La pregunta que desnudó al emperador

Acerca de las declaraciones de Luis Lacalle Pou sobre los femicidios.

En la conferencia del lunes 23 de marzo, el presidente de la República estuvo acompañado por cuatro hombres más, todos de piel blanca: el ministro del Interior, el ministro de Defensa, el ministro de Salud Pública y el canciller. La locutora, mujer, los presentó mientras se acomodaban en las sillas. Luis Lacalle Pou realizó una pequeña disertación sobre algunas decisiones tomadas frente a la emergencia sanitaria; explicó las razones por las que su gobierno no está de acuerdo con la declaración de una cuarentena general y argumentó que la urgencia económica de ciertos trabajadores los obliga a “hacer el peso” en la calle, por lo que impedirles la circulación traería nefastas consecuencias. Arguyendo que gobernar “no es hacer política” evitó hacer mención alguna a la posibilidad de generar un debate democrático y profundo sobre las posibles implicancias de una cuarentena total–sobre todo ahora que el Parlamento no está funcionando con normalidad– y dio por sentadoque sus decisiones y las de su equipo de asesores resultan suficientes para comprender y obedecer las medidas propuestas. Poco o nada se dijo sobre la información en la que está basado el enfoque de esas decisiones, sobre las variables económicas que realmente suponen o sobre la filosofía que las alienta. Nada se enuncia acerca de, por ejemplo, por qué no debe ser el Estado el que ponga ese “peso” que los trabajadores necesitan para quedarse en casa, como en otros países. Tampoco se habla acerca de muchas otras cosas que preocupan seriamente a la población: la investidura del poder determina un espacio simbólico donde hay lugar para pocas palabras, pero muchos gestos semióticos. Ser presidente implica ciertos rituales que demuestran la autoridad: el mentón en alto, la media sonrisa. A veces, elevar la voz. Dar las respuestas él solo. Animarse a dejar traslucir cierto enojo, medido, que da lugar a la ironía y a los distintos subtextos que cierta gente logrará comprender, y otra no.

En el auditorio, varios periodistas de diferentes medios esperaron, pacientemente, sus turnos para hablar. La infantilización de su rol estuvo dada, justamente, por el lenguaje: hay tiempo para pocas preguntas; las últimas dos son “de yapa”. En todas las respuestas, la imagen de solvencia del mandatario sobrevivió incólume. Parecía que no habría fisuras en sus parlamentos–claramente preparados de antemano– ni en sus movimientos corporales, siempre adecuados. Hasta que, finalmente, la periodista Natalia De Brun, de TV Ciudad, le hizo un gesto con las manos como pidiéndole por favor que la dejara hacer su trabajo. “Si me lo pedís así, no te puedo decir que no”, contestó él, saliéndose de la línea estricta de formalidad y apelando a esa especie de simpatía que sirve para tratar de disimular las relaciones jerárquicas, como la que usan ciertos hombres para hablar a las mujeres, claro, pero también como la que utiliza un buen patrón cuando otorga, frente al último ruego, una licencia.

Por decir fútbol

La periodista le preguntó qué acciones iba a tomar el gobierno frente al aumento defemicidios vinculados al encierro, y el presidente, por primera vez, trastabilló. Hizo largas pausas, apeló a la figura de Beatriz Argimón, nombró a Mónica Bottero. Pero esa respuesta no estaba preparada; tuvo que improvisarla. Y justo ahí, en la sorpresa, estuvo la válvula de escape que dejó en evidencia que las muertes de las mujeres no son tema de pensamiento y reflexión real para nuestros gobernantes. ¿No esperaban, siquiera, que alguien les preguntara sobre ellas? Para Lacalle Pou y sus asesores, las mujeres somos parte del costo humano del sistema, no estamos en el centro de la discusión, no somos un “gran tema” para la gestión de gobierno o la organización social. Las vidas de las niñas, adolescentes y mujeres asesinadas, desaparecidas, abusadas, encerradas, violadas, violentadas son, para ellos, vidas sobre las que no hay mucho que hacer, o si lo hay, eso no es un asunto de los hombres.

Resulta impactante que una pregunta feminista haya sido lo que logró sacar a Lacalle Pou del guion, del protocolo. Su fuerza simbólica resulta una apabullante metáfora de lo que el movimiento significa hoy en términos políticos, a pesar del confinamiento, a pesar de las divisiones y las disputas perdidas. En medio de la confusión que le supuso escuchar a una mujer tomar la voz de aquellas que no pueden hablar y reclamar por sus cuerpos, su dignidad y sus vidas, al presidente le salió decir que los femicidios son un “efecto colateral” del distanciamiento social. Fue la frase que las vecinas y vecinos del barrio comentaron, indignados, al otro día; fue la frase que desnudó al emperador. A diez minutos de terminada la conferencia, una pared de la ciudad de Montevideo rezaba, en aerosol negro: “Marzo 2020. 5 efectos colaterales en 10 días”. Es que las calles, como siempre, son nuestras.

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