Un mundo nauseabundo - Semanario Brecha
TEATRO. En La Gaviota: Slaughter

Un mundo nauseabundo

ALEJANDRO PERSICHETTI

Esta pieza escrita en el 2000 por el reconocido dramaturgo uruguayo Sergio Blanco remite a un tema universal: la guerra. Al autor le interesan los significados de las palabras y los sentidos multiplicados de las traducciones, por ello, este título en inglés puede interpretarse como ‘sacrificio’, ‘matanza’ o ‘carnicería’. A su vez, los tres personajes que aparecen en escena (Él, El Soldado y Lea) se encuentran en un apartamento cerrado, que tiene una gran ventana que no puede abrirse. Entre el poco aire que apenas circula, se encuentran para dialogar sobre sus fantasmas. La directora, María Dodera, recrea este ambiente aparentemente cotidiano y lo transforma en una atmósfera siniestra y opresiva en la que el elemento lumínico (con diseño de iluminación de Nicolás Amorín) tiene un rol preponderante. De este modo, lo que vemos se torna un doble tránsito entre realidad y mundo onírico, uno generado por los efectos físicos y emocionales que el horror de la guerra imprime como un sello cruel en sus veteranos.

Los tres actores, Leonor Chavarría, Sebastián Silvera y Franco Rilla, conforman un trío que reconstruye tanto un mundo interior angustiante como otro exterior amenazante. En sus diálogos hay una tensión que se sostiene y por momentos explota, en un estado perturbado que los tres intérpretes logran a la perfección en las diferencias de sus propios universos. Blanco dibuja en esos personajes la humanidad en todas sus dimensiones, la sensibilidad extrema de la empatía y la vivencia del dolor, así como la capacidad destructiva hasta límites inimaginables. La directora refuerza esa idea de los seres que, en su pasado, han perdido parte de su humanidad por portar una causa ajena en la confección de un vestuario minimalista diseñado en retazos de jeans (a cargo de Florencia Rivas), una especie de coraza que los transforma en autómatas de este sistema enfermo.

El texto tiene la capacidad premonitoria de predecir ciertos hechos, como los atentados del 9/11, y los personajes los miran incrédulos a través de esa ventana que les devuelve un afuera demasiado descarnado. La capacidad del autor para construir una ficción demasiado real devela su sensibilidad para interpretar ese mundo neoliberal, signado por guerras que sostienen una economía sin ética.
El ambiente clausurado remite a un encierro que nos recuerda a momentos vividos por todos hace poco tiempo, en el que las guerras parecen tomar otras armas y el sometimiento del humano pasa por los grandes medios y las amenazas biológicas.

En ese apartamento de 50 metros cuadrados, estos tres seres transitan y dialogan de heridas interiores, que se expresan de forma fuerte en sus consecuencias físicas y emocionales. Lea sufre las consecuencias del síndrome del Golfo, transmitido por Él en sus órganos femeninos, y vive una pérdida dolorosa y cruel. Él arrastra los efectos nefastos del insomnio y las alucinaciones que lo persiguen confundiéndolo todo. El Soldado tiene las llagas de las muertes impresas en su iniciación (¿un reflejo de Él?). Otro personaje inerte, un pescado muerto en un plato, acompaña todas las escenas, lo que despierta en la imaginación un olor nauseabundo que no está presente, pero que construye con solvencia la atmósfera asfixiante que los rodea.

Con maestría, Blanco dibuja en esta tríada el horror puro y duro, que amplifica con intervenciones externas, a través de imágenes de una televisión que devuelve fragmentos de una realidad mediatizada y manipulada, una ventana que muestra un exterior que remite a esa barbarie que el autor ha explorado en varias de sus piezas y un teléfono que recibe llamadas que arrastran historias de esta realidad sin esperanza. Sin embargo, deja rondando la idea de que en este mundo contemporáneo las guerras son limpias, tanto como la suela de las botas de los soldados, tanto como ese apartamento-refugio en apariencia impoluto. Dodera compone a la perfección este cuadro desolado, y logra una gran dirección de actores gracias a la que sus intérpretes brillan y llevan adelante este duro texto con solvencia. Cierra el círculo de esta creación la composición original de la banda sonora a cargo del actor Franco Rilla (quien participó en las piezas anteriores de la directora El accidente y Último encuentro), que acompaña a esos seres en sus angustias existenciales. Para un teatrero, poder ver esta pieza en un bastión teatral como el Teatro Stella es una cita ineludible. La pieza continúa los domingos de octubre en la mítica sala Dos.

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