Las víctimas de clase obrera de Epstein - Semanario Brecha
Clase y género detrás el abuso a cientos de niñas y adolescentes

Las víctimas de clase obrera de Epstein

Las víctimas de la red de tráfico sexual de Jeffrey Epstein eran, en su mayoría, chicas de clase obrera, y la extorsión económica jugaba un papel esencial en esa violencia. Como en otros casos, para la élite económica que abusaba de ellas eran cuerpos intercambiables al alcance por poco dinero.

Cita de «Lolita», de Nabokov, escrita en el pie de alguien. Foto del archivo Epstein, publicada por los demócratas del Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental de la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

La serie documental Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico (2020), en la que participan varias sobrevivientes, relata cómo adolescentes de clase trabajadora fueron «contratadas» como «masajistas» y sufrieron violencia sexual sistemática a lo largo de varios años. Son los mismos testimonios que aparecen en un sinnúmero de artículos de periódicos internacionales, en campañas estatales como Stand With Epstein Survivors (Solidaridad con las Sobrevivientes de Epstein) y en el libro de memorias de una de sus víctimas, Virginia Roberts Giuffre. El patrón es exactamente el mismo en casi todos los testimonios: 200 dólares por un masaje de 45 minutos que devenía rápidamente en actos sexuales; después, se les ofrecía más dinero a cambio de que trajeran más adolescentes, haciendo hincapié en que tenían que ser, o por lo menos parecer, muy jóvenes (menos de 18 años). Decenas de chicas cruzaron el puente que separa West Palm Beach de la exclusiva isla de Palm Beach, Florida, durante años. Pero también eran cientos las jóvenes que entraban por una inmensa puerta de roble en una de las mansiones más caras de Nueva York, el número 9 de la calle 71 Este, en la exclusiva zona de Upper East Side de Manhattan. A muchas se les ofrecía también la posibilidad de acceder a educación universitaria, contactos en el mundo del arte y de la moda o viajes a sitios exóticos.

En los años noventa, Maria Farmer empezaba su carrera como artista. Fue entonces cuando la llevaron al rancho de Epstein en Nuevo México ofreciéndole apoyo y contacto con coleccionistas de arte y galeristas. A su hermana Annie Farmer, de entonces 16 años, también le ofrecieron pagarle los estudios. En 1996, Farmer es la primera en interponer una denuncia penal contra Epstein y en testificar para el FBI por intercambio de posibles imágenes de abuso sexual infantil. Sin embargo, no se tomó ninguna medida legal en contra del magnate.

Roberts Giuffre, otra de las sobrevivientes, que en 2009 denunció a Epstein y en 2021 al duque de York, Andrew Mountbatten-Windsor, relató en sus memorias, Nobody’s Girl: A Memoir of Surviving Abuse and Fighting for Justice, que la mayoría de las chicas abusadas eran pobres, huérfanas o sin lazos familiares. Adolescentes de clase trabajadora reclutando a otras adolescentes de clase trabajadora para ser sexualmente explotadas por las élites económicas y desechadas en cuanto «se hacían mayores». Vidas prescindibles, chicas intercambiables. Michelle Licata, otra sobreviviente, cuenta que le habría gustado decirle a la cara a Epstein: «No te acuerdas de mí porque había miles como yo, pero yo me acordaré de ti el resto de mi vida». Jena-Lisa Jones ha insistido en su testimonio sobre el ambiente de coacción financiera de la red y en cómo se explotaba la vulnerabilidad de las víctimas: «Es un gran tema de manipulación cuando tienes 14 años y estás en la ruina».

La abismal desigualdad económica entre las víctimas y los victimarios era, a su vez, garantía
de silencio. «La verdad es lo que los poderosos quieren que sea», escribió la periodista Rebecca Solnit en el artículo «En el patriarcado nadie te escuchará gritar». Annie Farmer dijo, en una entrevista en 2019, que, «en muchos casos en los que los perpetradores ocupan puestos de poder, también existe un miedo significativo, y a menudo justificado, a las represalias, que puede hacer que el riesgo de una demanda parezca excesivo». Elizabeth Stein, a quien Epstein y Maxwell acosaron durante tres años, relata cómo intentó huir de ellos, cambiando de número de teléfono, de dirección, y cómo siempre la encontraban: «Tenía mucho miedo y ellos estaban conectados con las personas más poderosas del mundo. Sabía que, si se lo contaba a alguien, mi vida corría peligro». Estaban aterradas por la maquinaria de poder que Epstein podía echar a andar contra ellas.

Durante el juicio de Ghislaine Maxwell se atacó, culpabilizó e intentó restar credibilidad a los testimonios de las víctimas debido a la reparación económica que habían recibido del fondo de reparaciones gubernamental. El gobierno elaboró este fondo tras la muerte de Epstein: 121 millones de dólares provenientes del patrimonio del traficante sexual, valorado en 600 millones. Se compensó económicamente a 150 sobrevivientes, aunque 290 pidieron esta compensación.

Roberts Giuffre, que se quitó la vida en abril de 2025 y a quien dedico este texto, dice en sus memorias: «No te dejes engañar por todos aquellos del círculo de Epstein que aseguran que no sabían lo que hacía. Epstein no solo no lo escondía, sino que disfrutaba con el hecho de que los demás lo vieran […]. Y los demás lo vieron, y no les importó». Hace un par de meses, la periodista Gessamí Forner decía que los agresores no agreden porque tengan poder, sino que llegan a las altas esferas de poder justamente porque son agresores. Conviene darle vueltas a esta reflexión.

(Publicado originalmente en Pikara Magazine. Brecha publica extractos del artículo original, que se puede leer en toda su extensión en el sitio web de la revista española.)

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