La apuesta neoliberal para derrotar a Trump

Una fórmula repetida

La elección de Kamala Harris como vice del candidato demócrata a presidente de Estados Unidos vino a confirmar la reciente derrota sufrida por el ala izquierda de ese partido. Con ideas muy similares a las de Joe Biden y una carrera judicial marcada por el punitivismo, su impronta contrasta con los recientes levantamientos populares en ese país.

La senadora Kamala Harris durante la primera conferencia de prensa junto con Joe Biden, el 12 de agosto, en Wilmington, Delaware. Afp, Olivier Douliery

Después de meses y semanas de riñas, críticas, genuflexiones y arañazos, y de varios plazos incumplidos, Joe Biden finalmente eligió a su compañera de fórmula: la exfiscal de carrera y senadora por California Kamala Harris.

El proceso de selección para la candidatura a la vicepresidencia fue particularmente caótico este año, con distintas facciones opuestas entre sí –desde seguidores de Biden hasta militantes progresistas, pasando por funcionarios del partido y grupos de donantes– luchando por influencia, presionando e incluso amenazando a Biden para que eligiera a quien ellos querían.

Por decir fútbol

Los ansiosos contendientes se reunieron en privado con Biden, aparecieron con él en televisión, se desesperaron por financiarle la campaña, todo para, de repente, caer en desgracia. A veces él destrozaba cruelmente sus esperanzas en directo por televisión, otras veces se hundían por filtraciones a los medios destinadas a socavarlos. Inmerso en este agitado proceso, Biden incumplió hasta tres de los plazos que él mismo se había impuesto para elegirse compañía.

Lo cierto es que la forma en que se dio esta búsqueda de vice estuvo lejos de ser excepcional. Históricamente Biden ha tenido la reputación de carecer de disciplina y de ser alguien indeciso, algo que incluso ha sido señalado por medios generalmente amistosos con su figura, como la cadena NBC. Estas características se manifestaron desde el comienzo de su campaña en la interna demócrata, que empezó con un lanzamiento tardío a la precandidatura, y tan es así que se perdió de reclutar a varias figuras importantes del partido. Incluso sus fans de The New York Times han tenido que recurrir a diversos eufemismos para adornar estos problemas: por ejemplo, a «su proceso no lineal de toma de decisiones» o a su «hábito de estirar los plazos de una manera que deja ansiosos y molestos a varios demócratas».

Es decir, Biden lleva a cabo una campaña que puede calificarse, como mínimo, de relajada. Su regreso a la arena política y su victoria en las primarias se debió en gran parte a una coalición de medios centristas y de demócratas tradicionales que trabajaron arduamente para empujarlo hacia adelante a pesar de todo, incluso de él mismo. Es difícil saber si esto marcará también la eventual presidencia de Biden, pero lo cierto es que las diferentes facciones dentro del partido que respaldaron la elección final de Kamala Harris como su compañera de fórmula supieron aprovecharse de ello.

LA FISCAL DE MANO DURA

El posible ascenso de Harris a la Casa Blanca confirma algo que la propia nominación de Biden ya indicaba: la derrota, al menos temporal, de la izquierda demócrata.

Es que ella personifica como nadie al Partido Demócrata moderno, un partido en el que la imagen pocas veces coincide con el contenido. Desde que se tiró a precandidata en 2020, Harris se ha presentado a sí misma como una «fiscal progresista»; sin embargo, esa caracterización resulta difícil de conciliar con su historial como fiscal de distrito y fiscal general del estado de California, cargos en los que se desempeñó antes de ser elegida senadora en 2016.

Aun para un partido que ha sabido albergar el enfoque de «mano dura contra el crimen» impulsado en las últimas décadas por gente como Bill Clinton o el propio Joe Biden, la figura de Harris destaca por su punitivismo feroz: como fiscal, supo luchar a brazo partido para mantener en la cárcel a personas inocentes a través de tecnicismos, a pesar de multitud de evidencias e incluso apelaciones en contra (The New York Times, 17-I-19), bloqueó cuando pudo las indemnizaciones de gente que había sido condenada injustamente (Bloomberg, 14-10-19) y nunca perdió la oportunidad de abogar por que se mantenga tras las rejas a delincuentes no violentos, con el argumento de que afectaría la fuerza de trabajo de las prisiones (The Daily Beast, 11-II-19). También trató de dar por tierra una demanda para poner fin a las prácticas de confinamiento solitario en las cárceles de California en el caso Ashker versus Brown y negó a reclusos trans el acceso a cirugías de reasignación de género, como admitió en una conferencia de prensa en Washington DC en enero de 2019.

Un reciente informe (The American Prospect, 30-VII-20) detalla cómo Harris se arriesgó a ser detenida por desacato tras resistirse a una orden judicial de liberar a prisioneros no violentos, algo que en su momento el decano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Berkeley llegó a comparar con la resistencia del sur estadounidense a los fallos antisegregación de los años cincuenta (NPR, 30-IV-13).

Pero no hay que engañarse con ese prontuario de dureza brutal. A Harris le encanta reírse. En marzo del año pasado se hizo viral un video suyo en el que se ríe a mandíbula batiente mientras cuenta cómo mientras era fiscal general de California aplicó todo el peso de la ley a los padres de niños que se ausentaban de clases –entre ellas a una madre cuya hija de 11 años había faltado 20 días a la escuela–, algo que en California es un delito penal desde 2011. Otra cosa que divierte a Harris es el eslogan –absurdo para ella según una charla que dio en 2013– de los manifestantes antipunitivistas: «Construir más escuelas y menos cárceles». La misma gracia le causa la idea de legalizar la marihuana. Años después, en febrero de 2019, se rio de nuevo en un programa de radio al que concurrió apenas postulada a la interna demócrata, cuando recordó con cariño los años mozos en los que se fumaba algún porro (CNN, 11-II-19). Pero el chiste es más gracioso si se tiene en cuenta que ya de más grande, mientras se desempeñaba como fiscal de distrito en San Francisco, Harris había mandado derechito a la cárcel a unas 1.900 personas por delitos relacionados con la marihuana, de acuerdo a registros de la fiscalía de dicho distrito. Lamentablemente para la audiencia de aquella entrevista del año pasado, Kamala se olvidó de contar el remate.

KAMALA LA GENEROSA

La dureza que Harris mostró hacia los pobres durante sus años en la Justicia tal vez sólo sea empatada por la simpatía que le despiertan los poderosos. En un caso de 2013, Harris desestimó una recomendación de su propio equipo de fiscalía de enjuiciar al banco propiedad del actual secretario del Tesoro, Steven Mnuchin. Años más tarde, Mnuchin, republicano pero memorioso, donó a la campaña de Harris para el Senado (The Intercept, 13-I-17).

A pesar de que California es el epicentro de estafas hipotecarias perpetradas por bancos y empresas inmobiliarias que asedian a la clase media estadounidense, el equipo de tareas contra los fraudes hipotecarios de la oficina de la fiscal Harris fue uno de los que menos casos de este tipo procesó de todo el sistema judicial estadounidense, según datos del Departamento de Justicia. En lugar de usar su oficina para restringir el crecimiento de los monopolios tecnológicos, una serie de correos electrónicos obtenidos recientemente por el Huffington Post (17-VII-20) muestra que ella se dedicó más bien a cortejar estas empresas, recibiendo a cambio un importante respaldo financiero de Silicon Valley para su campaña en la interna demócrata.

UNA COMPAÑERA DE FÓRMULA IDEAL

Si Harris no es entonces la progresista con ideas innovadoras y ambiciosas que dice ser, ¿qué es exactamente lo que aporta a la fórmula con Biden? Los medios más cercanos a los demócratas apuntan a su ascendencia mixta, india y jamaiquina, que esperan entusiasme a los votantes de minorías raciales, y a su estilo duro y agresivo de debatir, que imaginan desplegado contra Trump y, en particular, contra el vicepresidente Mike Pence.

Pero el electorado, mal que les pese a los demócratas, no parece tan fácil de persuadir con estos argumentos. Lejos del extraño mundo de los consultores y los medios liberal-progresistas de Estados Unidos, las minorías no se vuelcan a votar automáticamente por cualquier candidato que comparta su color de piel o su origen nacional. Después de que Harris abandonó la precandidatura demócrata, el portal Politico reveló cómo la senadora había fallado estrepitosamente en su objetivo de lograr el apoyo de los votantes negros, que prefirieron a los blancos Biden y Sanders antes que a ella. Finalmente, se retiró antes de que se celebrara incluso la primera de las primarias demócratas.

El mal desempeño de Harris en las encuestas reflejó el de su propia campaña en términos de programa y participación televisiva, en la que tropezó en los debates y dio marcha atrás en sus propias posiciones. Después de copatrocinar en 2017 el proyecto de ley de salud pública de Bernie Sanders Medicare for All, se mostró en un debate de campaña de junio de 2019 como uno de los únicos dos candidatos en defender la abolición de los seguros médicos privados en pos de un sistema público, antes de retroceder rápidamente al día siguiente, alegando que había entendido mal la pregunta. A continuación presentó su propio plan de reforma de la salud, que amplía el papel de las aseguradoras privadas en la atención médica y agrega a la propuesta demócrata en la materia un período de transición de diez años.

En realidad, el valor que aporta Harris a la fórmula demócrata es triple. Por un lado, está su popularidad entre los grandes donantes, comprobada por las enormes cantidades de efectivo que obtuvo para su campaña de parte de gigantes tecnológicos (The New York Times, 6-VI-19), de los principales bancos y fondos de inversiones estadounidenses (In These Times, 22-IV-19), de aseguradoras de salud y empresas farmacéuticas, y de varios multimillonarios (Business Insider, 21-IX-19). Poco después de que Biden la eligiera como su vice, la cadena CNBC reportó el júbilo de los ejecutivos de Wall Street ante el anuncio.

Por otro lado, está su carisma. Cada vez parece más claro que Biden planea una administración centrista semejante a la de Barack Obama, si no más conservadora incluso, pero esta vez con un timonel mucho menos popular e inspirador. Biden carece del poder de seducción necesario para ser el guardián de un sistema político y socioeconómico en crisis, mientras Harris tiene –al menos en las redes– una base de seguidores rabiosos y un atractivo personal indudable en comparación con otras de las opciones que se manejaron para completar la fórmula demócrata.

Con la campaña de Biden enfocada en permitir que el público vea y escuche lo menos posible de su candidato, es esperable que ahora buena parte de la atención y la propaganda esté dedicada a impulsar a Harris. También es esperable que sea ella quien deba soportar el costo político de salir a justificar las medidas que eventualmente vayan a contramano del clamor progresista de las bases partidarias.

Por último, Harris cumple con el deseo de Biden de encontrar una vice con la que esté en la misma sintonía. Después de todo, el candidato a presidente por el Partido Demócrata es uno de los creadores históricos de la vieja escuela clintoniana amigable con las grandes corporaciones, la misma escuela en la que Harris ha hecho toda su carrera política. Puede resultar absurdo o paradójico, pero mientras Estados Unidos se ve envuelto en levantamientos sociales sin precedentes a causa de la brutalidad policial y su pueblo se desespera con la creciente desigualdad de riquezas y la dominación de la esfera pública por los grandes negocios, el Partido Demócrata ha elegido como sus avatares electorales a uno de los arquitectos históricos de ese sistema y a una de sus más entusiastas albañiles.

(Publicado originalmente en Jacobin como «Joe Biden Has Found His Neoliberal Match in Kamala Harris». Traducción y titulación de Brecha.)

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