¿Y qué hacemos frente a un Estado patriarcal?

Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Victoria Rodríguez/b>

La mujer desarmó una caja de cartón, sacó un draipén, escribió: «Che… ¿viste que mataron a otra?». El Colectivo Rebelarte capturó el instante en el que ella alzó sus palabras en la calle, durante una movilización feminista. Esa fotografía, que recordé por el 25 de noviembre, pudo haber sido tomada este miércoles, una década atrás o incluso antes. Los feminicidios forman parte de la cotidianidad hace muchísimos años y hace muchísimos años que, desde los feminismos, se viene diciendo hasta el cansancio que el machismo mata, que la raíz del problema tiene que ver con las estructuras sociales, con su jerarquización y con los innumerables factores de legitimación del ejercicio patriarcal del poder.

Desde los feminismos seguimos dando explicaciones, como si nuestros cuerpos inertes, violados, golpeados, arrojados en los basurales o abandonados en nuestras propias casas, un día sí y otro también, no fueran evidencia suficiente. Hace muchísimos años, desde los feminismos se denuncian las infinitas trabas en el acceso a la Justicia, las carencias en los servicios especializados y en la educación pública. Hace muchísimos años, se reclama la importancia de tener un lugar al que recurrir antes de que nuestras parejas o exparejas nos terminen matando. El avance sustancial que puede significar la implementación plena de la ley integral, votada por todos los partidos, está paralizado por la falta de voluntad. Los dineros públicos no aparecieron en el gobierno pasado ni tampoco en este, lo cual es coherente con la percepción del presidente de que los feminicidios son «daños colaterales» de la pandemia.1 Está claro que el covid-19 amenaza la producción (y, por ende, las ganancias millonarias), pero no las tareas de reproducción que las mujeres asumimos en forma mayoritaria, en roles remunerados y no remunerados. En todo este tiempo, nosotras no dejamos de sostener la vida, material y simbólicamente. La demanda frente a la emergencia sanitaria se multiplicó, al punto de generar una crisis de cuidados que nadie reconoce, pero que impacta en nuestros cuerpos, que son territorios de disputa desde los tiempos coloniales. En palabras de Breny Mendoza, «la subordinación de género fue el precio que los hombres colonizados transaron para conservar cierto control sobre sus sociedades» y esa transacción explica «la indiferencia hacia el sufrimiento de las mujeres que los hombres, incluso los hombres de izquierda del tercer mundo, manifiestan con su silencio alrededor de la violencia contra las mujeres».2

Por todo lo anterior, no es de extrañar que, más allá de quién gobierne y de sus discursos, nunca estén disponibles los dineros suficientes para proteger nuestras vidas de la violencia machista. El Estado no logra ni siquiera garantizar que tengamos una vivienda a la cual ir con nuestros hijos e hijas antes de nuestro entierro. No en vano, la consigna de las chilenas «el Estado opresor es un macho violador» encontró eco en miles y miles de mujeres en todo el mundo. En 2018, Rita Segato lo resumía así: «Nos han vencido en la sociedad porque confiamos demasiado en el Estado, porque hemos puesto todas la fichas de nuestras luchas en el campo estatal».

Indudablemente, esto representa un desafío para los feminismos. Una primera pregunta es: ¿qué hacemos frente al Estado patriarcal, cómo nos paramos?

Sabemos que el capitalismo patriarcal y colonial constituye los Estados, aun cuando tengamos estabilidad institucional. Sabemos también que los únicos que hasta ahora pueden con los Estados son los poderes fácticos, cuyos agentes se valen del necroproyecto capitalista en el que, para que funcione, la vida de algunas personas vale más que la de otras o, dicho de otro modo, algunas tienen que morir.3

Vuelvo a la pregunta: ¿qué debemos hacer los feminismos frente a un Estado que sostiene y necesita sostener las jerarquías sociales? ¿Disputamos o no presupuesto para la violencia de género? ¿Disputar recursos públicos significa, necesariamente, creer en el Estado como una herramienta de transformación? ¿El Estado es un interlocutor de los feminismos? ¿Para qué políticas? ¿Desde qué lugar? ¿Queremos transformar el Estado? ¿Cómo? En su investigación,4 Mariana Menéndez propone, por ejemplo, la autonomía no como «propuesta ideológica», sino como una dimensión de la propia lucha, porque sin autonomía política, material o simbólica no hay lucha posible, una idea que también es reivindicada por Lilián Celiberti. Es decir, la autonomía como la posibilidad de disputar sentidos en el espacio público, de construir y fortalecer tramas políticas y cotidianas capaces de afectar y transformar la trama institucional.

Esta concepción podría conectarse, a su vez, con la segunda pregunta que quiero plantear: ¿qué podemos hacer nosotras, las que estamos vivas, en este contexto? Quizás, transformar el miedo, la frustración, el hartazgo y el enojo en acción política, aferradas a la vida, para continuar esta lucha que nos ha trascendido y nos trasciende, para seguir fortaleciendo la función política de los cuerpos y resistirnos a las que nos han asignado, como lo hicieron nuestras antepasadas. No sólo las feministas, sino nuestras propias madres y abuelas que, aun sin tener palabras para expresarlo ni redes de las que nutrirse, desearon para nosotras la libertad y las posibilidades que ellas no pudieron tener y nos lo transmitieron, como pudieron, desde los saberes de sus cuerpos. Sosa lo dice con estas palabras: «Los procesos políticos de inscripción en linajes feministas van contra y más allá de la orfandad impuesta por la mediación patriarcal que conforma la amalgama de capitalismo patriarcal y colonial».5

El aislamiento o el distanciamiento son las principales medidas contra el covid y también las principales armas de los feminicidas. La trama nos protege de la desposesión, del despojo y de la explotación que articulan el capitalismo;6 nos da fuerza para enfrentar la violencia del Estado; nos da la posibilidad de ensayar nuevas formas de vincularnos, de poder amar sin apropiarnos de otra persona, de establecer nuevas pautas de crianza. Pero, en este punto, no puedo dejar de preguntarme cómo hacer para llegar a todas, a las que no tienen recursos materiales y a las que los tienen, pero aún, por la razón que sea, están fuera de la trama. Porque la única certeza que tenemos es la de tenernos a nosotras.

1.  Véase «La pregunta que desnudó al emperador», de Soledad Castro Lazaroff, Brecha, 27-III-20.

2. Mendoza, Breny, «La epistemología del sur, la colonialidad del género y el feminismo latinoamericano», en Espinosa, Yuderkys (coord.), Aproximaciones críticas a las prácticas teórico-políticas del feminismo latinoamericano, En la Frontera, 2010.

3. Quiroga, Natalia, Economía pospatriarcal. Neoliberalismo y después, Lavaca Editora, 2019.

4. Menéndez, Mariana, Desborde antipatriarcal, politicidad feminista y autonomía simbólica. Experiencias de feminismos populares renovados entre Montevideo y el Río de la Plata (2014-2019), tesis en elaboración para el Doctorado en Estudios Sociales de América Latina, Universidad Nacional de Córdoba.

5. Sosa, María Noel, De la orfandad al linaje. Hacia una genealogía de las luchas feministas del Uruguay posdictadura, tesis doctoral (inédita), Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2020.

6. Gago, Verónica, La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo, Tinta Limón Ediciones, 2019.

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