Un hilo demorado

Tanagras en el Museo de Artes Decorativas.

Esta exposición de una veintena de tanagras1 en el subsuelo del Palacio Taranco tiene la capacidad de remontarnos a la antigua Grecia con un mínimo de recursos arqueológicos, pero con un máximo de aprovechamiento visual y expositivo. Se denomina “tanagras” a unas figurillas de terracota producidas por moldes desde fines del siglo IV a C, en la localidad de Tanagra, en la región de Beocia. Desde allí se comercializaron a todas las colonias griegas del Mediterráneo antiguo, como Alejandría, al occidente del delta del Nilo, Tarento, en la Magna Grecia, y Centuripe, en la insular Sicilia. Tuvieron una difusión masiva, fueron encontradas a partir del siglo XIX en ajuares funerarios y en las casas. Representan personajes reales –mujeres, niños, animales– y también deidades, por lo que se sabe que cumplían diversos propósitos: lúdicos, culturales, religiosos, recreativos en un sentido amplio, acordes a las costumbres de diferentes períodos, los estamentos sociales y las circunstancias geográficas e históricas.

Las pequeñas estatuillas poseen rostros delicados y cuerpos que han sido horadados por el paso del tiempo y las inclemencias de los elementos. Conservan, empero, una elegancia básica y clásica al mismo tiempo. ¿Elementos decorativos? Hay que desconfiar de esta función ornamental, pues hasta la necesidad de lo superfluo esconde un ansia votiva, propiciatoria. La elegancia radica en el equilibrio de las piezas bien plantadas, en la desnuda rodilla que asoma sensual en Afrodita, por debajo del pliegue de la himatión, en el codo flexionado y en el abanico como elementos de garbo y distinción.

Por decir fútbol

Beocia exporta los sueños de los dioses a una escala doméstica, plausible. Las estatuillas son como juguetes, en tanto que las personas también lo son de los dioses, y en ese intercambio compensatorio se administran las creencias, se dosifican y se tornan un poco más mundanas.

En otra vitrina, las tanagras que representan niños con animales y frutas apetitosas nos informan de una concepción idílica y bienaventurada de la infancia. La oca transporta al niño, el cerdo también. Un pequeño se sirve de un racimo de uvas. Es una niñez dionisíaca que prefigura lo angelical, pero todavía no lo predica ni lo practica. Una infancia que debe complacer a los dioses, así como los animales complacen a los humanos o sencillamente nos invitan a vivir.

A veces alcanza una diminuta cabeza de Afrodita arrancada del cuerpo de la tierra cocida hace miles de años para atisbar el esplendor de una época y el refinamiento de toda una cultura. El ebrio Sileno sentado en una roca derrama el vino de una pátera diminuta o tal vez observa su cabeza calva reflejada en el fondo del recipiente. El caballo tieso, el león oscuro, el gallo parecen cercanos en el tiempo. El ave de corral se asemeja a esas gallinitas bruñidas que levantan aún hoy las manos alfareras de las mujeres en Itá, cerca de Asunción.

Por una cabrita del siglo III a C pasaron todos los niños de los eras, un mar de ojos sorprendidos, incluidos los míos o los tuyos, un hilo demorado que nos une por igual. Esta cabra y el león “se elaboraron con la técnica del modelado en arcilla y no por el molde, como otros objetos”, se lee en un texto de sala de Laura Beovide, la curadora.  En su época gozaban de vívidos colores; ahora las abraza una pátina parecida al musgo. La cabra porta un encantador aire rústico, sintético, y el león ha quedado rabón y de hocico caído, manos y patas truncas: parece rendido ante una ofrenda sin término. Por uno solo de estos animales vale la pena la visita a esta exposición. El viaje se multiplica, con creces.

1.   Tanagras. Lo sagrado y lo profano en la antigua Grecia. Museo de Artes Decorativas. Palacio Taranco.

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