Cuando estar adentro es estar a la intemperie - Semanario Brecha
Un sistema de protección fallido

Cuando estar adentro es estar a la intemperie

Intemperie, de Sebastián Aguiar, Gabriel Gatti, María Martínez, Natalia Montealegre Alegría y Marcelo Rossal. Alter Ediciones, Montevideo, 2025. 376 págs.

El hecho quizás no haya sido olvidado, provocó cierto revuelo en su momento. Las instalaciones de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS) de la Universidad de la República (Udelar), en particular su sala de informática, eran usadas como refugio diurno, hace poco más de un lustro, por personas en situación de calle. Un grupo de investigadores entró en contacto con esas personas, que poco después se organizaron como un colectivo: Ni Todo Está Perdido (NITEP). Como resultado de ese contacto, nacieron varias actividades conjuntas y, ahora, un libro colectivo, Intemperie (Alter Ediciones, 2025), editado por Sebastián Aguiar, Gabriel Gatti, María Martínez, Natalia Montealegre Alegría y Marcelo Rossal.

La obra se abre con una escena que funciona como una especie de advertencia metodológica: dos equipos universitarios, uno uruguayo y otro europeo, conversan, en principio de manera cordial, hasta descubrir que no solo comparten intereses, sino también inquietudes o «inquietaciones». Las inquietaciones, nos explican los editores del volumen, son esa mezcla de placer y miedo que sobreviene cuando uno escucha algo que lo obliga a pensar de nuevo lo que creía ya suficientemente pensado.

El libro combina investigaciones producidas por ambos grupos, en el marco de proyectos anclados en varias universidades de ambos continentes, sobre poblaciones socialmente desprotegidas, no necesariamente todas ellas en «situación de calle».

Los editores definen la obra como un «artefacto». Se trata de un dispositivo diseñado para interrumpir el flujo habitual de nuestra comprensión sobre ciertos fenómenos sociales. El resultado no se parece a un trabajo habitual sobre la pobreza o la exclusión: carece de la frialdad –digamos– administrativa propia de los textos que produce la academia contemporánea en el campo de las ciencias sociales.

Los capítulos de este volumen se organizan en cuatro «estaciones» inspiradas en un tour etnográfico muy particular: uno (realmente ocurrido) en el que los guías no eran los investigadores, sino integrantes del colectivo NITEP, que condujeron a los académicos por «su» Montevideo. En un giro interesante, a los involucrados se les presentó la cuestión: ¿quién es el observador y quién el observado?, ¿quién observa a quién?

La estructura del libro –cuyas secciones se titulan «Casa», «Plaza», «Contenedor» y «Universidad»– funciona como un itinerario conceptual y geográfico que recrea ese recorrido, ese tour etnográfico. En «Casa», se problematizan los vínculos familiares, las rupturas, las apropiaciones y los refugios que no siempre refugian. En «Plaza», la vida pública aparece como espacio de conflicto, de espera, de circulación y de disputa por el sentido. En «Contenedor», la precariedad se vuelve casi literal: cuerpos que encuentran en un receptáculo de basura un espacio de trabajo, de privacidad improvisada o de subsistencia. Y en «Universidad» se revisa el lugar del saber experto, sus pudores, sus contradicciones, los límites que la realidad impone a la investigación sociológica o antropológica, incluidas las limitaciones de la propia escritura académica.

Intemperie es un libro en el que diversas clases de límites quedan en evidencia: los límites de la protección estatal, los límites del lazo social, los límites de nuestro lenguaje y, en última instancia, los límites de nuestra propia humanidad.

En lo que refiere a lo primero, los límites de la protección estatal, varios de los artículos desnudan realidades que ponen severamente en cuestión el Estado social o de bienestar.

La antropóloga Claudia Fonseca, de muy destacada trayectoria, documenta casos en Brasil en los que el hogar familiar no es ámbito de resguardo y de protección, sino escenario de una sustracción institucional: madres pobres a las que el Estado les retira a sus hijos bajo la premisa de la protección infantil, arrojando a ambas partes a una deriva de mayor vulnerabilidad.

Gabriel Gatti, Ignacio Irazuzta y María Martínez, investigadores de la Universidad del País Vasco, muestran cómo, a menudo, el interior del refugio nocturno –diseñado para proteger– se convierte en un espacio de violencia y desamparo, mientras que el exterior –la intemperie, la calle– deviene, contra todo pronóstico, en el único espacio habitable y comunitario.

Esa misma inversión es la que observan Soledad Camejo y Santiago Zorrilla de San Martín, trabajadores sociales y docentes de la FCS de la Udelar. También ellos advierten la existencia de una intemperie institucional: una que se sufre cuando se está dentro, y no fuera, de los instrumentos y dispositivos de protección del Estado social; una intemperie que sufren tanto los técnicos y trabajadores como los destinatarios de las acciones de asistencia que allí se implementan.

El libro también desmonta la retórica de la «reinserción». La socióloga uruguaya Fiorella Ciapessoni, también docente de la FCS de la Udelar, describe las trayectorias de calle y prisión en Uruguay, y muestra cómo, para muchas personas, la calle no es un accidente temporal, sino una condición permanente. La interacción del sistema penitenciario y el sistema de refugios nocturnos tiene un papel crucial en la creación de una «espiral descendente» de exclusión, marginación y violencia.

Hogares, asilos, colonias, hospitales, cárceles, refugios y otros mecanismos del Estado social o de bienestar constituyen un conjunto articulado de dispositivos de asistencia o de protección cuyo fracaso resulta ya evidente por completo. Es un fracaso que se oculta a la luz del día, a la vista de todos. El problema no es solo uruguayo ni mucho menos, como el libro documenta de manera extensa y variada, con ejemplos de al menos dos continentes. Pero el uruguayo es el caso que nos atañe de forma especial.

La solución, a todas luces, no consiste en gestionar mejor ese sistema de protección fallido ni tampoco en hacerlo objeto de reformas tímidas, sino, más bien, en dinamitarlo por su propia base (al menos en algunas, muchas, de sus partes) y empezar de nuevo. El propio sistema de protección es parte constitutiva del problema. Aunque está diseñado para proteger, no solo no protege, sino que daña, excluye y margina.

El resultado es un tejido social que se desgarra en forma creciente. Ni los indicadores de crecimiento económico ni las cifras de pobreza recogen el fenómeno, mucho menos lo explican. El tema, además, no es electoralmente vistoso, y las soluciones son caras. El único horizonte que se extiende por delante pareciera ser el de una gestión más o menos ordenada del desmoronamiento inexorable.

Un día, el tejido se habrá desintegrado por completo. Habrá entonces, sin dudas, quienes declaren no entender cómo se habrá llegado a semejante situación.

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