El Cybersyn de Salvador Allende y un pódcast de Evgeny Morozov: Una revolución cibernética - Brecha
El Cybersyn de Salvador Allende y un pódcast de Evgeny Morozov

Una revolución cibernética

El reciente aniversario del golpe de Estado en Chile es una buena oportunidad para recordar uno de los proyectos más olvidados y revolucionarios del gobierno de Allende: la red informática que buscaba organizar la producción chilena apostando a la soberanía tecnológica.

Representación digital de la sala de operaciones del proyecto chileno Cybersyn. WIKIMEDIA, DE RAMA

Entre la gran cantidad de actividades y publicaciones que motivaron los 50 años del golpe chileno, se destaca el pódcast The Santiago Boys, escrito, dirigido y conducido por el intelectual bielorruso especializado en tecnología y sociedad Evgeny Morozov, y dedicado a esa iniciativa del gobierno de Allende que buscaba implementar una planificación centralizada pero flexible y basada en principios cibernéticos de la producción y la logística de todo el país.

El Cybersyn no fue un proyecto tecnológico, sino uno de reconversión del propio Estado y la sociedad chilena. Mediante una precaria pero extensa red de telecomunicaciones y una sola computadora central, se proponía reorganizar la producción de todo el país, coordinando instalaciones ubicadas a cientos o miles de quilómetros unas de otras y otorgando participación directa a quienes trabajaban en ellas. El proyecto fue desmantelado tras el golpe, pero sus impactos se mantienen, tanto por la influencia que tuvo en proyectos posteriores como por la actividad que tuvieron luego algunos de sus referentes.

LA TECNOLOGÍA COMO GEOPOLÍTICA POR OTROS MEDIOS

Tal como sucedía en casi todo el mundo, las universidades chilenas de fines de los años sesenta y principios de los setenta eran un espacio fermental para el pensamiento orientado al cambio social. Así, cuando en 1970 finalmente la izquierda llega al gobierno, muchos jóvenes se integraron al gobierno de Allende en lugares destacados, dispuestos a poner en práctica las ideas surgidas en los debates universitarios, en los que convivían la teoría política más tradicional con ideas más vanguardistas, como la cibernética de segundo orden. Entre estos jóvenes estaba Fernando Flores, un ingeniero de 27 años que fue nombrado en un cargo importante en la Corporación de Fomento de la Producción y que en sus años de estudiante se había familiarizado con la cibernética, ciencia transdisciplinaria de los sistemas, la organización y el control.

Desde el primer momento el gobierno de Allende se enfrentó a gran cantidad de desafíos enormes. La nacionalización de los recursos estratégicos y la reforma agraria fueron rechazadas por la oligarquía chilena y por el capital transnacional, que intentaron boicotear al gobierno desde múltiples frentes, y contaron para ello nada menos que con la ayuda de las agencias de espionaje de Estados Unidos y de Reino Unido. Pero, para Flores y sus colegas, la nacionalización de compañías era solo el comienzo, Chile no podía realmente lograr una soberanía con justicia social si la tecnología necesaria para el desarrollo económico provenía de las potencias occidentales. Así, combinando la teoría de la dependencia con la cibernética, estos jóvenes consideraron que era necesario que Chile desarrollara su propia tecnología.

Para ello, Flores y su colega Raúl Espejo acudieron a un excéntrico investigador británico llamado Stafford Beer, cuyas ideas habían conocido en sus años de estudio y en su actividad profesional. Con intenciones de desarrollar un sistema que aplicara la cibernética a la administración de los recursos, la producción y la logística de todo Chile, Flores y Espejo se comunicaron con Beer esperando poco más que algún comentario general y, tal vez, el contacto de alguno de sus discípulos. Pero Beer se interesó tanto en el proyecto que poco después se instaló en Chile, dispuesto a liderar el proyecto, al que sus impulsores llamaron Cybersyn, un neologismo que unifica cibernética y sinergia.

LA CIBERNÉTICA COMO SOCIALISMO POR OTROS MEDIOS

Allende y su equipo llegaron al gobierno con el objetivo de transformar toda la estructura productiva y orientarla al bienestar de toda la sociedad, pero su estrategia no fue la rígida planificación centralizada de los planes quinquenales ni la dependencia del apoyo soviético, sino el rápido desarrollo y aplicación del modelo cibernético, basado en la toma de decisiones rápida a partir de la abundancia de información en circulación rápida por el sistema. Para eso instalaron unas 500 máquinas de teletipo en fábricas de todo el país conectadas a una red de cables telefónicos, llamada Cybernet, por la que cada día enviaban la información relevante (producción, inventario de insumos, trabajadores ausentes) a la sala de operaciones en Santiago.

La Cybernet fue puesta en funcionamiento a fines de 1971, inicialmente conectando una parte de los muchos teletipos, pero luego logró incorporar a los 500 repartidos en todo Chile. Para evaluar el carácter vanguardista del proyecto, es importante tener en cuenta que la primera conexión de Arpanet (el proyecto militar estadounidense que luego se convertiría en Internet) se dio en 1969 y que, para principios de 1972, mientras Arpanet conectaba a una veintena de universidades y de centros de investigación, Cybernet conectaba a cientos de instalaciones industriales de todo Chile. Y, si bien es cierto que una computadora es un dispositivo mucho más poderoso que un teletipo, Cybernet era parte de un proyecto productivo de impacto inmediato desarrollado por un país empobrecido y atacado por los frentes interno y externo, mientras Arpanet, en ese momento, no era más que un proyecto de investigación desarrollado por actores de enorme poder y recursos, algunos de ellos incluso responsables de muchos de los problemas que atravesaba Chile.

Una vez en la sala de operaciones, los datos eran ingresados a Cyberstride, un software desarrollado por un equipo de ingenieros chilenos y británicos que corría en una computadora de unidad central que procesaba la información y, mediante algoritmos bayesianos (métodos de inferencia que se basan en el resultado de las experiencias anteriores y no solo en probabilidades), realizaba análisis prospectivos señalando posibles problemas futuros y organizando la información de manera sencilla. Esta información centralizada y organizada permitía a los responsables tomar decisiones aplicando el modelo de sistema viable (un modelo de gestión cibernética desarrollado por Beer para ser adaptable a cualquier contexto o, al menos, ese era el plan), operando en cuatro niveles de control (cada compañía, cada rama de producción, cada sector productivo y todo el sistema productivo chileno), procurando resolver los problemas en cada nivel y solo operando a un nivel superior si el problema no se podía resolver en el nivel inferior.

En la sala de operaciones, una habitación de planta hexagonal diseñada siguiendo los principios de la Gestalt y la Bauhaus, los responsables del sistema tenían acceso a la información en varias pantallas ubicadas en las paredes y podían controlar la visualización mediante botones ubicados en los posabrazos de siete sillas giratorias. Una de esas pantallas se llamaba Futuro y en ella se simulaban escenarios económicos prospectivos creados por el software Dynamo (desarrollado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts y adaptado al Cybersyn por un equipo británico) en función de las condiciones actuales y los comportamientos previos del sistema productivo.

El equipo de Beer incluso desarrolló un prototipo de sistema de participación ciudadana al que llamaron Cyberfolk, que consistía en una interfaz para que los asistentes a una reunión expresaran su acuerdo o desacuerdo con las propuestas de los funcionarios en tiempo real. Sin embargo, el sistema no se implementó más que en pruebas piloto y tenía obvios problemas, pero era una muestra de los intentos del equipo de evitar que su planificación cayera en el totalitarismo de otros modelos.

LA CIBERNÉTICA APLICADA AL CONFLICTO SOCIAL

Allende y la Unidad Popular tenían enemigos declarados desde mucho antes de llegar al gobierno. No solo la oligarquía local, sino también la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y otras organizaciones internacionales que boicotearon a la izquierda chilena y estaban colaborando con la ultraderecha golpista en otros países de Latinoamérica y el mundo. Pero una vez en el gobierno, cuando Allende nacionalizó recursos estratégicos y comenzó a llevar adelante un plan de transformación, sus enemigos se multiplicaron y se tornaron mucho más agresivos.

En el frente interno, organizaciones de extrema derecha, como Patria y Libertad, tomaron el liderazgo del rechazo al gobierno, organizando boicots, paros y acciones violentas. A nivel internacional, las grandes corporaciones cuyas empresas habían sido nacionalizadas en los primeros meses de gobierno se aliaron con el gobierno de Richard Nixon y con las agencias de inteligencia de Estados Unidos y de Reino Unido para atacar al gobierno internacionalmente, intentando destruir su imagen y cortando su acceso a recursos y divisas, pero también internamente, espiando a Allende y a sus funcionarios, y dando apoyo económico y logístico a los movimientos derechistas.

Como parte del conflicto, el Cybersyn fue objeto de ataques. Desde la derecha fue considerado una herramienta de control al tiempo que algunos sectores de la izquierda lo vieron como un proyecto tecnocrático que dificultaba la participación ciudadana. Además, las redes de teletipo, fundamentales para el funcionamiento del sistema, eran asiduamente cortadas por Patria y Libertad y otras organizaciones derechistas. Y, en un ámbito más personal, la dura campaña de desprestigio que se llevaba adelante en el primer mundo erosionó el prestigio de Beer en Reino Unido.

Un momento crítico del conflicto interno en Chile se dio cuando los transportistas entraron en huelga a finales de 1972. La geografía de Chile hacía al país dependiente de un transporte terrestre fluido, y los gobiernos anteriores, bajo el tutelaje del Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo, habían desmantelado el ferrocarril, por lo que el paro de transporte (que, además, fue incorporando otros sectores de la actividad económica chilena) representaba una gran amenaza para el gobierno.

La huelga fue contrarrestada por una extensa red de actividad popular, con sindicalistas de izquierda y grupos estudiantiles supliendo la actividad de los huelguistas y la organización popular orientada a enfrentar la escasez, pero también fue la prueba de fuego del Cybersyn. Al comienzo de la huelga, Flores había ascendido hasta convertirse en subsecretario de Economía y, durante la huelga, fue nombrado ministro de Economía, Fomento y Reconstrucción, puesto desde el que debía hacerse cargo de mantener la economía funcionando, y para eso puso en juego al Cybersyn. Enfrentándose a una huelga de más de 8 mil camioneros con solo unos pocos cientos de conductores afines y el apoyo de sectores populares, la información que les llegaba de las fábricas les permitía saber de antemano cuándo necesitarían un camión que llevara o retirara alguna mercadería, así como la ubicación de los camiones. De este modo, mediante el sistema de planificación instalado en la sala de operaciones, podían calcular los trayectos más eficientes y optimizar los pocos recursos que tenían, intentando paliar el desabastecimiento.

DEGRADACIÓN Y AUTOORGANIZACIÓN

Pero ni el apoyo popular ni la cibernética podían contrarrestar lo que sucedió diez meses después, el golpe del 11 de setiembre de 1973 que terminó definitivamente con el gobierno de Allende. Una vez instaurada la dictadura, el gobierno de Augusto Pinochet, con el apoyo incondicional de las potencias occidentales, revirtió las políticas centrales de Allende, reprivatizó la mayoría de los recursos estratégicos y sustituyó la planificación cibernética por el libre mercado de los Chicago Boys, jóvenes economistas formados en la Universidad de Chicago que habían estado trabajando en el plan económico de la dictadura desde meses antes del golpe.

Algunos de los miembros del equipo del Cybersyn escaparon de Chile; otros se quedaron, viviendo bajo la estricta mirada del nuevo gobierno, y otros terminaron presos, entre ellos, Fernando Flores. Mientras, Manuel Contreras, jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional pinochetista, se reunió en Santiago con sus pares de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay con el objetivo de instaurar su propio sistema de organización del trabajo, basado en la coordinación mediante redes de información: el Plan Cóndor.

Stafford Beer volvió a Reino Unido, pero ya no como el mismo consultor que había sido contactado por Flores y Espejo. Su experiencia en Chile lo había cambiado y le costó sentirse cómodo en un país cuyo establishment repudiaba a Allende y celebraba a Pinochet. Beer siguió trabajando en cibernética de las organizaciones, continuando las ideas que desarrolló en Chile, pero también dando incendiarias declaraciones contra los gobiernos occidentales, en particular los gobiernos conservadores británicos.

Por su parte, los jóvenes ingenieros y científicos chilenos que participaron del proyecto se reconvirtieron. El más destacado de ellos fue, una vez más, Flores, quien se convirtió en un exitoso académico y empresario y tuvo un breve regreso a la política, aunque ya no en la vanguardia intelectual, sino negociando posiciones con la derecha neoliberal.

LOS CHICOS DE SANTIAGO

El pódcast The Santiago Boys, lanzado a fines de julio, es el resultado de dos años de trabajo, con más de 200 entrevistas a protagonistas, testigos y expertos. No solo es una historia exhaustiva del Cybersyn, con un análisis profundo del proyecto y del gobierno de Allende en general, sino que propone una nueva lectura a la luz de las discusiones recientes acerca de las tecnologías digitales y reivindica a este grupo de jóvenes vanguardistas y al británico excéntrico. Oponiéndolos a los Chicago Boys, que colaboraron con Pinochet, Morozov los llama Santiago Boys. Además, ofrece una interpretación nueva de muchos de los procesos que se dieron en Chile y en Latinoamérica en el período, una interpretación que llama la atención sobre el rol de la tecnología, las redes de información y la comunicación en una época oscura pero clave de nuestra región, incluyendo el Plan Cóndor. También se destaca la contextualización que Morozov ofrece del período, así como el seguimiento de las actividades de los implicados en el proyecto décadas después del golpe.

Tal vez el pódcast podría haber incluido más explicaciones acerca del funcionamiento técnico del proyecto, pero es minucioso en los detalles políticos y sociales, propone interpretaciones que no habían sido planteadas antes y lo hace apelando directamente a los protagonistas. Cybersyn es una faceta fascinante y no muy comentada del gobierno de Allende, y The Santiago Boys es una de las mejores y más documentadas fuentes, posiblemente solo comparable al libro Revolucionarios cibernéticos: tecnología y política en el Chile de Salvador Allende, de Eden Medina (2013, Lom).

El pódcast puede escucharse en Spotify y en YouTube. Originalmente en inglés, la versión de YouTube tiene subtítulos en varios idiomas. Además, en la página web del pódcast hay muchísima información adicional, así como algunas de las entrevistas completas.

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