Arabia Saudita, el aliado yihadista de Occidente

En 2014 fueron decapitadas allí 87 personas por infringir la ley islámica. Fueron condenados por asesinato, violación, tenencia de drogas, homosexualidad o brujería. Se trata del reino de Arabia Saudí, único país en el mundo capaz de llevar a las mujeres a juicio por “terrorismo” si las atrapa con las manos en el volante.

John Kerry en Arabia Saudita. Setiembre de 2014. Foto AFP, Brendan Smialowski-Pool

“La defensa de Arabia Saudí es vital para la defensa de Estados Unidos”, dijo una vez el presidente estadounidense Franklin D Roosevelt, algo que décadas más tarde ratificó su sucesor Jimmy Carter: “Arabia Saudí es nuestro aliado y amigo”. El padrinazgo estadounidense a los saudíes continuó lo hecho por el Reino Unido desde comienzos del siglo XX y anticipó el actual papel de Francia como protector occidental del reino petrolero.

Lo paradójico (o no) es que los grupos yihadistas, como el que presuntamente atacó las oficinas del semanario satírico francés Charlie Hebdo, tienen una gran deuda con el reino de Arabia Saudí. El conservadurismo religioso que profesan Al Qaeda o el Estado Islámico, que consideran a otros musulmanes como infieles a ser perseguidos y hacen de la guerra santa un principio de fe, se basa mayormente en la interpretación del islam que los saudíes exportan desde hace décadas, el wahabismo.

LA FUENTE. Mohammed bin Abd-al-Wahab fue un religioso del siglo XVIII, que en su intento de reformar el islam sobre una base puritana vio en la austeridad y el conservadurismo de los beduinos del desierto árabe la encarnación del “verdadero islam”, frente al cosmopolitismo y la heterodoxia que caracterizaba a los fieles otomanos y persas. Sin embargo, la dureza de su prédica le valió el escarnio y la expulsión de importantes centros musulmanes como La Meca y Basora.

Para este predicador del desierto, las tradiciones populares, que incluían peregrinaciones a santuarios o lugares considerados sagrados, como las tumbas de Mahoma y sus descendientes, eran prueba del pecado de idolatría en que caían la mayoría de los musulmanes. La censura islámica de las representaciones humanas –que sería el motivo de la masacre de Charlie Hebdo– era en verdad poco respetada por el arte musulmán en Turquía, Persia y Asia Central. Sin embargo, alcanzó un celo fanático dentro de la concepción wahabí.

Los emires que crearon el reino de Arabia Saudí hace tres siglos se valieron del dogma de Al Wahab para alcanzar la hegemonía sobre el resto de las tribus beduinas de la península arábiga. De acuerdo al analista y diplomático británico Alastair Crooke, para Al Wahab “todos los musulmanes debían prometer su lealtad individual a un solo líder musulmán (un califa, si existiera uno). Aquellos que no estuvieran conformes con esta visión debían ser asesinados, sus esposas e hijas violadas y sus posesiones confiscadas, según escribió. La lista de apóstatas que merecían la muerte incluía a chiitas, sufíes y otras denominaciones musulmanas a quienes Abd-al-Wahab no consideraba musulmanes” (Huffington Post, 27-VIII-14).

El wahabismo bebe en la fuente del takfir, una suerte de práctica inquisitorial de una rama del islam sunita, por la que se acusa a otros musulmanes de no ser realmente musulmanes, sino infieles. Actualmente unos 16 millones de musulmanes chiitas de Arabia Saudí –20 por ciento de la población total– son objeto de “discriminación y acoso sistemático” por parte de las autoridades, según denuncia Amnistía Internacional, mientras es habitual que sus líderes sean encarcelados o condenados a muerte (Amnesty International, 15-VIII-14).

LOS ESTUDIANTES. Más que del ardor de sus fieles, la fuerza real del wahabismo viene de lo que descansa bajo sus pies. Actualmente el mayor exportador de crudo del mundo, Arabia Saudí, disfruta de una fuente casi inagotable de divisas. Junto al control de los dos lugares más sagrados del islam, La Meca y Medina, los saudíes poseen así una enorme influencia sobre el resto del mundo islámico. Algo que se acentuó con la crisis petrolera de 1973, que disparó los precios del petróleo, y a partir de 1978 con la guerra en Afganistán.

Los muyahidines, los que hacen la yihad, pavimentaron con su victoria frente a la Unión Soviética el camino afgano para la expansión mundial del islam wahabí. El plan, concebido por Estados Unidos, parecía sencillo: con el apoyo de la Cia, estos milicianos fundamentalistas crearían un muro musulmán de contención al poder rojo. Uno de ellos destacó en esos años por su capacidad para recolectar fondos para los muyahidines entre la elite saudí, de la que era originario. Se llamaba Osama bin Laden.

En la devastación que siguió a la guerra florecieron las madrazas, escuelas islamistas financiadas con petrodólares saudíes, donde los huérfanos del conflicto se formaron en la interpretación religiosa conservadora y extremista seguida por sus generosos protectores. No en vano, talibán significa “estudiante” en el idioma local.

El 16 de diciembre ese grupo masacró a más de 130 niños en una escuela de Peshawar. Casualmente en esa ciudad paquistaní, cuna del Talibán, existen más de una decena de madrazas de inspiración wahabí, dentro de un total de más de 10 mil en todo el país, que compiten con escuelas laicas, como la que fue blanco del ataque (véase Brecha, 2-I-15, La guerra de Pakistán contra sí mismo).

LA CHEQUERA YIHADISTA. A partir de la década de 1970, mientras Estados Unidos e Israel combatían el socialismo y el nacionalismo árabe, las madrazas se expandieron como una tormenta en el desierto, sepultando con su currícula extremista otras interpretaciones del islam. El sufismo, por ejemplo, que prioriza la yihad interior o perfeccionamiento espiritual de los fieles frente a la yihad exterior o guerra santa, perdió terreno frente al wahabismo en numerosos países, desde el Cáucaso al oeste africano.

En esa región, el grupo islamista Boko Haram saltó a los titulares internacionales por secuestrar a más de 250 niñas en Nigeria en abril de 2014. A lo largo del año, esa organización asesinó a unas 10 mil personas. Para el académico nigeriano Muhammad S Umar, el deterioro de la educación pública a partir de 1980 y la política de privatización a instancias del Fondo Monetario Internacional favorecieron la expansión de madrazas wahabíes en ese país africano. Los graduados de esas escuelas religiosas “están a la vanguardia de la creciente demanda de aplicación plena de la ley islámica”, advirtió Umar en 2003, a pocos meses de la fundación de Boko Haram (“Profiles of New Islamic Schools in Northern Nigeria”, en The Maghreb Review, 2003).

El periódico indio India Today reveló en 2012 un nuevo plan saudí de 35 mil millones de dólares para la construcción de madrazas y mezquitas en Pakistán, India, Bangladesh y otros países del sur de Asia (India Today, 2-I-12). La inteligencia estadounidense cree que en algunos casos se inflan los costos de construcción para financiar también a grupos armados, como la organización islamista wahabí a la que se acusa de estar detrás de los atentados en la ciudad india de Bombay, que dejaron 173 muertos en 2008 (The Guardian, 5-XII-10).

El reino de Arabia Saudí rechaza las acusaciones de apoyo al extremismo y sostiene que las donaciones provienen de entidades saudíes privadas sobre las que no tiene control. En 2003, ante el subcomité en terrorismo del Senado estadounidense, el consejero en asuntos de seguridad Alex Alexiev consideró ese argumento falso. Según Alexiev, en Arabia Saudí un decreto real de 1993 establece la supervisión estatal de la colecta de donaciones al exterior, unos 2.500 millones de dólares anuales, de acuerdo a fuentes oficiales saudíes (“Terrorism: growing wahhabi influence in the United States”, US Government Printing Office, 2004).

LAISSEZ FAIRE, LAISSEZ PASSER. “Les daremos lo que quieran” afirmó el presidente francés, François Hollande, a los empresarios saudíes en su última visita a la cuna del wahabismo, a fines de 2013, según informó la agencia France Presse. Desde que el reciente acercamiento estadounidense a Irán y las maniobras saudíes en el precio del crudo han enfriado las relaciones entre Washington y Riyadh, los franceses se frotan las manos ante la expectativa de reemplazar a Estados Unidos como socio preferencial de la monarquía petrolera.
“Lo que quieran” incluye misiles Crotale y submarinos y fragatas Sawari de última generación, de acuerdo al matutino libanés As Safir (As Safir, 27-XII-13). A cambio, la Francia republicana no le pidió al monarca saudí que libere a los cerca de 30 mil presos políticos que se estima pueblan las cárceles del reino, o que detenga su patrocinio a los grupos armados que reclutan jóvenes de todo el mundo –incluso franceses– para pelear la yihad. Prioridad para las inversiones galas en infraestructura y energía nuclear parecen ser términos de negociación mucho más estimulantes que la libertad de expresión o los valores democráticos.

Artículos relacionados