Viaje desde los tambores – Brecha digital

Viaje desde los tambores

Melchaka es un cuarteto: cañas (Emiliano Pereira), guitarra eléctrica (Martín Ibarra), contrabajo (Marcos Expósito) y batería (Juan Ibarra). Presentarán su nuevo trabajo en la Zavala Muniz el lunes 26 a las 21 hs.

Si tuviera que ponerle una etiqueta, lo primero que me saldría sería “candombe-fusión”, es decir, jazz-rock con presencia de candombe. De ahí son la guitarra eléctrica limpia, el saxo soprano con emisión oboística, el tipo de cortes rítmicos, el ámbito armónico, e incluso una disposición buena onda y sentimental que lleva a, cuando uno de los músicos tiene un hijo, hacer una melodía tierna en “teclas blancas” con una vocalización en “darararé” y una grabación de la voz del bebito. También es de esa tribu una ostentación inevitablemente inflada de la propia locura, en el título Cando des-loco.1

Pero el título encierra algo mucho más importante aquí: la insinuación de “desconstrucción” y quizá de “dislocar”. El candombe está dislocado por la “fusión” y por las muchas situaciones rítmicas irregulares, pero la “fusión” también, al punto de poner en cuestión mi propuesta de etiqueta. Para empezar, el sonido: el disco parece haber sido tocado mayormente “en vivo”, todos juntos, y como que suena la sala de grabación, hay un toque de garaje.
Melchaka es un cuarteto: cañas (Emiliano Pereira), guitarra eléctrica (Martín Ibarra), contrabajo (Marcos Expósito) y batería (Juan Ibarra). El bajo acústico, el criterio natural de la batería y el amplio espacio sonoro (el relleno armónico está confiado exclusivamente a la guitarra, que muchas veces hace melodías), la expresa preservación de desprolijidades en nombre de la vitalidad, son mucho más hard bop que “fusión”. Es un entorno ideal para valorizar el colorismo casi melodioso del toque de Juan. Es un toque que parece proceder directamente de los tambores: su batería quiere llamar, repicar, ser muchos. Martín, compositor de la mayoría de los temas, canta con una voz algo áspera, y a veces con una garra especial (quizá alguna influencia de Fattoruso). En forma también sanamente extraña, las voces siempre están hundidas en la mezcla, aun cuando se insinúa una canción.

Todos los integrantes hacen solos bien interesantes. La configuración de las composiciones es medio caótica, lo que en todo caso garantiza que todo sea impredecible: la forma como viaje. Y por doquier brotan ideas de arreglos que generan unos climas fantásticos. En “Me faltan bananas” el solo de contrabajo transcurre sobre la batería con escobillas y la guitarra rasgueada apagadita, que genera extensos bordones; y poco después hay un contrapunto más o menos complejo entre el saxo y la guitarra levemente distorsionada, y luego todavía otro momento en que el saxo chiquito hace un arpegio de acompañamiento, como ocupando el lugar de la guitarra. En “Para liquidar el hielo” los clarinetes sobregrabados hacen unas oscilaciones que van y vienen como oleadas y respaldan los coros medio tribales. “Ansina” tiene unos momentos preciosos en que se contradicen poéticamente una tendencia al estatismo y otra a la velocidad. “Cando des-loco” termina con unos gritos futboleros desacatados. En “Melodías para Ale” la guitarra de Martín en un momento parece sonar como un arpa, y la música al final confluye en una pulsación estática reminiscente del contrabajo mágicamente monótono del inicio.

Hay citas significativas del respeto atento hacia importantes referentes: esos músicos escuchan y absorben, además de Opa y los tambores, a Jaime Roos (“Durazno y Convención” y el arreglo candombero de “El alacrán tumbando caña”) y Mateo (“El boliche”, nada menos).

Otro aspecto llamativo es el uso aventurado del estudio, a veces agresivamente contradictorio con la supuesta premisa “en vivo” y que por eso mismo es aun más sorprendente: la grabación de una llamada bien chiquita en “Ansina”, las interrupciones del sonido en los finales de “Para liquidar el hielo” y “Remeros I”. En la segunda, una pequeña aventura electroacústica de pronto nos traslada a “Domingo”, somnoliento interregno con cuarteto de cuerdas, sin batería. Pero luego las cuerdas evolucionan a una nube de sonidos como si fuera un enjambre de abejas y un corte seco nos devuelve “Remeros” ahora con aun más calor en el toque, como si uno se hubiera despertado –energizado– de un sueño.

Podría seguir enumerando ideas y momentos estimulantes. Pero pienso que es mucho mejor descubrirlos directamente, en el disco o en vivo: Melchaka presentará su trabajo en la Zavala Muniz el lunes 26 a las 21 hs.
1. Perro Andaluz, PA 6218-2, 2015.

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