El pasado 21 de enero falleció, en Montevideo, la artista italouruguaya Linda Kohen, nacida en Milán en 1924. Que pasara el siglo de vida no resta un ápice de tristeza a su pérdida. En un mundo que a fuerza de prepotencia y miedo ha perdido el sentido de la humanidad, personas como Linda, lúcidas y cordiales, serenas y activas hasta el final, hacen más falta que nunca.
Linda Olivetti Colombo era la hija menor de Rina Colombo y Guido Olivetti, judíos piamonteses de antigua estirpe. Ante las leyes raciales antisemitas promulgadas por el régimen fascista en Italia previo a la Segunda Guerra Mundial, la familia debió exiliarse. Linda tenía 15 años. «No seremos ciudadanos de segunda», le dijo su padre. Llegaron a Montevideo en 1940. Sin acceso a la documentación que acreditara su calidad de estudiante, la alentaron a aprender idiomas y a tomar clases de pintura con Pierre Fossey y Eduardo Vernazza. Hacia 1946 se casó con Rafael Kohen y la pareja se estableció en Buenos Aires. Allí asistió al Círculo de Bellas Artes y al taller de Horacio Butler. De regreso a Uruguay, en el año 1949 se integró al Taller Torres García y permaneció hasta 1970, donde pasó por los maestros Uruguay Alpuy, Augusto Torres y José Gurvich. Participó de las muestras colectivas del Taller Torres García y recién en 1971, a los 47 años, en la Galería Moretti, hizo su primera muestra individual.
Varias líneas estéticas confluyen en su formación. Para comenzar, la dibujística académica y disciplinada de Fossey y Vernazza. Luego, la «mística» de la Escuela del Sur, con Gurvich como pivote de energía y vuelo creativo. También cumplen un rol fundamental sus amigas: Eva Olivetti –cuñada, casada con su hermano–, pintora de instinto y pureza lírica; Hilda López, de concisa y vertical fuerza expresiva; Elsa Andrada, pintora de tonos medidos y sutiles; Sofía Sabsay, onírica y metafísica, la más soñadora. Por su parte, el carácter melancólico, calmo y profundo de Linda impacta en las demás. No debe olvidarse la admiración por los maestros Vuillard, Bonnard y Morandi. Ni la literatura, ni el teatro ni el cine: todo formaba parte de la educación sentimental de estas mujeres notables.
En tiempos de dictadura cívico-militar, su percepción del mundo comienza a mudar. Se retrotrae. Dibuja y pinta la intimidad del mundo familiar. En 1977, junto con su marido y su madre, emigra a Brasil. Pinta por series: la soledad del cuerpo, las horas del día, los ritos domésticos, la mesa, la madre, los niños, los animales, los objetos cotidianos… Comienza a forjar las escalas de un itinerario personal: detrás de cada ser y de cada objeto hay un sedimento profundo y un misterio que lo envuelve. En Brasil, Linda encuentra su lenguaje: la paleta se aclara, las formas se condensan, el pincel reduce su carga y parece acariciar la superficie. En 1981 hace una exposición consagratoria en el Museo de Arte de San Pablo Assis Chateaubriand. Desde entonces, expondrá regularmente en museos, espacios culturales y galerías de Uruguay, Argentina, Brasil, Italia y Estados Unidos.
Le preocupa el paso del tiempo –«¡Detente, instante, eres tan hermoso!», recitaba a Goethe– y juega a conceptualizarlo en el espacio, con obras como El gran biombo y El laberinto, ya en su definitivo retorno en Uruguay. Su trabajo es constante y meditado. Llegan dos hijos, y con ellos vendrán seis nietos y 13 bisnietos. Recibe los reconocimientos en la vejez: premio Alas (2009), Medalla Delmira Agustini (2019), Premio Figari (2021), es condecorada con la Ordine al Merito della Repubblica Italiana (2023), declarada Ciudadana Ilustre de la ciudad de Montevideo (2024) e invitada a participar de la Bienal de Venecia ese año. Y en el viaje último a Italia, a sus 100 años, en un acto público de reparación simbólica, el Liceo Classico Statale Cesare Beccaria de Milán restituye su calidad de estudiante. Se cierra un círculo de aprendizajes. Los desplazamientos y desarraigos y las pérdidas afectivas de todo un siglo de vida no impidieron que Linda siguiera trabajando en el misterio, sin perder el humor ni la bondad, que fueron su sello y serán su legado.









