“En Uruguay la que comanda todo es la energía eólica”

La revista Fortune acaba de reconocerlo como uno de los 50 líderes más influyentes del mundo por haber supervisado la diversificación de la matriz energética uruguaya hacia las fuentes renovables bajo la presidencia de José Mujica. Ramón Méndez Galain habló con Brecha sobre la transición hacia las energías renovables y sobre el margen que le queda al petróleo como fuente de energía.

Ramón Méndez. Foto: Presidencia.

Cuando en Uruguay se aprobó la Política Energética 2005-2030 el precio del petróleo venía en ascenso. Había pasado de rondar los 50 dólares el barril en 2005 a alcanzar máximos históricos de 145 dólares en julio de 2008. Esto coincidió con períodos de sequías y baja producción hidráulica que aumentaban la dependencia del petróleo del exterior, ¿cómo condicionaron esos factores las decisiones nacionales sobre políticas energéticas, en particular la de impulsar la inversión en nuevas fuentes renovables?

—Lo de entonces era una catástrofe: Uruguay había colmado la utilización de sus represas hidroeléctricas y no teníamos espacio para instalar más. A fines de los años noventa y principios de los dos mil se había apostado al gas de Argentina, y Argentina no estaba en condiciones de seguir exportando gas natural. Estábamos dependiendo casi exclusivamente del petróleo importado para suplir los faltantes hidráulicos. Se había llegado a un punto en el que no sólo los precios se habían disparado sino que además había serios riesgos de no poder satisfacer la demanda. Había apagones y situaciones en las cuales si no importábamos energía de la región teníamos serios riesgos de tener apagones más generalizados. Y de hecho a veces los teníamos por falta de energía. La situación se agudizó por tener un país que crecía. Al estar creciendo, crecía la demanda de energía de una forma muy importante. Al crecer con un reparto de riqueza con mayor igualdad, disminución de la pobreza y aumento de la clase media, esta última pasaba a tener una demanda cada vez mayor. Era la tormenta perfecta. No se podía satisfacer la demanda, los costos y la dependencia del exterior eran cada vez mayores. La situación ambiental comenzaba a ser más preocupante. Ese era el contexto en ese momento. La casi totalidad de los países del mundo está intentando irse a las renovables. La idea de irse a las renovables no era novedosa. Lo novedoso es haberlo hecho y la forma en que se hizo: con una abundante inversión en un corto tiempo y una fuerte reducción de los costos de generación. No se hizo como en Europa, a base de subsidios. Después, un tema técnico que no era menor: se dudaba en el mundo en aquel momento si se podía llegar a altos porcentajes de energías renovables. Hoy podemos llegar al 90 y pico por ciento, a una combinación adecuada de las fuentes: eólica con uso de biomasa, incipiente uso de energía solar fotovoltaica, complementando la hidráulica. Llegamos a picos donde el 60 por ciento de la energía que se consume en el país es de los parques eólicos, y eso va a seguir creciendo en los próximos meses.

—En entrevistas recientes usted afirmó que, con la introducción de la energía eólica y otras renovables en Uruguay, se logró abaratar los costos de generación de energía en un 40 por ciento. Gastamos por año 400 millones de dólares menos. ¿Menos en relación con lo que gastábamos cuándo, usando cuáles fuentes?

—Desde antes de que avanzara la transformación, hace tres, cuatro o cinco años, el gasto era en promedio, en un año normal, de alrededor de 1.000 millones de dólares. En un año muy seco los costos para la generación de la electricidad podían aumentar hasta 1.500 o 1.800 millones. A la fecha hemos reducido eso a unos 500 o 600 millones de dólares por año de costo medio. Ese es el 40 por ciento y esos son los 400 millones anuales de reducción en los últimos tres años aproximadamente.

También en setiembre de 2015 se alcanzó el objetivo de que el 100 por ciento de la energía eléctrica utilizada en el territorio nacional proviniera de fuentes renovables.

—Sí, eso varía. Ahora hace varias semanas que estamos con 100 por ciento de energías renovables y vamos a tener muchos momentos en que la energía electiva provenga de fuentes renovables. Lo que sucede es que, en momentos de menos lluvias, disminuye la hidráulica y no estamos en el 100 por ciento.

—¿Y cuando hay poco viento?

—Lo que se hizo en Uruguay y que se ha rescatado internacionalmente, en los papeles ya existía pero todavía no se había llevado a la práctica, es la complementación de energía hidráulica y eólica. Tradicionalmente cuando había agua en las represas se utilizaba para generar electricidad. Lo que hacemos ahora: cuando hay viento cerramos las represas y no utilizamos el agua. Como a lo largo del día va subiendo y bajando la producción de electricidad en los parques eólicos, a medida que va bajando la generación de éstos vamos prendiendo turbinas hidráulicas en las represas. Es esa combinación la que le da una estabilidad mucho mayor al sistema, y eso es lo más novedoso. Lo que sucede es que cuando tenemos muchos meses seguidos con poca lluvia, las represas no están con tanta agua como para poder hacer ese filtrado, no hacen esa complementación de la energía eólica.

O sea, la principal sería la eólica y la hidráulica pasó a ser complementaria cuando no hay suficiente eólica.

—En Uruguay se llegó a un paradigma que no existía en ningún lugar del mundo. Normalmente la que comanda, la base en el mundo son las centrales nucleares o centrales a carbón, centrales que en general no están prendidas de manera permanente. El resto de las fuentes se prenden y se apagan para poder complementarlo. En Uruguay la que comanda todo es la energía eólica.

¿Es más barata que la hidráulica?

—No, no es más barata, pero tenés que reservar el agua para complementar los momentos en que no hay viento. Porque si gastaras toda el agua de las represas, en el momento en que no tenés viento ¿con que la complementás?

Porque la eólica no se puede almacenar.

—Claro. Lo que hacemos es que el viento lo almacenamos en forma de agua. Como no podemos almacenar la energía generada por los parques eólicos, no utilizamos el agua pero la reservamos para cuando no hay viento. Para que la complementación funcione tenemos que tener siempre agua abundante en las represas como para poder utilizarla en los momentos en los que baja el viento. Esa fue una construcción técnica que se hizo luego de un par de años en que varias decenas de técnicos trabajaron para construir ese modelo que se mostró, con simulaciones matemáticas, que era posible. Se puso en práctica y está funcionando desde hace ya casi un año. Vamos a seguir aumentando la cantidad de parques eólicos, hasta llegar al límite a fines de este año o del año que viene.

¿Hay un límite?

—Sí, hay un límite porque más allá de cierta cantidad de parques eólicos ya no tenemos represas suficientes para poder complementarlos. Tenemos alrededor de 1.500 megavatios instalados de energía hidráulica. Si tengo 1.500 megavatios de energía eólica funcionando y apagan todos, tengo 1.500 megavatios de energía hidráulica de respaldo. Pero si yo tengo 1.700 de energía eólica y se me caen los 1.700, con la hidráulica no me alcanza para respaldarlo. Entonces hay un límite que tiene que ver con la generación hidráulica que tenemos.

La energía eólica tuvo un buen efecto sobre la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, también contribuyó a no depender tanto del petróleo o de las variaciones climáticas, y además disminuyeron los costos de producción. En 2014, cuando era aún director de Energía, usted anunció que el aumento de la capacidad eólica provocaría una reducción de la tarifa de Ute. Pero la tarifa no baja mientras la capacidad eólica continúa aumentando, incluso aumentó a principios de año. ¿Por qué la tarifa no baja en la misma proporción que el costo de generación?

—Esa disminución de los costos de generación no se ha trasladado toda a una disminución de las tarifas porque se ha privilegiado desde el punto de vista de la macroeconomía el espacio fiscal disponible para el país. O sea, tratar de disminuir el déficit fiscal, por lo tanto se privilegió la transferencia de fondos a través de las tarifas públicas hacia la caja del Estado. Entonces es una decisión política que ha tomado el gobierno, trasladar ese aumento de la eficiencia a la ciudadanía de una forma diferente. Porque esa reducción de los costos se la lleva el accionista que es el Estado. Entonces no va a parar al usuario de la tarifa directamente, sino que va a parar al presupuesto nacional y se direcciona hacia determinadas políticas públicas.

¿Uruguay paga la energía eólica en dólares?

—Sí, en general se paga en dólares.

—¿Y eso no genera vulnerabilidades para el Estado, en función de la variación del precio de la moneda?

—Lo que sí está claro es que hay una parte del costo de generación que está atado al tipo de cambio, o sea, está atado a la macroeconomía. Eso efectivamente incide en el precio, en el costo de la generación de la energía. Salvo algunos pocos casos como el de Brasil, por ejemplo, en la casi totalidad de los países del mundo, los contratos de compraventa de energías renovables y de energía en general están fijados no en una moneda local, sino en una moneda internacional. En dólares o euros, como en general sucede con muchos aspectos de la economía. Los países de economías más fuertes las tienen menos dolarizadas. Lo que tenemos es una dependencia del tipo de cambio, que es una dependencia también de nuestra propia economía. El punto es cómo se forma el precio de la energía eólica. El combustible es gratis, el costo de operación y mantenimiento es muy bajito. Entonces el costo de energía es simplemente reparar la inversión inicial que hiciste. De ella, hay una parte que está asociada a la importación de cierta maquinaria que la tuviste que comprar en dólares. Entonces, tenés que repagar dólares.

—¿Existen previsiones para el precio del petróleo en los próximos años?

—Los analistas y expertos en evolución del precio del petróleo se han llevado un golpe atrás del otro en las últimas décadas. La realidad nos muestra que pequeños movimientos que son bastante difíciles de prever pueden generar transformaciones muy importantes. Ahora hay una fuerte sobreoferta de Arabia Saudita, principal productor de petróleo del mundo, para sacar del mercado al petróleo un poco más caro que genera Estados Unidos, el shale oil, y en competencia con Irán por una disputa chiita-sunita. Eso no había sido previsto por ninguno de los analistas. Es muy difícil predecir en ciertas escalas cuál va a ser el precio del petróleo. De lo único que sí podemos estar seguros es que a la larga el precio del petróleo va a seguir subiendo, porque es un bien finito. Hace ya una década que no se encuentra ningún megayacimiento en el mundo. Más allá de que está apareciendo el petróleo de esquistos, sigue siendo un bien finito en la tierra. Cuanto menos haya, más caro va a estar. Una teoría llamada “el pico del petróleo” predice que va a existir un pico y a partir de ahí va a bajar la producción. Lo que podemos predecir es que en el largo plazo el petróleo va a llegar a valores cada vez mayores.

—Tenemos que abandonar los combustibles fósiles a mediados de este siglo si aspiramos a no superar el umbral que aconseja el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (Ipcc) de dos grados de aumento de la temperatura global respecto al comienzo de la era industrial. Es ese el acuerdo al que se ha llegado internacionalmente en la Cop 21 en París, donde usted coordinó las negociaciones por Uruguay. El país se comprometió a reducir su dependencia de los combustibles fósiles y ser neutro en sus emisiones de carbono para 2030. A la vez, si la empresa Total hiciese un descubrimiento y fuese rentable extraer el petróleo o el posible gas asociado, el cronograma de actividades prevé que la explotación comenzaría en 2023. ¿Cómo se conseguiría entonces alcanzar esa reducción en la dependencia de los combustibles fósiles para 2030, que es obligatoria una vez comprometida ante la Onu?

—Porque son dos cosas que parecen contradictorias, pero son totalmente diferentes. El hecho de que tengamos petróleo no quiere decir que lo tengamos que usar más de lo que lo estamos usando hoy en día. La idea no es ponernos a generar electricidad con petróleo. Lo vamos a seguir usando para el transporte y el mundo también. Usamos mucho petróleo para el transporte, muchos derivados del petróleo para el transporte, alrededor de 40.000 barriles diarios que es lo que se refina en La Teja. La única gran diferencia si tenemos petróleo propio es que el que vamos a tener que seguir utilizando en los próximos años no lo tenemos que importar, es nuestro y a un costo estabilizado.

El segundo gran beneficio es que el mundo, hasta 2040 o 2050, va a seguir utilizando petróleo. Así está previsto en los acuerdos de París, no es que va a desaparecer el uso del petróleo en la próxima década. Entonces, si tenemos petróleo es el momento de producirlo para generar ingreso de divisas al país como fruto de su explotación y eso no cambia en nada lo que hagamos con nuestra matriz energética o lo que hagamos con nuestras emisiones.

Costos de generación

De entre las fuentes de energía disponibles en la matriz uruguaya, la más barata es la hidráulica. Como la inversión ya está amortizada, la infraestructura pertenece al Estado y el costo del combustible es cero, sólo tiene un costo fijo de operación y mantenimiento de 20 millones de dólares por año, lo que equivale a 2 dólares por megavatio-hora (MWh). Pero ya no queda más espacio para su ampliación. La generación en centrales térmicas funcionando a petróleo es la más cara de las alternativas. Con un petróleo bajo como en la actualidad, a 40 dólares el barril, dependiendo de la máquina de generación, el costo es de entre 150 y 250 dólares por MWh. Con un petróleo más caro, el costo de generación no baja de 200 dólares el MWh y puede llegar hasta más de 300. Para una central fotovoltaica el costo de generación es de 85 dólares y para una de biomasa, 106. Mientras que con un parque eólico son 63.

Fuentes: Ramón Méndez y Adme.

  1. Licenciado en Física en la Universidad de Grenoble, Francia, doctor en Ciencias Físicas por la Universidad de la Plata, Argentina, y director nacional de Cambio Climático.

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