El triunfo de Arévalo en Guatemala y una posible nueva primavera: Y no lo vieron venir - Semanario Brecha
El triunfo de Arévalo en Guatemala y una posible nueva primavera

Y no lo vieron venir

Enfrentando una maquinaria electoral diseñada para dejarlo afuera, por primera vez en casi 70 años un candidato progresista llega a la presidencia de Guatemala. Deberá superar enormes desafíos para mantenerse en el gobierno y hacer honor a las esperanzas que impulsaron su victoria.

Partidarios de Bernardo Arévalo festejan la victoria en las elecciones del 20 de agosto en la ciudad de Guatemala. AFP, LUIS ACOSTA

Es habitual acudir al superficial calificativo de países bananeros para abordar la historia y el presente de Centroamérica, la que en general nos aporta cifras poco auspiciosas. Si se trata del presente, el repaso obliga a consignar el agravamiento de algunos indicadores históricos y ciertamente escalofriantes sobre la extendida pobreza estructural, la desnutrición infantil, una obscenamente regresiva distribución del ingreso –posible, en buena medida, gracias al empeño de élites económicas particularmente depredadoras y atravesadas por el racismo–, migraciones forzadas que tensionan la seguridad regional –en especial si consideramos la fragilidad de las instituciones locales– y, para colmo, las siempre presentes calamidades naturales.

Si acaso miramos la historia, suceden cuestiones similares: es extensa la cronología de golpes de Estado, ambientados muchas veces en intervenciones foráneas –fundamentalmente de la potencia hegemónica más relevante en ese espacio, Estados Unidos–, y de autoritarismos varios, hoy renovados y en camino a la autocracia. Guatemala ha sido un ícono de esto, en buena medida por lo extendido del Estado contrainsurgente que comenzó a tejerse inmediatamente después de interrumpida su primavera democrática, en junio de 1954. Aquel recordado golpe final fue la continuación de numerosas experiencias golpistas previas, derrotadas una y otra vez por los democráticos gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz.

Sin embargo, se enfrentaban a actores poderosos en un sistema internacional atravesado por los temores de la primera etapa de la Guerra Fría. Hoy sabemos que lo ocurrido en 1954 se cimentaba en una agenda en la que convergían los temores de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y del Departamento de Estado, el lobby de la United Fruit, en connivencia con el gobierno republicano de entonces, y la Organización de los Estados Americanos (OEA) como instrumento de presión y aislamiento internacional, más la postura de los amenazantes dictadores regionales que buscaban horadar una revolución democrática y ciertamente molesta como ejemplo regional.

Aquel recordado «acto de piratería internacional» colocó por un breve tiempo a un presidente títere que dio lugar a un proceso descontrolado y brutal de captura del Estado, que en Guatemala pervive hasta la fecha. Como lo atestiguan las fuentes conservadas entre lo poco que sobrevivió del archivo del dictador elegido para Guatemala por Anastasio Somoza, Carlos Castillo Armas, una infinidad sorprendente de actores vieron allí su oportunidad: para algo, explicitaron, habían financiado el golpe. Arreciaron denuncias interminables contra funcionarios revolucionarios y un marcado sesgo antiagrarista, antisindical y fuertemente racista pasó entonces a ser la tónica de quienes desde aquel momento se ocuparon, fundamentalmente, de hacer negocios bajo la protección autoritaria.

Algunos de los apellidos que aparecen en la correspondencia arribada a la oficina presidencial de los gobiernos dictatoriales forman parte aún hoy de las estructuras de poder guatemaltecas: actores políticos, diplomáticos, empresariales, mediáticos, finqueros y petroleros hacían llegar formalmente sus solicitudes de negocios, que habitualmente eran luego contempladas por los dictadores.

Contra esa estructura de profundas y antiguas raíces –ciertamente poderosa, habitualmente impune y realmente peligrosa– es que la eterna y rebelde Guatemala ha comenzado a levantarse desde el pasado domingo, dando la victoria en segunda vuelta a Bernardo Arévalo (58 por ciento), por un amplísimo margen de votos respecto a su contendiente Sandra Torres (37 por ciento). He ahí el nudo principal del desafío interno que supone la victoria del partido Semilla, algo que lucía impensable y parecía imposible. Pero ahí también una de sus probables fortalezas: la posibilidad de que se transformara en una opción política viable tras los resultados de la primera vuelta despertó y movilizó a una masa muy importante de la población. Estos sectores populares caminaron, recorrieron y dialogaron en lo más profundo de la geografía del país ante la eventualidad de imponer un proyecto de cambio largamente esperado.

Considerados de esa forma los hechos, debe concluirse que la del domingo no se trató exclusivamente de la victoria de Arévalo junto con su pequeño partido. Y he aquí una variable relevante para lo que viene, es decir, en la posibilidad de mantener esa renovada esperanza e identificación masiva con la defensa de un proyecto alternativo al de las élites contrainsurgentes parece radicar buena parte de la posibilidad de evitar el contragolpe de esas élites. A la vez, se entiende que esa movilización popular es clave –lo ha repetido el propio Arévalo varias veces– para intentar ejecutar desde la calle un programa de gobierno que debe pasar por el escrutinio de un Congreso en el que el nuevo partido de gobierno será minoría. Pero hay más. El presidente electo ha capitalizado a su favor el simbolismo de un apellido con evocaciones revolucionarias: de ahí las numerosas fotografías difundidas en redes sociales de octogenarios acudiendo emocionados a renovar su esperanza en otro Arévalo.

UN «URUGUAYO» EN CAMPAÑA

Tras la primera vuelta, celebrada en junio, siguieron varias semanas intensas de pronunciada judicialización del proceso electoral en contra de Semilla, con el objetivo de obstaculizar el imprevisto de un candidato que no entraba en los planes. Sin embargo, sorteadas, aunque no completamente, esas instancias –para lo cual la presión social e internacional ha sido clave–, Arévalo y, sobre todo, sus esperanzados partidarios desplegaron todas sus fuerzas en una segunda vuelta con varios elementos inéditos.

Primero, la visible alegría a que daba lugar la presencia de Semilla en las numerosas comunidades y departamentos del país. Segundo, lo amplio de las movilizaciones en su defensa, en efecto, algo muy poco común para una mayoría de la población que históricamente se ha mostrado apática frente a un sistema político que tiene poco para ofrecerle. Tercero, tanto Arévalo como la electa vicepresidenta, la química bióloga Karin Herrera, conectaron con la ciudadanía por medio de mensajes y compromisos concisos, por cierto aplicables, que, en efecto, pueden dar lugar a cambios que podríamos considerar revolucionarios, partiendo de una sociedad con la experiencia histórica previamente explicitada. Cuarto, tan efectiva fue la comunicación de Semilla, que se logró desbaratar una campaña de desinformación amplísima de la que fueron parte relevante los pastores evangélicos, quienes desde el púlpito agitaron temores por la propagación del comunismo o de la tan mentada ideología de género. Quinto, esa campaña de desinformación incluyó un capítulo especial: el «argumento» principal de Sandra Torres para desprestigiar a su contendiente era que no se trataba de un guatemalteco, sino de un «uruguayo», un extranjero que no conoce la Guatemala profunda y su gente. De poco sirvió: los asesores en comunicación de Semilla explotaron en su favor la camiseta celeste, el chivito y el asado uruguayo, uno de los platos preferidos de Arévalo.

Más allá de eso y como sexto punto, la comparecencia de ambos en debates televisivos exhibió muy crudamente la abismal distancia política, académica, argumentativa y de proyecto de gestión de los candidatos. Era previsible: los asesores de Torres le señalaron que desistiera de debatir y, de hecho, ella no acudió al primero de los intercambios televisados. Ante los insultos de Torres, Arévalo se mostró sólido, consciente del desafío que tiene por delante: las encuestas de opinión que se conocieron días antes mostraban una tendencia irreversible a su favor. Algo inesperado había sucedido entre la población y, si bien el entorno presidencial se mantenía cauto –aunque circularon audios bochornosos de Torres y sus asesores que ponían de manifiesto el empleo de toda la maquinaria estatal a su favor, como la entrega de víveres y de chapas para techos–, el escenario lucía muy favorable.

La jornada del domingo lo confirmó. Con un 45 por ciento de participación, Arévalo cosechó casi el 60 por ciento de esas voluntades, con una ventaja respecto a Torres que se estiró hasta superar los 20 puntos porcentuales. El cuadro comparativo entre la primera vuelta y la segunda es prueba elocuente del cambio rápido y vertiginoso que se había producido: Arévalo pasó de triunfar en cinco de los 22 departamentos del país a hacerlo en 17, y su votación creció en casi 2 millones de electores.

Otras dos cuestiones importa subrayar: lo ocurrido se da a contracorriente del creciente autoritarismo que se consolida en la región; el triunfo de una alternativa democrática se impuso contra un sistema político ideado para que eso no sucediera y por medio de la inquebrantable voluntad de un proceso de cambios cimentado desde abajo, desde las bases mismas. Téngase presente, solo por tomar un indicador, lo que ha sido el financiamiento de la campaña electoral: una investigación periodística revela que, en promedio, el gasto por cada voto obtenido significó casi cinco veces menos para Semilla que para la Unidad Nacional de la Esperanza, la que se ha caracterizado por su opacidad e irregularidad en esta campaña y en las anteriores, en las que empleó a fondo la entrega de «alimentos e insumos» pese a la prohibición legal de hacerlo, en un país con índices de pobreza y desnutrición que trepan al 60 por ciento de la población.

¿QUÉ ESPERAR?

Confirmada la victoria, la gente ganó las calles –sobre todo en la capital y en la influyente Quetzaltenango–. Como era esperable, no hubo reconocimiento de la derrota por Torres, quien insiste en su camino de quitar legitimidad a lo que fue su tercer fracaso electoral consecutivo.

Importan y mucho las llamadas y los mensajes inmediatos que fueron llegando al presidente electo. La OEA, cuyo secretario general pasó por el país días antes para bregar por que fuera respetado el resultado de los comicios, y la misión de la Unión Europea acompañaron y certificaron el proceso electoral. El mexicano Andrés Manuel López Obrador, el salvadoreño Nayib Bukele, el estadounidense Joe Biden y su vice Kamala Harris, el español Pedro Sánchez, el panameño Laurentino Cortizo, la hondureña Xiomara Castro y el colombiano Gustavo Petro –estos últimos evocando la revolución guatemalteca– saludaron al novel mandatario elegido en las urnas. Nicaragua, Cuba, Venezuela y Costa Rica hicieron lo propio. Diversas cancillerías, como las de Brasil, Argentina, Bolivia y Paraguay, emitieron opinión y saludaron el proceso. La enumeración de estas expresiones de actores internacionales es particularmente decisiva en tanto implican un dique de contención, destinado a que se respete la voluntad democrática expresada el pasado domingo en un proceso que lamentablemente aún no parece cerrado.

Una mención aparte merece la escueta nota de la cancillería uruguaya –el propio Arévalo confirmó que no existió llamada telefónica desde Uruguay–, silenciosa ante la judicialización del proceso electoral, pero sobre todo escasa en cuanto a densidad histórica. Indecorosa hacia un presidente electo nacido en Montevideo como consecuencia de lo que fue nuestra sincera solidaridad democrática ante el doloroso exilio de Juan José Arévalo tras el golpe. Pero, ante todo, carente de un latinoamericanismo que nos había distinguido y ubicado en un lugar destacado durante buena parte de la Guerra Fría: al fin y al cabo, Uruguay contribuyó en varias ocasiones a defender la democracia centroamericana. Lo hizo en 1948, 1950 y 1955, y se vio en los ojos de la propia Guatemala en 1954, cuando revisó la pertenencia a un sistema internacional que no protegía ni garantizaba la integridad de los países débiles. Una nota diplomática impropia, para finalizar, de la rica tradición internacional del herrerismo, ampliamente solidario con Guatemala en su momento, a través de fogosas expresiones del propio Luis Alberto de Herrera, quien recibió ruidosamente al exiliado padre del hoy mandatario electo guatemalteco.

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