Una revelación atroz - Brecha digital
La muerte y desaparición del periodista saudí Jamal Khashoggi

Una revelación atroz

La última imagen suya es la de la cámara de vigilancia que lo filmó al entrar al consulado saudí en Estambul. Nadie lo vio salir. Su muerte hizo caer las máscaras de los gobiernos que venden armas a Arabia Saudita y compran su petróleo.

Movilización por Jamal Khashoggi frente a la embajada de Arabia Saudita en Colombo, Sri Lanka, el 25 de octubre / Foto: Afp, Lakruwan Wanniarachchi

«Un asesinato político salvaje planeado de antemano”, según Turquía. “Un tremendo error”, según Arabia Saudita. “Uno de los peores encubrimientos de la historia”, según Donald Trump. El caso Jamal Khashoggi es al mismo tiempo la crónica de un crimen brutal, la historia de una farsa imposible y el ejemplo cabal de la corrupción moral que gobierna las relaciones interestatales.

El asesinato a comienzos de este mes de ese periodista saudí opuesto al gobierno de su país y columnista del Washington Post se tornó en los últimos días en una piedra en el zapato para la Casa Blanca. Al mismo tiempo, es un amargo recordatorio para los medios que apoyaron la renovada alianza de Washington con la autocracia petrolera.

Ayer celebrado por los gobiernos occidentales y por la gran prensa estadounidense, el príncipe heredero Mohamed bin Salman es hoy denostado públicamente. Meses atrás, The Washington Post y The New York Times elogiaron su “mensaje modernizador” y auguraron que lideraría al mundo islámico hacia un modelo más liberal y tolerante (véase Brecha, 4-V-18).

El pasado fin de semana ambos periódicos denunciaron en sus tapas “el caos, el hambre y la muerte” generados en Yemen por la brutal invasión al mando de Bin Salman, y la reacción de Washington a “las mentiras” del gobierno saudí. Envalentonado por los aplausos, parece que esta vez el príncipe heredero golpeó más allá de sus posibilidades.

EL CRIMEN. Khashoggi, saudí residente en Estados Unidos, viajó a Turquía a fines del mes pasado. A fin de casarse con su prometida turca, pidió unos documentos personales en el consulado de su país en Estambul. Vuelva en unos días, le dijeron. Volvió el 2 de octubre, y hasta hoy la última imagen suya es la de la cámara CCTV que lo filmó al entrar al consulado. Nadie lo vio salir.

Su novia lo esperó en la calle hasta la medianoche y denunció la desaparición a las autoridades turcas. “De aquí se fue caminando”, se desentendieron en el consulado al día siguiente, mientras Bin Salman afirmaba a la agencia Bloomberg: “No tenemos nada que esconder”.

Amigos del periodista sospecharon que Khashoggi había sido secuestrado por los esbirros del príncipe. El 6 de octubre la sospecha se transformó en pánico. Fuentes del gobierno turco aseguraron a los principales medios estadounidenses que Khashoggi había sido asesinado en el interior del consulado, apenas entró. De inmediato, la sede diplomática rechazó esas “acusaciones infundadas”. Riad exigió pruebas a Ankara e insistió: Khashoggi “se fue por sus propios medios”. Mientras, la prensa turca difundía las imágenes de un equipo saudí de 15 hombres entrando al consulado el día de la desaparición del periodista. Uno de los miembros del equipo es un experto en autopsias, otros son guardias reales y oficiales de inteligencia. “Son turistas”, explicó entonces la cadena saudí Al Arabiya.

A diez días de la desaparición, Riad y Ankara anunciaron con bombos y platillos la formación de un equipo conjunto de investigación. Horas después hubo una nueva filtración a la prensa occidental: Khashoggi había sido torturado, asesinado y desmembrado con una sierra para luego deshacerse de sus restos, revelaron las fuentes de la seguridad turca. “Son mentiras contra el gobierno del reino, que está comprometido con sus principios, reglas y tradiciones y cumple con las leyes y convenios internacionales”, porfió el ministro saudí del Interior, Abdulaziz bin Saud al Saud (SPA, 12-X-18).

Entretanto, en Washington, los medios presionaron al presidente. Trump titubeó, gesticuló, se contradijo. “Llegaremos al fondo de esto”, amenazó primero. “Pero los saudíes están gastando 110.000 millones de dólares en equipos militares y en cosas que crean trabajos para este país”, protestó después. “Hablé con ellos (el rey Salman y el príncipe heredero) y lo negaron con vehemencia”, aseguró más adelante. Y luego: “¿Podrían haber sido ellos los culpables? Sí”. Y al día siguiente: “Me suena que quizás fueron asesinos por cuenta propia ¿quién sabe?”.

LA FARSA. La historia podría servir para el cine si no terminara con uno de los fiascos más inverosímiles del siglo XXI. Tras 17 días de negación saudí y de incongruencia estadounidense, un escueto informe de la agencia oficial de noticias de la monarquía árabe confesó lo que a esa altura ya todos sabían: Khashoggi había muerto dentro del consulado, el mismo 2 de octubre.

La declaración agregaba que Arabia Saudí había detenido a 18 sospechosos que tras ingresar al consulado en Estambul intentaron convencer a Khashoggi de volver a su país natal. “Las discusiones no fueron como era de esperar y llevaron a una pelea a golpes entre algunos de ellos y el ciudadano Khashoggi, que se agravó hasta llegar a su muerte y al intento de ocultar y cubrir lo que sucedió” (SPA, 19-X-18).

Un día después, y sin pestañear, el canciller saudí, Adel al Jubeir, repitió ese nuevo relato y enfatizó que los asesinos accidentales habían actuado por “cuenta propia”. El diplomático dio a entender que los otrora “turistas” lo habían mantenido engañado tanto a él como a su jefe, Bin Salman. Una idea curiosa, si se tiene en cuenta que todos los detenidos trabajan para el Estado saudí y varios forman parte de la guardia privada del príncipe. Más curiosa aun si se repara en que las autoridades de Turquía informaban del asesinato casi desde el comienzo.

Por su parte, el vocero del oficialismo turco, Omer Çelik, salió al cruce de Al Jubeir y sostuvo que Ankara “nunca permitirá un encubrimiento” del caso y revelará “lo que sea que haya ocurrido”. En privado, las fuentes de la inteligencia turca afirmaron a los medios que cuentan con grabaciones de audio y video donde Saud al Qahtani, uno de los principales asesores de Bin Salman, da la orden de matar a Khashoggi (Reuters, 22-X-18). El relato turco es respaldado por analistas occidentales, como John Sawers, ex jefe del servicio secreto británico MI6, quien dijo a la BBC que la versión saudí de una operación que se salió de control “es una ficción descarada”.

Reuters publicó el sábado una tercera versión saudí, en la que un funcionario anónimo de la monarquía petrolera aclaraba que Khashoggi no había sido asesinado a golpes de puño, sino por asfixia. Ya de paso, aprovechaba para rellenar uno de los grandes huecos de la versión de Al Jubeir: los homicidas “envolvieron el cuerpo de Khashoggi en una alfombra” y “se lo entregaron a un colaborador local”.

Ante esa espiral de torpeza (o cinismo), hasta Trump pudo, finalmente, pretender un momento de seriedad frente a los saudíes. “Sus historias están fuera de control”, afirmó en una entrevista con The Washington Post. Pero tras aceptar que “obviamente ha habido engaño y mentiras”, el mandatario se apresuró a destacar que no le constaba “de ningún modo” que el príncipe heredero tuviera responsabilidad en el crimen. Paradójicamente, agregó que Bin Salman “tiene muy buen control” de todo lo que ocurre en su país.

EL NEGOCIADO. Trump ya ha explicado en varias ocasiones esta deferencia estadounidense frente a Arabia Saudita. El reino es el mayor importador mundial de armas y el mayor exportador mundial de petróleo, de acuerdo a datos de IHS Market y de la OPEP. Los millonarios contratos saudíes por armamento engrosan las cuentas de los capitales occidentales.

No obstante, la gravedad del caso Khashoggi ha provocado una incomodidad inédita. La canciller alemana Angela Merkel señaló este lunes que el asesinato del periodista fue “una monstruosidad”. Acto seguido, anunció que no habrá nuevos contratos de exportación a Arabia Saudita hasta que el episodio sea aclarado. Su ministro de Economía, Peter Altmaier, llamó al resto de Europa a imitarla.

Consultado por la prensa sobre si seguiría los pasos de su par alemana y cancelaría las ventas de armas a Riad, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, se puso visiblemente nervioso. “Eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando. Nada. No responderé a esa pregunta”, manifestó. “Lo siento, pero mientras esté en el cargo así van a ser las cosas, le guste a la gente o no”, espetó el mandatario durante un acto militar. Días atrás Macron había decidido suspender las visitas políticas a Arabia Saudita y catalogado el caso Khashoggi como “un asunto muy serio”. Según las autoridades francesas, en los últimos diez años las exportaciones de equipos militares al reino árabe superaron los 11.000 millones de euros.

Reino Unido, sólo en los primeros seis meses de 2017, vendió a Riad 1.400 millones de dólares en armas, de acuerdo a The Washington Post. El secretario para el Brexit, Dominic Raab, declaró este domingo a la BBC que el asesinato del periodista saudí es algo “terrible”. Además, sostuvo que la explicación oficial de ese crimen dada por Al Jubeir no es creíble. A pesar de ello, Raab apeló al “enorme número de trabajos británicos” que dependen de las buenas relaciones entre Londres y Riad, y llamó a hacer un “juicio sensato y sobrio” de la situación antes de tomar cualquier medida.

Estados Unidos, Francia y Reino Unido encabezan la lista de proveedores bélicos de Arabia Saudita; en cuarto lugar está España, donde el Congreso debatió este martes una venta de buques de guerra a ese país por valor de 1.800 millones de euros. El líder de Podemos, Pablo Iglesias, tachó de “impresentable la imagen que ha dado la monarquía española por su relación con un régimen criminal como el de Arabia Saudita”. La propia ministra de Defensa, Margarita Robles, objetó a su jefe, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, al plantear que España “no puede permanecer impasible ante una violación de derechos humanos”. Sánchez sostuvo que “comparte la repulsa al terrible asesinato”, pero insiste en mantener el acuerdo comercial, con el apoyo de su propio partido en el Congreso, el PSOE, y el de los derechistas PP y Ciudadanos.

Ahora todas las miradas apuntan a Turquía. Sus servicios de inteligencia dicen tener grabaciones que comprometen directamente a Bin Salman. Sin embargo, el presidente Recep Tayyip Erdogan se limitó este martes a decir que el asesinato de Khashoggi había sido premeditado y a exigir la extradición de los detenidos. Tras controlar las sucesivas filtraciones a la prensa en los últimos días y obligar a Arabia Saudita a admitir la muerte del periodista, Erdogan se hizo en estos días de una poderosa herramienta en la disputa por la influencia en Oriente Medio. Como una ironía del destino, puede incluso fingir que a su gobierno, el mayor carcelero de periodistas en el mundo, le importa la libertad de prensa.

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¿Quién era Khashoggi?

Un disidente de la corte

Nieto de un médico de la corte en Riad, Jamal Khashoggi fue en sus inicios un islamista de los duros. A los cuatro años de comenzar su carrera en el periodismo viajó a Afganistán a cubrir la resistencia yihadista contra la Unión Soviética. Allí asistió en 1987 al nacimiento de Al Qaeda y trabó amistad con su líder, el carismático Osama bin Laden, a quien conocía de la alta sociedad saudí. Lo vio por última vez en 1995, cuando le llevó una propuesta de reconciliación con la monarquía, de la que Bin Laden se había alejado en años anteriores. Osama no la aceptó.

Según el analista de la CNN Peter Bergen, quien lo entrevistó en 2005, tras ese malogrado intento diplomático Khashoggi empezó a tomar distancia del yihadismo y del fundamentalismo. Su giro liberal se intensificó con la declaración de guerra de Al Qaeda contra Estados Unidosy el posterior ataque a las Torres Gemelas, al punto que para comienzos de los años dos mil, Khashoggi, entonces editor de un periódico saudí, tuvo serios problemas con el clero local por dar lugar a artículos que criticaban los pilares teóricos del wahabismo (CNN, 22-X-18).

A pesar de ello, se mantuvo dentro del círculo áulico que acompaña a la familia real. Trabajó como asesor mediático del príncipe Turki al Faisal, antiguo jefe de inteligencia y embajador saudí. En los últimos años también fue apadrinado por el príncipe Al Waleed bin Talal, mentado como el hombre más rico del reino y una de las principales víctimas de la purga realizada por Bin Salman en 2017.

Estos vínculos con las altas esferas diferenciaban a Khashoggi de otros disidentes. En la breve historia del Estado saudita, la mayor fuente interna de amenazas contra cualquier rey siempre ha sido su propia parentela, múltiple, llena de rencores y enemistades, pródiga en conspiraciones.

Khashoggi combinaba sus buenas conexiones en esa casta con una posición influyente en Estados Unidos como columnista sénior de The Washington Post. Aunque aún están por verse las verdaderas causas de su asesinato, su rol como destinatario y posible trasmisor de información sensible de la nobleza lo ponía en la mira del príncipe heredero.

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