencia a grupos de estatus de los individuos y las familias, pero las reglas del juego establecido dejaban poco margen para aventuras más radicales.

Las propuestas más radicales emergieron en los márgenes del sistema establecido, muchas veces en el marco de la acción de grupos de militancia extraparlamentaria. La izquierda más radical puso el acento en los excluidos: inmigrantes, desocupados, poblaciones estigmatizadas (locos, presos, prostitutas, homosexuales), etcétera. Con el tiempo, muchos de estos discursos que se ocupaban de lo que ocurría en los márgenes del sistema se volvieron centrales (mainstream), primero en el mundo académico y luego en el mundo político.

En los países del capitalismo periférico la cosa fue distinta, pero no tanto. Las izquierdas radicales de las periferias sospecharon durante décadas de la mera posibilidad de exportar al tercer mundo ese modelo de concordia entre el capital y el trabajo, por cuanto entendían que el modelo solo ofrecía bienestar para los ricos del mundo y condenaba a la exclusión a las grandes mayorías. Uno de los postulados sobre los que esa izquierda se asentaba era el siguiente: el capitalismo es excluyente en todo tiempo y en todo lugar, excluye en el orden doméstico y lo hace también en el orden internacional; si uno no ve a los excluidos, es simplemente porque no está mirando bien.

Hoy, con las teorías del imperialismo, el desarrollo desigual y la dependencia en horas bajas, las izquierdas del mundo periférico terminaron viendo con buenos ojos –con mejores ojos que nunca antes– la extensión de ese modelo a los países del capitalismo dependiente.

EL MARGEN DERECHO DEL SISTEMA

¿Y la derecha radical? ¿Qué pasó con los que perdieron la guerra civil (europea), sus hijos y sus nietos?

Nunca se fueron. Es verdad que sus intelectuales (ya fueron mencionados dos: Nolte y Heidegger; la lista podría ser mucho más larga e incluir a autores como el alemán Ernst Jünger, el italiano Julius Evola y el francés Alain de Benoist, entre muchos otros) no descollaron en el mundo académico: un mundo que muchas veces no los admitió y en el que muchos tampoco querían ser admitidos.

Amici del Vento fue un grupo de música folk del ámbito de la derecha neofascista italiana surgido a mediados de los años setenta, los «años de plomo» en Italia. Algunos de los versos1 de su canción «La ballata del compagno», de su primer disco, Trama nera (1977), pueden servir, quizás, para ilustrar los puntos de vista que dominaban en los márgenes derechos del sistema:

«Camarada proletario, cinco hijos y una esposa,/ hace treinta años te dijeron: “Ahora que los yanquis nos han puesto en el poltrón/ verás tarde o temprano que serás el patrón”./ Han pasado treinta años, algo ha salido mal,/ en lugar de darte casa te hacen abortar.

Joven camarada que vas de feminista/ y que escupes a los hombres, en la cara, tus puntos de vista,/ no se te puede culpar por ser un poco casquivana,/ así quizás puedas creerte que hay alguien que te ama.

Camarada adinerado que vas de intelectual,/ mientras en tu piscina cantas la Internacional,/ no son tus ideas sino solo el capital/ el que ha conquistado a los líderes del marxismo nacional.

Camarada Jesucristo, te hicieron leninista/ para demostrar lo sagrado del evangelio comunista,/ por favor vuelve y con mano segura/ limpia el templo de toda esta basura».

La canción tiene 45 años; su letra podría haber sido escrita la semana pasada. En los márgenes derechos del sistema el discurso apenas ha cambiado en más de medio siglo. Lo que ha cambiado, sin duda, es que ya no es marginal. Algo parecido le pasó a la izquierda radical: muchos de sus discursos fueron absorbidos por las corrientes principales de la época, primero académicas y después políticas. Pero, a diferencia de ellos, los discursos de la derecha radical todavía parecen desafiar al sistema. Aunque no lo hagan, o sí, al menos lo parecen. Se lo parecen a mucha gente. Los primeros, ya no tanto.

Es temprano para decirlo, pero quizás el mundo que emergió en la segunda posguerra, el mundo del compromiso histórico entre el capital y el trabajo, haya llegado a su fin. Quizás estemos asistiendo a un cambio de época. O quizás no. Nos falta distancia histórica para saberlo.

Habría que considerar una hipótesis, que no es posible desarrollar aquí: que la pandemia haya actuado como un catalizador, como un acelerador de ese cambio. Es un hecho que ha generado grandes cantidades de desconfianza social, una desconfianza profunda, una desconfianza que clama por una «enmienda a la totalidad», como dicen en España. Está por verse, todavía, cómo se canaliza toda la fuerza social de ese descontento.

1. Torpemente traducidos por el autor de esta nota, con algunas licencias y recortes aquí y allá.

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