Un tesoro

Punta Gorda es una barranca al norte del departamento de Colonia, entre Carmelo y Nueva Palmira. Todo parece detenido: las casas a la altura de la costa, con redes a la vista y sombra de palmeras, ceibos y álamos. Las construcciones sobre la barranca y un camino de tierra hacia el viejo hotel y parador.

Rincón de Darwin / Foto: Daniel Erosa

La primera vez que estuve en Punta Gorda era un niño de 6 años. De entonces sólo quedan la idea de un shorcito azul, mojado y corto, una piscina pública en la barranca desde donde podía verse el lugar donde los ríos Paraná y Uruguay dan origen al Río de la Plata, y un nombre y un sobrenombre que me sonaban extraños como me suenan ahora: “Bocha” y Lenín.

Vivían en una casita de madera sobre la barranca y compartíamos una lejana mezcla de sangre. Puedo imaginar que ella cocinó algo para ofrecernos, y que él –recuerdo todo su pelo blanco, el de los brazos, el de la cabeza, el de la cara– intentaba entretenernos a mi hermana y a mí con historias de la zona. Aunque Lenín obvió contarnos –para proteger nuestro sueño– que en esas playas donde se levanta “la pirámide de Solís” el español fue devorado por los guaraníes frente a sus compañeros, habló de animales largos como cuerdas de saltar y colmillos como agujas, y de los restos de la Batería de Rivera, una fortificación artillada ubicada a 25 metros de altura desde donde las balas de ocho quilos podían recorrer hasta tres quilómetros.

No recuerdo las formas de la casa ni los adornos repartidos sobre muebles antiguos. Tampoco recuerdo la luz de aquella tarde aunque recuerde el río, allá abajo, y unas islas verdes a lo lejos, que fueron probablemente el primer territorio argentino que pude ver. Hace unos meses escribí una historia donde un niño sonámbulo y su padre viajan a la casa de una tía del padre a cobrar las migajas de una venta. No tenía claro cuál sería el lugar y aproveché un viaje con mis tíos y mi hijo a Nueva Palmira. Mis tíos ajustarían unos temas burocráticos vinculados a mi abuela y al cementerio. Mi hijo y yo aprovecharíamos el paseo. Bocha y Lenín ya no estaban.

Punta Gorda es una barranca al norte del departamento de Colonia, entre Carmelo y Nueva Palmira. Si uno conoce Nueva Palmira, el viaje siempre incluye los cinco minutos hasta Punta Gorda, donde todo parece detenido: las casas a la altura de la costa, con redes a la vista y sombra de palmeras, ceibos y álamos. Las construcciones sobre la barranca, desde donde ahora otros niños creen ver a las islas en movimiento, y un camino de tierra hacia el viejo hotel y parador.

Mientras caminábamos le conté a mi hijo que en ese lugar había estado Charles Darwin. Complementé la vaga idea que él tenía del naturalista inglés recordándole un sapo que lleva su apellido y al que vimos una vez en el Cabo Polonio trepando una piedra.

—Aquel sapito que parecía una persona chiquitita así –recordó Genaro.

—Acá encontró restos de mamíferos del cuaternario –le dije–: el milodón, el toxodón y el gliptodonte.

Mi hijo juntó los dedos de la mano y los movió hacia atrás y adelante. Entrecerró los ojos mientras sacudía ese pico de pájaro invertido. Le aseguré que era verdad, que podía comprobarlo.

Ese gesto de “quién te va a creer eso” también lo hace el niño del relato “En el fondo del aljibe”, pero de manera involuntaria, mientras duerme despierto. Hay un pájaro, al final, al que prenderá fuego, para que de alguna manera la historia se repliegue sobre sí misma. En medio de ese viaje, volviendo con la infancia de mi hijo a mi propia infancia, decidí ambientar en Punta Gorda la historia que tenía en la cabeza. Era a ese lugar que irían padre e hijo, en el relato, a cobrar la deuda:

“Parecía el pico de un pájaro la mano diminuta, y el padre, sofocado también, llegó a creer que soltaba palabras, que unas veces tenían origen en el chirrido de los asientos delanteros y otras en el constante zumbido del motor.”

Esa tarde con mis tíos y mi hijo bajamos a la playa. Antes de que se metiera al agua tiramos piedras repitiendo un ritual que yo había aprendido en vacaciones de verano en Nueva Palmira. Nunca vi una raya, pero me advirtieron que después de la siesta esperaban en el fondo barroso del río para cortar los tobillos de los que no querían dormir. Por la repulsión que me generaba, además, el viscoso fondo del río, muchas veces me zambullía apenas entraba al agua, intentando mantenerme a flote con movimientos rápidos y sostenidos. Alguna vez hasta me raspé el pecho por querer pisar lo menos posible.

No le dije a mi hijo que las piedras eran para espantar rayas. Él creyó que nos movía el mismo aburrimiento de otras tardes o la intención de hacerlas saltar la mayor cantidad de veces sobre la superficie. Un niño y un hombre se acercaron. El niño tenía un gorro de visera con inscripciones y una bermuda que le llegaba a las rodillas. Entró al agua sacudiendo un calderín. Genaro se le acercó y comentaron alguna cosa que no alcancé a oír. Con la misma intención el hombre que lo acompañaba murmuró un saludo y dejó caer una mochila de caza de la que fue sacando redes, pedazos de carne oscura, cuchillos, piedras, bolsas de nailon y atados de ropa.

Mis tíos aprovecharon el sol bajo para dar una vuelta por la costa. Iban a pedirle a mi hijo que los acompañara pero lo vieron entretenido y siguieron el camino mirándose la punta de los pies.

El hombre le dijo a los niños que un poco más hacia el norte estaban las mejores mojarras. Caminaron una veintena de metros por la orilla. Él desenvolvía una red y prefería tirarla lejos de las voces de ellos. Dio algunos pasos hacia adentro del río y arrojó la red, que formó un círculo perfecto antes de caer. Después estuvo tirando de una cuerda y recogiéndola. Cuatro o cinco veces la tiró. Yo lo observaba sentado en la orilla. De a ratos lo miraba a él, de a ratos buscaba a mi hijo, que daba saltos y correteaba alrededor del otro.

—¡Tenés que ver esto, papá! –me gritó en un momento. Empecé a caminar hacia donde estaban. En una botella de plástico habían metido tres mojarras que daban vueltas. El otro niño la levantó y las miró a contraluz. La cara se le iluminó con unas fosforescencias que corrían hacia todos lados: arrugas blancas y temblorosas.

Les dije que jugaran un rato más, que en unos minutos nos teníamos que ir.

Volví hacia el pescador. Los mosquitos me zumbaban en las orejas. Me golpeaba los brazos, las piernas.

—Ahí tiene –me dijo–, pongaseló. –Y me tiró un frasco de plástico que agarré en el aire. Era una crema casera en un frasco blanco. Tenía un aroma fuerte a clavo de olor.

—Gracias –le dije, sentándome. Me pasé la crema por los brazos y las piernas mientras lo oía.

—¿Paseando? –preguntó, sentándose también, y buscando en el bolso un paquetito de tabaco casi redondo y un librito de hojillas.

Le dije que habíamos ido por unos trámites al cementerio y que aprovechábamos para pasear un poco.

—Cementerio –repitió, apretando el cigarro, mientras rodeaba el fuego con las manos–. Trabajé veinte años en el cementerio de Carmelo.

—Debe de tener muchas historias para contarle a su hijo antes de dormir.

–Es un sobrino –dijo mirándolo–, yo no tengo hijos. Cuentos, sí, montones.

Se quedó un rato mirando la tierra, como si estuviera pensando si valía la pena ponerse a contar algo. Cuando levantó la vista vio que yo estaba mirando la atarraya.

—Puros bagres –soltó.

Armé un tabaco. Cuando me lo puse en la boca me acercó el encendedor. Tenía las manos grandes, y aunque eran oscuras en algunas partes, los callos las volvían blancas.

—Lo más raro que hice fue dejarle a un hombre una calavera en las manos –me dijo, y calló a propósito, sabiendo que iba a querer saber más–. La calavera de Julia Lafranconi, una contrabandista que murió muy vieja, en la isla Juncal. Dicen muchas cosas, hasta que la casa estaba cubierta de panales que hacían chorrear la miel por las paredes. También dicen que dejó un tesoro. A eso me dedico yo ahora, a buscarlo. Empecé a entusiasmarme cuando llegó aquel hombre. Un tipo alto con un bigote grueso como un cepillo. Dijo que era escritor, y que era argentino, aunque no hablaba como la mayoría de los argentinos. Lo acompañaba una mujer, pero ella se quedó unos cuantos pasos más atrás, y cuando saqué la calavera de la urna dio un grito y se perdió entre los cipreses. Enterré y desenterré tanta cosa que ahora creo que merezco desenterrar algo que valga la pena. ¿Usted a qué se dedica? –me preguntó, hundiendo dos dedos en el paquete de tabaco.

—Vendo repuestos de auto
–le dije mientras me paraba–, pero no me gustan los autos.

Le hice una seña a mi hijo y vi venir a mis tíos por el camino.

—Que tenga suerte –le dije despidiéndome.

El hombre me apretó la mano con fuerza. Trasmitía tanta seguridad que llegué a creer que el tesoro imaginario de Lafranconi era capaz de volverse real en sus manos.

—Igual usted.

Sus palabras viborearon sobre la superficie del río hasta desaparecer.


Horacio Cavallo nació en Montevideo en 1977, es narrador y poeta. Ha publicado más de una docena de libros de poesía, narrativa y literatura para niños, entre los que destacan: Oso de trapo (Trilce, 2008, Premio Municipal de Narrativa 2007); El silencio de los pájaros (Álter ediciones, 2013, Premio Nacional de Literatura del Mec 2015); El revés asombrado de la ocarina (Ediciones de la Crítica, 2006, Premio Nacional de Literatura –compartido– del Mec 2006); Figurichos (Ediciones de la Banda Oriental, 2014, premio Bartolomé Hidalgo); Hojas de otoño (Pez Tirolés, 2016, premio Fondos Concursables 2014). Participó en festivales literarios de México, Venezuela, Bolivia, Brasil, Chile y Uruguay.

Artículos relacionados