Nada nuevo bajo el sol. La doctrina de Adolf Trump abreva en los antecedentes de Donald Hitler y se apoya en las enseñanzas propagandísticas de Marco Goebbels que reproduce Joseph Rubio.
Es posible detectar íntimas coincidencias entre el principio del Lebensraum, el «espacio vital» nazi, y el corolario de la doctrina Monroe que reivindica, además del patio trasero estadounidense, un patio delantero, porque el espacio vital anunciado por Trump es todo el hemisferio occidental. El Lebensraum se justificaba en la necesidad de anexar territorio para el crecimiento de la raza superior; Trump abre el paraguas de la «seguridad nacional» para desplegar su propio Lebensraum, argumentando la necesidad de tomar para sí los recursos naturales de Occidente controlados por «dictadores» tropicales o aldeanos cuasipolares. El patio delantero bascula entre apoyar a Trump en su pulseada con Vladímir Putin o defender a Dinamarca ante la eventual anexión de Groenlandia.
Se dice que Adolf Trump y Joseph Rubio exhiben un descaro transparente. Y, sin embargo, recurren a la mentira, por cierto, con un estilo más precario (las famosas «patas cortas») que el de Goebbels. En su famosa conferencia de prensa, Trump reivindicó el derecho a rescatar «el petróleo que nos robaron» los chavistas, un petróleo que, por cierto, fue nacionalizado por Carlos Andrés Pérez en 1976 durante su primera presidencia.
Trump descargó sobre su prisionero Nicolás Maduro la responsabilidad por los miles de muertos que ha provocado el fentanilo en Estados Unidos, y dio por sentada la presunción de que organizaba la introducción de drogas en Estados Unidos a través del cártel de los Soles. Pero el fentanilo, como ha denunciado el propio Trump, cruza la frontera de México; el narcotráfico desde Venezuela (principalmente hacia Europa) se concentra en la cocaína. Y, para colmo, se desmoronó la otra mentira concatenada: dos días después de que Trump afirmara en su conferencia de prensa que Maduro «estuvo al frente del vicioso cártel de los Soles», la Secretaría de Justicia, que aportó el fundamento para el secuestro del presidente de Venezuela (la peculiar «extracción»), se apresuró a modificar su pliego de acusaciones y reconoció que el cártel de los Soles no existe.
El traspié podría evidenciar la debilidad legal de la estrategia Trump, si es que lo legal juega algún papel en el nuevo Lebensraum por petróleo y tierras raras. Pero no parece ser así: la ofensiva trumpiana descansa en una afirmación que deja pequeño el invento del cártel de los Soles. Apoyándose ya no en su mentor Hitler, sino en su antecesor George W. Bush, Trump desplegó la más temeraria de sus afirmaciones concentradas en la conferencia de prensa: las drogas son un arma de destrucción masiva. Así como dichas armas fueron el pretexto para la invasión de Irak, la captura y asesinato de Sadam Huseín y la escandalosa ocupación del país para controlar hasta la última gota de petróleo, la resucitada argumentación de Trump justificará el despliegue de su poderío militar en el patio delantero, mientras invade territorios en el patio trasero.
Es hora de poner las parvas en remojo.







