Una nueva revisión histórica del doctor Sanguinetti

La trayectoria política de Julio María Sanguinetti está plagada de episodios increíbles, y quizás lo más increíble sea la capacidad del dirigente colorado para disfrazar de “democráticas”, “socialdemócratas” o “liberales” ciertas posturas francamente autoritarias y tan derechistas que rozan el extremo.

Cerrando una semana de mucho trajín, el viernes 27 Juan Raúl Ferreira se instaló frente al televisor, sintonizó Canal 10 y se dispuso a mirar Subrayado. Después de los policiales, la amenaza de bomba a una escuela, y el arribo del papa Francisco a Uganda, la pantalla cedió la imagen al ex presidente Julio María Sanguinetti, entrevistado en su residencia para ahondar en sus análisis sobre las zarandeadas elecciones legislativas en Venezuela. Juan Raúl Ferreira no podía creer lo que estaba oyendo; se levantó, indignado, pero inmediatamente se calmó –no tenía sentido pelearse con el televisor– y se dijo para sí mismo: “Este tipo es increíble”.

La trayectoria política de Julio María Sanguinetti está plagada de episodios increíbles, y quizás lo más increíble sea la capacidad del dirigente colorado para disfrazar de “democráticas”, “socialdemócratas” o “liberales” ciertas posturas francamente autoritarias y tan derechistas que rozan el extremo. Claro que el ex mandatario tiene una profusa colección en eso de “una de cal y una de arena”, de modo que la controversia sobre si es socialdemócrata o conservador, liberal o reaccionario, sería de nunca acabar. ¿Con cuál Sanguinetti nos quedamos? ¿Con el que se opuso a la ley de empresas públicas y sumó para frenar las privatizaciones? ¿O el que administró las carteras deudoras para beneficio de los bancos extranjeros? ¿El que reanudó las relaciones con Cuba, o el que traicionó la Concertación Programática?

En una cosa siempre tuvo una sola política: en el tema militar. En 1972, siendo ministro de Educación y Cultura en la presidencia de Juan María Bordaberry, recibió de manos de un senador frenteamplista las pruebas irrefutables del terrorismo del Escuadrón de la Muerte. No hizo nada. Meses después, en pleno “estado de guerra interna”, en el Batallón Florida un grupo de oficiales digitados por el coronel Ramón Trabal inició negociaciones con tupamaros presos. El objetivo inicial: una rendición incondicional de los guerrilleros para suspender los enfrentamientos. Como bien sabía Sanguinetti, una negociación implica diálogo y eventualmente concesiones de ambas partes. Cuando las conversaciones se fueron alejando de aquel objetivo inicial y, a impulso de Raúl Sendic, los oficiales se vieron obligados a considerar propuestas políticas y económicas, Bordaberry y algunos mandos se pusieron nerviosos. El presidente legal no tenía ascendiente sobre la jerarquía militar, no controlaba la situación y menos aun confiaba en su jefe de inteligencia, el coronel Trabal. La astucia y la manipulación del ministro de Educación y Cultura lograron meter una cuña en los conciliábulos que se hacían cada vez más independientes; dividiendo a los mandos, logró abortar las conversaciones. De todas formas, la revancha que se tomaron algunos oficiales, haciendo prisionero a Jorge Batlle, obligó a Sanguinetti a distanciarse del gobierno.

Así Sanguinetti pudo decir que fue un opositor al golpe, aunque cuando lo invitaron para coordinar la resistencia con blancos y frenteamplistas se opuso tajantemente, incluso a incluir su firma en un simple comunicado. Pero el conocimiento de muchos de aquellos generales y coroneles le permitió a Sanguinetti, a pesar de las proscripciones impuestas por los militares, mantener fluidas relaciones que, como admitió a la autora de un libro de título inextricable, publicado en México, facilitaron conversaciones periódicas durante años.

Su oposición al régimen se volvió un poco más firme a partir del plebiscito de 1980, y en 1982 fue el dirigente más votado en las elecciones internas, en el Partido Colorado; en 1983 se coronó como secretario general del partido, en el momento clave del inicio de las conversaciones para una salida que el No anunciaba como inevitable. En las conversaciones de mayo a junio de 1983, en el Parque Hotel (donde no hubo representantes frenteamplistas), los militares pretendieron legalizar con un acuerdo lo que la gente había rechazado en el plebiscito. Como dijo uno de los representantes políticos, el wilsonista Juan Martín Posadas, en el Parque Hotel los militares querían negociar el cómo quedarse; en el Club Naval, un año después, querían negociar cómo se irían. Esta vez los políticos dijeron no.

En el ínterin los trabajadores protagonizaron un formidable Primero de Mayo, los estudiantes con su Semana de la Primavera retomaron la militancia en las calles, los partidos políticos coordinaron en una Interpartidaria que se sumó a una Intersectorial, y ésta, la suma de todas las organizaciones resistentes, promovió el “río de libertad” que se desbordó desde el Obelisco.

Para el Club Naval la Interpartidaria le dio la espalda a la Intersectorial y aquí Sanguinetti se convirtió en la figura decisiva, cuando la liberación de Seregni aseguraba la participación del Frente Amplio en las conversaciones, y la prisión de Wilson Ferreira excluía al Partido Nacional. Por diferentes razones, colorados y frenteamplistas prefirieron eludir el espinoso tema de los crímenes militares (y la responsabilidad de cada quien se vio reflejada dos años después en la aprobación de la ley de caducidad). Superado el escollo, Sanguinetti enfiló en la recta final hacia las elecciones de noviembre de 1984, las primeras después de 11 años de dictadura.

Mucho de todo esto habrá pasado por la cabeza de Juan Raúl Ferreira el viernes 27, cuando Julio María Sanguinetti, mirando directamente a la cámara, afirmaba: “En Venezuela no hay democracia. El tema es más amplio. El verdadero problema es que se están realizando elecciones con líderes presos. Si acá estuvieran presos el doctor Lacalle, el doctor Larrañaga, el doctor Bordaberry, ¿de qué estamos hablando, estaríamos hablando de democracia? ¿No se estaría violando todo? Es eso lo que nosotros queremos expresar”.

Acaso al doctor Sanguinetti le patine la memoria, porque en 1984 hubo elecciones con más de 400 presos políticos, con diarios y semanarios permanentemente clausurados, con dirigentes impedidos de actuar en política. El general Liber Seregni no fue autorizado a participar en las listas del Frente Amplio porque seguía proscripto, y Wilson Ferreira Aldunate –que era el candidato indiscutible del Partido Nacional– permaneció preso en un cuartel de Florida hasta después de las elecciones. Con Wilson preso, Sanguinetti se aseguró el triunfo electoral; seguramente Wilson le habría pasado por arriba. Sanguinetti corrió con el caballo del comisario.

Entonces ¿qué democracia sostuvo el primer gobierno de Sanguinetti? En realidad el ex presidente sigue abonado a una fórmula facilonga de distorsionar la historia y manipular sin pudor. Lo puede hacer porque nadie lo cuestiona.

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