Alberto Methol Ferré fue un excepcional intelectual (político, filósofo y teólogo) uruguayo y latinoamericano. Su pensamiento, heterodoxo y crítico, de inusual brillantez y consistencia, se construyó a lo largo de su peripecia histórica y estuvo inspirado y guiado por algunas constantes: el pueblo latinoamericano como sujeto, la unidad de América Latina como nación aun inconclusa y la Iglesia católica como pueblo de pueblos, pueblo universal. Estos temas lo convocaron de forma excluyente.
Desde su muerte, acaecida en 2009, el interés por su pensamiento, bien conocido en Argentina y en México, no ha cesado de crecer y ya trasciende las fronteras latinoamericanas para ser actualmente objeto de estudios muy jerarquizados en diversos países europeos.
Por eso, los miembros de la Asociación Civil Alberto Methol Ferré (ACAMF) acogimos de buen grado, como señal auspiciosa, en línea con el redescubrimiento internacional de su pensamiento, que Gabriel Delacoste publicara recientemente un libro (El misterio de Alberto Methol Ferré. Un estudio sobre el verticalismo latinoamericano, Estuario Editora, Montevideo, 2025). Acompañamos la presentación del libro y algunos de nuestros colegas glosaron la obra con distintos conceptos, muchos de ellos elogiosos y otros respetuosamente críticos.
La obra, de calidad despareja, evidencia un trabajo arduo y valioso, a menudo traicionado por las peticiones de principio y convicciones o prejuicios previos del autor, de los que no logra desembarazarse y que constantemente le dificultan o le impiden la comprensión del pensamiento de Methol.
En un reciente escrito en Brecha, Delacoste incurre en afirmaciones que no tenemos más remedio que considerar insidiosas (por notoriamente falsas y por cuasi difamatorias de Methol Ferré, como ciudadano y como intelectual), que sugieren que a finales de la década del 70 este habría defendido las dictaduras y habría sido funcional a la estrategia de Estados Unidos. En este texto procuramos una respuesta, al menos en lo que a nosotros respecta, final, a ese error. Una ulterior polémica acerca de eso carecería de sentido.
Las afirmaciones son en sí mismas insidiosas. No hay nadie, a derecha e izquierda del espectro político latinoamericano, salvo alguna excepción muy particular, que pueda sostener esa absurda conclusión, tan intensamente desmentida por toda la trayectoria intelectual y personal de Methol.
Delacoste se agraviaba a su turno ante este señalamiento de la ACAMF y le reclamaba contraargumentaciones. Pero olvidaba que una contraargumentación requiere estar precedida de una argumentación y ella está del todo ausente en el capítulo en el que el autor ensaya (reitera) ese tópico descalificatorio. Todo ese capítulo está construido con base en opiniones, interpretaciones personales y prejuicios, en una mezcla alternada de estilo periodístico, toma de partido y amagues de sesudo intelectualismo. Se reduce a una suerte de constante esperpentización del rol de la Iglesia en los últimos 150 años y a afirmar la supuesta infalibilidad de ciertas corrientes de la teología de la liberación, precisamente las que pretendían integrar el marxismo como mediación del pensamiento teológico y de la praxis cristiana (cosa respecto de la que tanto los católicos serios como los marxistas serios sabían que terminaba en una gran confusión y embrollo ideológico).
Así, dada por buena la improbable y caprichosa premisa, la conclusión es clara: Methol confrontó a los verdaderos defensores de los derechos humanos y, al insistir en la importancia de los ejércitos como institución, colaboró «objetivamente» con los Estados Unidos, fue funcional a su hegemonía.
Quien conozca su pensamiento sabe que la defensa de la importancia del Ejército como institución nada tiene que ver con algún cambio en las convicciones de Methol o con las circunstancias de Argentina en esos años. De hecho, El Uruguay como problema, de Methol, y Ejército y política, de Arturo Jauretche, habían sido concebidos como un mismo libro, pero circunstancias contingentes hicieron que la colaboración entre el joven ensayista oriental y el veterano intelectual de la FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) no fuera posible (un antecedente crucial ignorado por Delacoste, entre otros). Methol era muy crítico de un cierto civismo «liberal», por incurrir este en un antimilitarismo principista, incapaz de afrontar la responsabilidad de una política hacia el Ejército. Tenía muy presente que el movimiento nacional «justicialista» en Argentina había sido generado por la alianza entre corrientes militares nacionalistas del Ejército, lideradas por Juan Domingo Perón, y las clases trabajadoras y sus organizaciones sindicales. Por eso también expresó simpatía por el gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado y su programa social, así como por el ascenso al poder del coronel «bolivariano» Hugo Chávez, ante la corrupción de los partidos tradicionales (denunciando el contragolpe, fallido, acuñado en Washington, del 11 de abril de 2002), para después quedar defraudado por los desbordes autocráticos del chavismo y por la reducción y la deformación de sus miras bolivarianas a meras afinidades ideológicas.
(A Delacoste le faltó leer con mayor atención el documento del episcopado latinoamericano en Aparecida, de 2007, del que Methol es reconocido como uno de sus inspiradores y promotores fundamentales, que denuncia los regímenes militares de la seguridad nacional y se solidariza con la defensa y el combate por las libertades y los derechos humanos.)
Ante un vacío argumental, consideramos que la mejor respuesta, en todo caso amable con Delacoste, era dejar la palabra a los conceptos de José Mujica (miembro, por cierto, de la ACAMF), quien en un texto hasta entonces inédito expuso con convicción lo que la totalidad de las personas que conocieron a Methol (de todos los partidos políticos o corrientes de pensamiento, uruguayos o extranjeros, y los que lo estudiaron en profundidad) saben: que Methol no defendió jamás las dictaduras latinoamericanas y que fue siempre un pertinaz opositor a la hegemonía estadounidense en América Latina.
Es probable que la insidia de Delacoste sea apenas vicaria y le venga ya dada por algunas de sus fuentes, para nada imparciales, en especial por algunos textos que se construyeron como operaciones políticas para golpear por elevación, vía Methol, al papa Francisco, insistiendo en la consabida y falsa acusación al papa latinoamericano, por entonces provincial de los jesuitas, de colaboracionismo con la infame dictadura argentina. Las propias presuntas víctimas de ese hipotético accionar ya lo han desmentido e incluso surgieron otros testimonios irrefutables de la actitud opuesta: Francisco, entonces y después, estuvo del lado de los débiles y perseguidos, e intentó preservar de todos modos a sus religiosos, hasta donde ellos mismos se lo permitieron.

La réplica de Gabriel Delacoste a nuestra respuesta, lamentablemente, se descalifica sola: nos fulmina y defenestra como verticales y rituales «homenajeadores». Como en la portada y en muchas páginas de su libro, apela al uso caprichoso de imágenes feudales, medievales, franquistas, «verticalistas», «hispanistas», como si con ello se construyera un argumento… (Vale decir, sobre la equivocada atribución de «hispanismo», que varios textos y muchas páginas de Methol realizan una crítica radical a los fundadores del tradicionalismo español, Balmes y Donoso Cortés, que están en la base del integrismo católico y del conservadorismo reaccionario «premoderno», resistentes al Concilio Vaticano II, que Methol calificaba de fantasmas del pasado.)
Gran parte, si no toda, la vida de Methol enfiló a las posibilidades de realización de la autoconciencia histórica de América Latina y a los ensayos de su viabilidad, que él creyó ver constituyéndose ya en el Mercosur, como alternativa virtuosa al «supermercado» sin alma y sin cultura del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), y en el surgimiento de la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas).
Pretender reducirlo a las categorías ideológicas del intérprete, como última ratio, conduce a la incomprensión de su pensamiento, sea que se lo comparta o no.







