El 27 de noviembre de 2006, decenas de varones marcharon en silencio por la avenida 18 de Julio detrás de una pancarta con la consigna: «Varones contra la cobardía de la violencia doméstica». A la vanguardia iba el entonces intendente de Montevideo, Ricardo Ehrlich, rodeado por un grupo variopinto de políticos, artistas y empresarios. En la plaza Libertad los esperaba un grupo de mujeres de colectivos feministas. Según la crónica del diario El País (18-I-06), la concentración terminó con besos y abrazos.
Uno de sus impulsores, el escritor floridense Mario Delgado Aparaín, contó que le había sugerido a Ehrlich organizar la marcha después de escuchar una entrevista a su amigo, el premio nobel de literatura José Saramago, en Televisión Española. En esa conversación, el escritor portugués –quien en sus memorias contó haber sido víctima de violencia familiar– decía que tenía un sueño, aunque utópico: ver a varones marchando contra la violencia hacia las mujeres.
Unos días antes de la movilización, una mujer de 31 años había sido asesinada por su expareja de tres disparos en Paysandú. En ese momento, una mujer era asesinada por motivos de violencia de género cada nueve días. Una cifra que hasta hoy sigue alarmando: el 6 de julio de 2026, el Consejo Nacional Consultivo por una Vida Libre de Violencia emitió un comunicado ante un nuevo femicidio ocurrido en Durazno, que era el quinto registrado en solo 30 días.
Dos décadas después, Delgado Aparaín abrirá el Primer Encuentro Nacional de Varones Antipatriarcales hacia la Igualdad, un gesto que enlaza aquella marcha con una nueva instancia de reflexión sobre las masculinidades. El encuentro es organizado por Varones por la Igualdad, Red de Masculinidades Uruguay (RedMasUy) y Varra (Varones Antipatriarcales por la Reflexión, Revisión y Acción), colectivos que desde hace años trabajan en clubes deportivos, sindicatos, cárceles y organizaciones políticas.
La idea del encuentro es abrir la conversación sobre temas que pocas veces son abordados por grupos de varones: «El orden patriarcal y el machismo en sus expresiones cotidianas»; «Las violencias y la muerte están en nuestras manos: ¿cómo las impedimos?»; «Género, política, violencia simbólica y batalla cultural»; «Conversando en el boliche sobre sexualidad y el modelo dominante de la hombría», y «Relaciones de los varones igualitarios con los feminismos y el movimiento de la diversidad».
SIN PERFORMAR
La creación de grupos de varones antipatriarcales tiene un recorrido histórico relativamente reciente. Durante las décadas del 60 y el 70, mientras el movimiento hippie exploraba nuevas formas de amar y vincularse, los movimientos feministas volvieron a poner en discusión las construcciones de género. A la par, el clima contracultural, menos condicionado por el deber ser, permitió que, en diálogo con estas mujeres, algunos varones se animaran a cuestionar los mandatos de la masculinidad hegemónica.
Por aquellos años, en plena guerra de Vietnam, a los hombres se los formaba bajo el mandato de ser protectores, fuertes, ir a la guerra y sostener la familia. En cambio, a las mujeres se les enseñaba a ser cuidadoras, independientemente de si trabajaban dentro o fuera del hogar.
En ese entonces, para quienes querían romper con esos mandatos y acompañar las demandas feministas, surgió una pregunta que perdura hasta hoy: cuál debe ser el lugar de los varones en ese proceso; es posible definirse como feministas y participar activamente en el movimiento o, como sostienen algunas compañeras, es preferible acompañar esas reivindicaciones desde otro lugar, generando ámbitos para que otros hombres también reflexionen sobre la cultura machista.
En paralelo, en ámbitos académicos de Estados Unidos y Europa, estos debates comenzaron a adquirir una dimensión conceptual, especialmente en cátedras de estudios de género, en las que empezó a analizarse de manera crítica la masculinidad hegemónica como una construcción social y cultural.
La antropóloga australiana Raewyn Connell, pionera en estos estudios, señala que el género no es un rasgo inmanente ni estático que caracterice a los individuos. Sin embargo, dice que hemos sido socializados en un orden que jerarquiza una masculinidad hegemónica, un modelo que establece qué cosas te hacen varón y cuáles no. Esta mirada crítica contribuyó, durante las décadas del 80 y el 90, al surgimiento del concepto nuevas masculinidades, que refiere a hombres que cuestionan los mandatos tradicionales y se muestran más abiertos a nuevas formas de cuidado y corresponsabilidad.
En diálogo con Brecha, Ricardo Higuera Mellado, especialista chileno en estudios de género por la Universidad de Lisboa y vicepresidente de Men Talks, una organización que trabaja principalmente con hombres por la equidad de género, advierte que el rótulo nuevas masculinidades también ha recibido críticas por quedar reducido a expresiones superficiales. «¿Qué significa? ¿Son hombres que usan falda?, ¿que se pintan las uñas?», plantea.
Para Higuera Mellado, el desafío pendiente es que estas nuevas formas de masculinidad cuestionen realmente la estructura patriarcal. «Muchas veces se quedan en lo performático. Falta el trasfondo, que es accionar y convocar a otros hombres para que todas esas prácticas machistas se corten en algún momento», señala el especialista en estudios de género.
BAJO EL DISFRAZ
En las últimas semanas, en Argentina, cobró notoriedad la denuncia de la sexóloga Cecilia Ce, reconocida divulgadora en medios de comunicación y redes sociales, contra su expareja, Nacho Levy, referente de la organización social La Garganta Poderosa. Sin nombrarlo, la especialista hizo pública una serie de hechos que describió como violencia psicológica, control y manipulación emocional. Posteriormente, el dirigente difundió un comunicado en el que reconocía haber ejercido ese tipo de violencia y anunciaba que iniciaría un proceso de revisión personal y un tratamiento psicológico.
La figura de Levy está asociada al activismo social y, en distintos momentos, se pronunció a favor de las luchas impulsadas por los movimientos feministas argentinos. Su propia organización se sostiene, en gran medida, gracias al trabajo de mujeres que articulan redes de cuidado en los territorios. Por eso, su caso volvió a poner en discusión otra de las tensiones que atraviesan el debate sobre las nuevas masculinidades: la distancia que puede existir entre el discurso público de un hombre que se presenta como aliado y sus prácticas en el ámbito privado.
Incluso, este tipo de situaciones derriba uno de los mitos más extendidos: que por pertenecer a espacios progresistas existe necesariamente una sensibilidad real con la igualdad de género. «La inmensa mayoría de quienes pertenecen a sectores de izquierda nunca realizaron realmente un proceso de revisión interna que les permita comprender su posición en el mundo, en la sociedad y, a partir de ahí, revisar sus prácticas, su manera de relacionarse y la forma en que construyen vínculos», sostiene Higuera Mellado. Como ejemplos en distintos ámbitos, menciona el caso del político progresista español Íñigo Errejón, acusado de agresión sexual por una actriz y presentadora, así como las denuncias de investigadoras del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra contra el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos. Un caso particularmente paradigmático, al ser un referente teórico del feminismo descolonial que incorporó la perspectiva de género en las Epistemologías del Sur.
EL BACKLASH
Otro de los desafíos es abordar estos temas teniendo en cuenta las diferencias generacionales. El año pasado, la serie Adolescencia, de Netflix, se convirtió en un fenómeno al retratar la historia de un chico de 13 años que, criado en un entorno familiar amoroso y con un padre que intentaba no reproducir los mandatos tradicionales de la masculinidad, es acusado de asesinar a una compañera de clase.
En particular, la serie hace foco en la manosfera, un ecosistema de sitios web, foros y redes sociales que se nutren de las inseguridades y ansiedades de niños y hombres jóvenes, muchos de ellos aislados en sus hogares, y las canalizan hacia discursos de odio que responsabilizan a las mujeres, sobre todas las feministas, y las presentan como la causa de sus problemas.
El abismo generacional se encarna en la figura del padre, quien, abrumado y desarmado, no logra comprender cómo su hijo puede ser un femicida y pone en cuestión su propia paternidad: ¿cómo lo eduqué?, ¿qué hice mal?, ¿de dónde surge esa violencia? Más aún cuando se había prometido no reproducir con su hijo la violencia que él mismo había recibido de su padre. Sin embargo, descubre que haber roto con esa herencia no fue suficiente para impedir la reproducción de otras formas de violencia que permean a las nuevas generaciones.
«La manera en que cada generación se relaciona con las masculinidades está atravesada por los contextos sociales en los que fue criada, así como por el acceso que tuvo a información, espacios de reflexión y herramientas culturales», señala Higuera Mellado.
El especialista en estudios de género entiende la manosfera como parte de un backlash masculinista, una reacción frente a los avances feministas que encuentra nuevas formas de difusión en el entorno digital. Analiza que expresiones vinculadas a masculinidades neoliberales, como los discursos de los llamados cryptobros o gymbros, ganan espacio al promover el retorno a estereotipos de género, como el de las tradwives (esposas tradicionales).
A su vez, en el caso de los hombres mayores de 40 o 50 años, las diferencias están marcadas por otras experiencias de socialización que responden a otros momentos históricos. A diferencia de los más jóvenes, la mayoría creció en un sistema patriarcal que durante gran parte de su vida no fue cuestionado, por lo que deben desarmar prácticas que durante décadas han naturalizado.
Con una perspectiva más cercana, en los últimos días dos episodios ocurridos en medios de comunicación nacionales muestran cuán arraigadas permanecen las lógicas patriarcales. Incluso en ámbitos donde existe una mayor participación de mujeres, como programas deportivos o de debate político. Así ocurrió con la periodista Sofía Romano en Llenos de mística, de El Observador Streaming, quien fue blanco de comentarios misóginos por parte del entrenador Juan Ramón Carrasco. De manera similar, Daniela Bouret recibió comentarios machistas de su compañero Antonio Maeso en el programa Buscadores, deVTV.
Para Higuera Mellado, esto implica reconocer que no todos los grupos de hombres reciben ni procesan estos debates de la misma manera. «Por eso es necesario determinar muy bien el tipo de grupo con el que vas a conversar, porque los puntos de vista son diferentes y los formatos a través de los cuales reciben información también son diferentes», señala.
POR LA IGUALDAD
En Uruguay, al igual que en otros países de América Latina, los movimientos de hombres que trabajan en torno a las masculinidades desde una perspectiva crítica han optado por definirse como «varones por la igualdad». En general, se trata de espacios reducidos, impulsados principalmente desde la sociedad civil y articulados con algunas redes internacionales. En 2011, Montevideo fue sede del Coloquio Internacional de Estudios sobre Masculinidades, un encuentro que contribuyó a visibilizar estos debates en el país.
El psicólogo Fernando Rodríguez Añón, integrante de RedMasUy, uno de los colectivos que organiza el encuentro de varones antipatriarcales, y que desde hace años trabaja en distintos espacios de reflexión, considera que una de las experiencias de mayor impacto en el país es el programa Escucha para Hombres. Esta línea telefónica (1950-5151) es una iniciativa de la Intendencia de Montevideo que acompaña a varones ante situaciones de violencia basada en género, angustia e ideas suicidas.
Según plantea Rodríguez, lo interesante de estos espacios es que permiten que muchos hombres aprendan nuevas formas de gestionar el malestar. Durante años, muchos han aprendido a responder frente al sufrimiento mediante conductas poco saludables, como la agresividad, el aislamiento, los consumos problemáticos o la sobreexigencia laboral. «Si logramos canalizar de manera saludable lo que nos pasa, lo que nos duele, lo que no podemos poner en palabras, es probable que ejerzamos menos violencia», explica.
Otro de los espacios existentes enfocados en varones son los talleres dirigidos a quienes han ejercido violencia basada en género, cuya adherencia depende de distintos factores, entre ellos si la participación es voluntaria o surge a partir de una derivación judicial. Sobre este tipo de intervenciones, distintos estudios muestran que la deserción temprana continúa siendo uno de los principales desafíos, con cifras que, en algunos casos, rondan el 30 por ciento.
Para el psicólogo, ofrecer espacios donde los hombres puedan cuestionar los mandatos de género y construir otras formas de vincularse puede abrir la puerta a nuevas formas de relacionamiento y reducir las respuestas violentas. «Quizás es muy utópico, pero a mí me parece urgente que se instalen en cada barrio. Que no necesariamente tienen que ser sí o sí solo de varones, pueden ser mixtos, con la inclusión de diversidades», plantea.
Selma Tenold es una antropóloga noruega y, para su tesis de maestría, trabajó con algunos varones de los colectivos que organizan el encuentro: «Lo que a mí me interesaba mucho era ver cómo quieren llegar a los hombres que se sienten amenazados por los logros del feminismo. Y, al mismo tiempo, quieren tener el respeto de las feministas y aprender de ellas».
La investigadora sostiene que ese doble rol resulta muy complejo y constituye uno de los principales desafíos que enfrentan estos colectivos. «¿Qué pasa cuando esos dos públicos están en el mismo lugar? Entonces, tendrían que elegir a quién quieren hablarle en ese momento, porque usamos diferentes palabras para comunicarnos con distintos tipos de personas, según su edad, género, clase social.» Otra de sus observaciones, en este caso en espacios integrados exclusivamente por hombres, es que muchas veces optan por un lenguaje más sencillo, sin recurrir a la terminología de las teorías de género. La antropóloga considera que esta estrategia tiene aspectos positivos: «Porque dentro de los movimientos feministas, quienes leemos sobre estos temas nos acostumbramos a ese lenguaje, pero capaz que perdemos a personas por hablarles como si fuera chino».
La violencia machista es una herida abierta. Y con el paso de los años la pregunta persiste: qué podemos hacer todos y todas para que deje de ocurrir. A 20 años de la marcha por 18 de Julio, el Primer Encuentro Nacional de Varones Antipatriarcales hacia la Igualdad propone abrir un espacio de reflexión menos explorado pero fundamental: el de los varones conversando con varones, históricamente señalados por estas violencias, pero menos interpelados a reflexionar sobre ellas.





