Viaje a través de la noche

Una madrugada helada en la isla de Lesbos. Los frágiles barcos llegan desde Turquía cargados de quienes escapan de las guerras de Siria, Irak y Afganistán. Sobrevivientes de la violencia, de los traficantes de personas y de un mar que alguna vez fue sinónimo de paraíso, se aferran al sueño de llegar hasta Alemania.

Refugiados al llegar a la isla del Lesbos / Foto: Bulent Kilic

Lo sacudo para ver si está muerto. Sacudo un bebé que tengo en brazos, para saber si está muerto. Estoy en Grecia, no en la guerra. Soy periodista, no paramédico. “Ana sahafía”, le repito a la madre, mientras tengo en brazos al bebé chorreando agua, helado. La madre me mira a los ojos y me convierto en paramédico en ese instante. Urgente, saquémosle la ropa mojada al bebé, urgente ropa seca, urgente un auto para meternos dentro, urgente, urgente. La mujer llora desesperada y prácticamente se desvanece. “Mafi mushkila, tamam.” Mezclo todas las palabras que sé en árabe con tal de calmarla. La ropa, el auto, el paramédico, en algún momento todos llegan. El niño reacciona.

Son sólo las dos de la madrugada. Hace rato que las brigadas de rescatistas y bomberos salieron corriendo en busca de otro barco que llega. Les hacen señales de luces para guiarlos a la zona de playa y alejarlos de las rocas. Los refugiados gritan aterrorizados. Cincuenta personas, de pie, en un barquito de plástico en el que no deberían ir más de diez. La mayoría de los barcos están guiados por un refugiado cualquiera, el que al traficante le pareció más despabilado. Simplemente les explican cómo funciona y los lanzan al mar. A veces están a la deriva durante horas, y han pagado mil euros a los traficantes por un trayecto que en ferri debía costar diez. Abdel­karim pisa tierra y se arrodilla. Lo ayudan a levantarse pero se vuelve a arrodillar. Le había tocado timonear el barco. Se pone la mano en el pecho y hace señas de cómo le late el corazón. Agradece al cielo. Se ríe. No lo puede creer. Viene de Aleppo, donde era comerciante, y ha tenido que guiar un barco en medio de la noche, con 50 personas dentro. “Había olas de dos metros”, dice temblando. Se ríe y ofrece cigarros a todos. “¡Cigarrette! ¡Cigarrette!” Después se sienta, prende el suyo, da una calada profunda y ahí se queda.

Los rescatistas salen corriendo otra vez porque otros barcos llegan. Se dividen en varios equipos porque llegan dos a la vez. Los voluntarios también se dividen. Cargan a los niños, les cambian la ropa, atienden a los heridos, ponen a las personas dentro de sus autos para que se calienten. Muchos llegan con hipotermia, con heridas de guerra, con los pies engangrenados por días y días de caminar en la nieve hasta llegar a la costa de Turquía. Es importante atenderlos rápido, porque desde la playa van a un campo de refugiados, no a un hotel con ducha caliente. Los ómnibus del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) recogen a los refugiados que llegan y los llevan al campamento de Moria, muy cerca de la ciudad de Mitilene, la capital de la isla de Lesbos.

Cuando llega el transporte de Acnur sólo quedan sombras envueltas en mantas plateadas. Los niños sonríen, las madres descansan, los hombres fuman. Unos tiemblan de frío. Otros tiemblan de miedo. Tienen miedo de que la policía los arreste. Tienen miedo de que no los dejen seguir. Pero saben que lo peor ya pasó. Ya cruzaron el Egeo y vivieron para contarlo.

Avistan un quinto barco. Todavía no son las cuatro de la madrugada.

Bienvenidos a Europa. Todos los que llegan a la isla son llevados a registrarse al campo de refugiados de Moria. Hay otros dos campos, el de Kara Tepe y el de Pikpa, pero primero deben pasar por Moria. Allí cada caso es analizado y se le entrega a cada uno la documentación que corresponde. Una vez documentado ya puede comprar sus pasajes para salir de la isla con todo en regla. Todos quieren ir a Alemania para pedir asilo. Pero antes tienen que llegar hasta allí.

Después de guiar su propia balsa para atravesar el Egeo, Abdelkarim compra los pasajes en ferri para ir a Atenas por 45 euros. Atravesará Grecia, Macedonia, Serbia y Croacia en ómnibus y en tren tan rápido como pueda. En Eslovenia, finalmente, cruzará a Austria y entrará en la zona comunitaria. En Viena lo embarcarán hacia Alemania. Habrá llegado al destino final, donde recién empieza todo. Será considerado un ladrón, violador y terrorista, además de ser un padre sirio escapando con su mujer y su hija de las bombas en Aleppo.

No todos tienen la suerte, vaya ironía, de ser sirios. A los sirios les dejarán pasar las fronteras hasta Alemania y les darán el estatus de refugiados. También deberían dejar pasar a iraquíes y afganos, pero la situación es dinámica. A muchos de los otros que están aquí –marroquíes, sudaneses– no les permitirán cruzar ni siquiera de Grecia a Macedonia.

El costo de llegar. Tener los permisos es el primer problema. El segundo es tener dinero para pagar el viaje, sea legal o ilegal. Mahdi y su hermano vienen de Afganistán. De Helmand, dice Mahdi. Tiene 16 años y su hermano, 14. Ambos tienen la piel muy lisa, color oliva, y los ojos muy verdes, casi amarillos, como los de un gato. Viajan desde hace dos semanas, más o menos. No consiguen contar los días. Antes de cruzar a Lesbos atravesaron Irán, Irak, Turquía.

Ayer tenían 130 euros, pero los pasajes a Atenas les han costado 90, y entonces, me señala cerrando el pulgar, sólo les quedan 40. Me pregunta si podrá seguir hacia Alemania. Le digo que sí, que si es de Afganistán lo van a considerar refugiado y le permitirán cruzar. Le cuenta a su hermano todo, y me pregunta otra vez si podrá pasar. Le repito que sí, que es lo que han dicho, pero todo puede cambiar de un momento a otro.

—¿Seguirás hasta Alemania entonces?

—No sé si me dará el dinero –dice con timidez.

Viene de Afganistán, tiene 16 años, está a cargo de su hermano de 14, apenas habla inglés y sólo le quedan 40 euros en el bolsillo. Bienvenido, refugiado de guerra.

Después de la metralla

—Ya sé que esto es horrible –me dice Adbel mirando hacia arriba–, pero para nosotros es el paraíso. Aquí no estamos en peligro. Es claro que en Siria vivíamos mejor que aquí, pero ahora ya no tenemos que tener miedo.

Hay tormenta desde hace dos días y los ferris no salen. El paisaje parece dar sentido a la palabra dantesco. Los refugiados esperan en una piscina cubierta al lado del puerto. Hay quienes han armado una carpa, quienes han extendido mantas y se tiran en el suelo. Mochilas empapadas se amontonan por todas partes, cajas de comida, sacos de dormir, ropa tirada. Un muchacho de coleta y barba roja pasa repartiendo té. No sabemos si es refugiado o voluntario. Todo el mundo está mojado, cansado, cubierto con impermeables, todos tienen hambre y sueño, y los roles de voluntarios, refugiados y periodistas se desdibujan un poco. Yo misma estoy sentada en las gradas, tapada con una manta parda, comiendo dátiles desde hace una hora. Le dije que los dátiles en Uruguay son carísimos, pero en cambio la marihuana se puede cultivar de manera legal, y está pensando en hacer un negocio redondo.

—¿Quieres un poco de té?       –me pregunta Abdelrani.

—Sí, para bajar los dátiles.

—Tú no hables –me dicen entre risas, para que no descubran que no soy siria. Pide para mí, pero él no acepta.

—Este té es horrible –me dice, y se empina una botella de agua.

Se ríen, bromean, como si estuvieran esperando que empezara un partido de fútbol. Pero están esperando un ferri que los lleve a Atenas, y después un largo camino hacia Alemania. No tuvieron ningún problema para salir de Siria.

—Adiós, nos dijeron a todos en la frontera. No vuelvan.

Aisa vivía sola en Damasco y tenía terror de que alguien volteara una noche la puerta de su casa y la atacara.

—Resistí todo lo que pude, pero ya no aguantaba más vivir en el terror. Hace pocas semanas tuve un accidente en mi auto, tuve que ir al hospital. Estuve diez horas esperando un médico o una enfermera, pero nadie apareció. Ahí me pregunté por qué seguía resistiendo, y decidí marcharme –me cuenta.

Primero se fue su novio, que ya está en Alemania. Ella lo ayudó a pagar los gastos y se suponía que luego él la ayudaría a ella. Pero la dejó.

Me pidió que titulara la nota “The german dream”, porque lo único que tiene en mente es rehacer su vida en Alemania.

—Primero lo mato a él, y después rehago mi vida –dice entre risas y lágrimas. Es la única vez que llora. Como es traductora del árabe al inglés, al registrarse en Acnur le han pedido un número de contacto, porque podrían necesitarla.

Saben que al principio no tendrán una vida normal, van a estar en un campo de refugiados, van a demorar en tener los documentos en regla, pero al final les darán una casa, permiso de trabajo, y todos los sueños vendrán después.

 YA NADIE SE BAÑA EN EL EGEO

—Ya no me baño en el mar. Antes me gustaba mucho nadar, pero desde que empezó a pasar esto ya no puedo –cuando lo dice se le empiezan a caer las lágrimas.

—¿Cómo voy a estar nadando si han llegado cuerpos de niños a la orilla? ¿Cómo pueden permitir que pase esto?

Sofía es de Mitilene. Baja a la playa para ayudar como voluntaria día por medio.

—No puedo venir todos los días porque mi madre tiene Alzheimer y tengo que cuidarla.

Junto con Sofía, otros vecinos se acercan con su auto y esperan la llegada de los barcos. Distribuyen medias, guantes, té caliente, lo que haga falta. Le pregunto si toda la gente de la isla ayuda –yo he visto cómo lo hacen– y me responde que muchos sí.

—Una vez había un grupo de ciudadanos afganos cortando la calle para protestar, porque querían que les dieran sus permisos para irse a Atenas lo antes posible. Cortaron la calle y a mí, que venía de llevar comida al campo de refugiados, no me dejaban pasar. Golpeaban el auto, fue horrible.

Sofía se dijo que nunca más los iba a ayudar, pero no resistió.

—¿Cómo uno puede enojarse con ellos? Uno ve la desesperación en los ojos, uno ve cómo llegan, heridos, lastimados de la guerra, y nadie se queda indiferente.

Me muestra unas fotos que sacó algunos días antes, de una balsa que llegó con refugiados sirios. Algunos caminaban con muletas, otros estaban vendados, o muy débiles. Llora cuando lo recuerda.

—Es terrible ver esta tragedia un día sí y el otro también. ¿En Uruguay saben de esto?

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